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Agujereado  colador 
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Tres cosas que Beatriz no decidió afectaron su vida: su peso, su estatura y su
miopía. Y por esas tres cosas, precisamente, Beatriz odiaba ir a la escuela. No
le gustaba la forma en que Arturo y Valentina la molestaban. Todo el día se
la pasaban incordiándola con comentarios de mal gusto. Que si estaba gor-
da, que si estaba chaparra, que si usaba lentes. Comentarios crueles y estú-
pidos que, aunque al principio le resbalaban como mantequilla en pan
caliente, al escucharlos constantemente terminaron haciendo mella en un
corazón noble, pero ajado.
A fuerza de escuchar las burlas de sus compañeros y sus insistentes me-
nosprecios, Beatriz terminó por convertirse en una especie de colador. Cual-
quier comentario amable o de aliento terminaba por escurrirse por los
agujeros de su alma sin que nada pudiera contenerlos.
Pero Beatriz tenía un don secreto a la espera de alguien que viniera a des-
cubrirlo como un jeroglífico o una gran piedra de Roseta: su voz. Su voza-
rrón, para ser exactos. El volumen de su caja torácica era tal, que cuando
Beatriz cantaba, su voz resonaba como en teatro griego. Pero Beatriz sólo
cantaba en la regadera o —si insistían mucho— en los cumpleaños de sus pa-
pás. Todos los invitados comprendían la insistencia de los familiares cuando
después de mucho rogar, aparecía una tímida Beatriz en escena, y a viva voz
comenzaba a cantar como la mejor de las sopranos. Algunos se emocionaban
hasta las lágrimas, otros, sin habla, se limitaban a aplaudir a la niña y a su ma-
ravillosa capacidad de entonar las notas más difíciles.
Pero en la escuela nadie sabía que Beatriz cantaba. Mucho menos Arturo
y Valentina, que juzgaban por lo que veían en la superficie. En realidad, ellos
eran a su vez personas más inseguras que Beatriz, y sólo molestándola conse-
guían proyectar una imagen superior de sí mismos. Molestar a Beatriz sólo era
un reflejo de cuán pequeños se sentían ellos.
Y así fueron pasando días, escondiendo sus dones tras una coraza.
Hasta que llegó el concurso. El letrero decía: “IX Festival de Talento"
y por la fecha del cartel, estaba próximo a celebrarse. Los niños, quien más,
quien menos, se inscribieron en manada. Incluso Beatriz se apuntó en la lista.
Estaba emocionada. Llegó a imaginarse dando gracias a un público en pie. En
su ensoñación estaba cuando sintió que le golpeaban en la nuca. ¡Zas!
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Laura Martínez Belli
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—Qué te pasa, gorda… ¿a poco piensas participar para que todos se rían
de ti.
Sin necesidad de voltear, Beatriz supo muy bien quién le hablaba. Conocía
esa voz porque se colaba en sus pesadillas. Ni siquiera se atrevió a levantar la
mirada. Pensó en contestar, pero el miedo se lo impidió. De nuevo, otro in-
sulto. Otro menosprecio. La sonrisa de Beatriz desapareció, y ella —como
tantas otras veces— se convirtió en un colador.
Pero de pronto, de la nada salió otra voz. Jamás la había escuchado antes.
Era una voz fuerte, segura, firme. La voz dijo:
—Déjala en paz.
Sólo entonces Beatriz alzó la vista, sorprendida.
Y lo vio.
Ahí estaba él. De pie. Desafiante, sosteniéndoles la mirada a Arturo y
a Valentina sin parpadear. Nunca lo había visto antes.
—¿Y tú quién eres. ¿Su novio. —dijeron socarrones.
Beatriz contuvo la respiración.
—Déjala en paz o te arrepentirás.
Había algo en él que imponía respeto. Quizás era su forma de mirar. Mira-
ba como los valientes. Como miran aquellos que no se callan ante las injusti-
cias, ni se achantan ante la adversidad. Era, simple y llanamente, un triunfador.
Arturo y Valentina se dieron media vuelta, burlones. Disimulando con sus
muecas el jarro de agua fría que acababan de recibir.
Cuando se fueron, el chico le preguntó a Beatriz:
—¿Estás bien. —a lo que ella respondió asintiendo con la cabeza.
Luego, él le dijo:
—¿Por qué dejas que te hablen así.
Beatriz se sintió sumamente incómoda.
¿A qué se refería el muchacho. ¿Qué quería decir con eso. Ni modo que
se pusiera de a pechito. Ellos, por maldad, la traían con ella desde hacía años.
Y ya se había vuelto costumbre.
Incluso se sintió culpable. Quiso argumentar muchas cosas, en lugar de
eso, tan sólo dijo:
—Porque sí.
El muchacho la miró severo, como un juez justiciero.
Beatriz se achantó.
Después él le habló:
—Escucha bien lo que voy a decirte.
Beatriz se acomodó los lentes sobre el puente de la nariz.
—Vas a cantar en ese concurso…
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Beatriz abrió los ojos como hacen los búhos. ¿Cómo sabía este muchacho,
al que no había visto jamás en su vida, que ella sabía, podía, cantar. Sin em-
bargo, no interrumpió.
—…Y vas a ganar. Y cuando ganes, vas a ir donde este par de escuincles
babosos y les vas a decir que ésta es la última vez, ¿me sigues., la última vez
que se burlan de ti o de alguien más. Y se lo vas a decir segura, contenta. Pero
lo más importante, es que tú te lo creas. Porque si tú no te quieres y te respe-
tas y te valoras, jamás nadie lo hará.
Beatriz escuchó la retahíla motivacional con la saliva atorada en la gargan-
ta. Sintió como si una mano invisible la zarandeara. La abofeteara. Le gritara
“despierta, reacciona, no te dejes". Y luego sintió un abrazo cálido, como si
algo o alguien la apapachara, transmitiéndole paz y fortaleza. De pronto, Bea-
triz se reconoció fuerte, capaz, y no entendió cómo se había dejado achantar
por palabras tan necias como las de Arturo. Ella no era una foto en un anua-
rio, ni las medidas de su cintura. Cerró los ojos un momento, y al abrirlos, el
muchacho ya no estaba.
A partir de ese día comenzó a cantar a todas horas. En los pasillos de la
escuela, mientras esperaba el transporte, cuando ayudaba a hacer la compra.
Todo el tiempo iba cantando. Y con cada melodía se reforzaba en la idea de que
ella era grande, talentosa, capaz. Comenzó a cuidar su dieta y cada vez que se
veía al espejo se reconocía nueva. Diferente.
Hasta que llegó el día del festival.
Y cantó.
Cantó con toda su alma a ese muchacho al que nunca más volvió a ver,
pero que le había hecho creer, así, sin más, que había una salida. Que aguantar
el maltrato, el acoso, la humillación, no es opción ni debe tolerarse.
Al terminar, recibió una ovación más gratificante que cualquier premio. Y
se prometió que jamás permitiría que nadie la menoscabara ni menospreciara
de nuevo. Ella era Beatriz, la de la voz portentosa. Y venía envuelta en ese
paquete. Quien no fuera capaz de ver la belleza del conjunto no merecía ni la
más diminuta de sus lágrimas.
Y Beatriz jamás volvió a ser el agujereado colador que una vez fue.
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