Antonio y los Lectroides Púrpuras(una aventura extraterrestre)
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El día en que Antonio cumplió diez años no fue el más feliz de su vida, como
se lo había imaginado. Ni siquiera ocurrieron las cosas como en su cumplea-
ños número nueve donde lo único que le importaba era que sus amigos se
divirtieran y en lugar de hacer una gran fiesta los invitó a comer, al boliche y
al cine: comieron tantas palomitas que Antonio creyó que reventarían. Su
mamá le armó una casa de campaña en el jardín y allí durmieron pensando que
el mundo es mejor cuando se tienen nueve años.
—¡Qué horrible tener ocho, eres un bebé! —le dijo a su mamá esa mañana
de hace un año.
Esta nueva mañana, ahora, en este mismo ins-
tante Antonio cumple diez años. Todos están
despiertos ya en la casa, se escuchan rui-
dos terribles en la cocina, como si su
papá —que es chef— quisiera matar a
los sartenes o castigar a los huevos ti-
bios. La regadera en el cuarto de su
hermano produce silbidos como los
de un barco de vapor y el sol entra
tibio y veloz por su ventana como
empujándolo de la cama:
—¡Anda, flojo, que hoy es tu
cumpleaños! —parece decirle.
Antonio se estira como un
gato, bosteza por última vez y al
fin se levanta. Nadie lo saluda,
nadie lo felicita. Parece que to-
dos se hubiesen olvidado de
qué día es.
—¡29 de mayo, el mejor
día de la humanidad! —quie-
re gritarles, pero le da pena.
Antonio y los Lectroides Púrpuras
(una aventura extraterrestre)
Pedro Ángel Palou García
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Mejor se viste, se peina el cabello que ahora se ha dejado largo y que casi
le tapa los ojos como a un perro viejo de los Pirineos.
Entonces se escucha la primera señal de que el día no va a ser el mejor:
—¡Antonio, apúrate, se hace tarde para la escuela! —seguido de un: —¡No
te va a dar tiempo de desayunar, tus vitaminas, Antonio!
A veces los adultos no se dan cuenta de que el tiempo puede pasar más
lento, más calmado, más a gusto y que los minutos sí alcanzan para hacer todo
lo que uno se ha propuesto.
Con desgana Antonio toma el maletín de la escuela y llega a la mesa don-
de ya todos están desayunando. Su hermana disfrazada de princesa y su her-
mano de corredor de Fórmula 1. El único que falta es su papá que trae lo que
falta del desayuno.
Nada de un pastel, ni velas, ni canciones. Antonio piensa que es mejor no
recordarles, a ver cuánto duran sin darse cuenta de que él ya es un año más viejo.
En el colegio, a pesar de que todos sus amigos conocen la fecha tampoco
se acuerdan. Lo saludan como todos los días, hasta un poco más distantes.
Alonso le dice que si quiere jugar futbol y le tira el balón a la barriga, sacán-
dole el aire. Luego su maestra empieza a poner cifras en el pizarrón. Números
locos, gigantescos, como él nunca ha visto.
—Antonio, despierta —le grita—, contesta este ejercicio, ¿cuánto es
8670,000,001,000 por 12,456,000,000,000.
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Por su cabeza danzan los números macabramente
como en uno de los cuentos de terror que su papá le
cuenta frente a la chimenea en las noches de otoño.
Una voz le susurra la respuesta y él la dice.
¿De dónde viene esa voz. Es una voz como eléc-
trica, como si saliera de una grabadora vieja, sin pi-
las. No es la de ninguno de sus amigos.
La clase de matemáticas termina y todos salen al recreo. Antonio se queda
a buscar de dónde salió esa voz amistosa y metálica que le salvó la vida. Nada.
Por ningún lado aparece. ¿Será que ya empezó a volverse loco como dice
Alonso que les pasa a los niños que son muy callados como él.
Entonces las cosas se complican porque siente en su oído un cosquilleo
que le produce risa, como si algo muy pequeño se moviera dentro de él. Con
la mano se rasca y entonces la voz le grita:
—¡Cuidado, me haces daño!
—¿Quién eres. ¿Dónde estás.
—Descansando en tu oreja, intentando dormir una siesta.
—¿Eres un insecto. Los insectos no hablan.
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—No, frío fríoooo, como dicen ustedes los humanos. Soy ÑP-309, mucho
gusto.
—¿ÑP-309, eso no puede ser un nombre.
—Soy hijo de Ñ y de P...
—Y no me digas que eres el hijo número 309.
—Al final dices algo inteligente. Efectivamente soy su último vástago, su
benjamín.
Entonces la criatura da un salto de su oreja y viene a caer en la madera de
su escritorio. Es púrpura y no tiene forma. O sí, una especie de cilindro con
ojos. Diminuto. A Antonio le asombra que pueda salir una voz tan potente de
un individuo tan pequeño.
—¿De dónde vienes, ÑP-309.
—Somos los Lectroides Púrpuras, Antonio, y vivimos a años luz del sis-
tema solar. Para ti Plutón está lejísimos ya ni crees que se trate de un planeta.
Bueno, nosotros vivimos muchísimo más lejos que Plutón. Plutón está a la
vuelta de la esquina comparado con nuestro pequeño planeta.
—Si eso es cierto no podrías haber viajado hasta aquí. Te hubieras tardado
tantos años luz que ya serías más viejo que mi abuelo.
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—No estoy aquí. Lo que estás viendo de mí es una proyección de mis áto-
mos. Y ahora el gran acto, mi querido Antonio. Tú ya tampoco vas a estar aquí.
De quién sabe qué lugar sacó una pistolita pequeñísima y plateada y le
apunto al corazón. Antonio se desmayó al instante.
Cuando despertó, quién sabe si muchas horas o un minuto después, se
encontraba junto a ÑP-309, pero en un lugar extraño. Rojo y seco como un
desierto, pero sin camaleones ni cactus.
—Despierta, amigo, has llegado a mi planeta. O más bien, para que no te
asustes, una proyección de tus átomos ha viajado conmigo hasta este lugar.
¿Te parece bonito.
—Un poco seco, a decir verdad.
—Nosotros no necesitamos agua. Y ahora, manos a la obra. Acompáñame.
—¿Adónde. Exijo una explicación, prácticamente me secuestraste...
—Efectivamente, querido amigo. Eres requerido para un experimento so-
bre el comportamiento de los humanos.
—¿Y para qué demonios quieren saber cómo nos comportamos los huma-
nos si ustedes viven hasta el fin del mundo.
—Dirás del universo, Antonio. Es muy simple: queremos ver si tu planeta
es seguro para nosotros. El nuestro va a explotar muy pronto. Se colapsará
para siempre. Necesitamos encontrar una casa.
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—¿Y no pudieron buscarse una más cerca.
—No, nuestros enemigos se hallan en todos los planetas cercanos. Nece-
sitamos ir a un lugar donde no nos conozcan. Pero cómo hablas... Andando,
que nos esperan.
El laboratorio (ÑP-309 le explicó que era un laboratorio) era la casa o la
guarida o la bodega de la amplísima familia del Lectroide Púrpura. Salieron
del diminuto receptáculo, como del tamaño de una caja de galletas, los 308
hermanos de su amigo y los dos padres. Todos vestidos con unas ridículas
batas blancas como de doctor y empezaron a trepar por su cuerpo hasta que
lo vencieron y cayó. No le pareció a Antonio una bienvenida amable, pero no
le dieron tiempo de protestar. Los 309 pequeños lo amarraron de pies y manos
mientras sus papás con gran esfuerzo le colocaban un casco.
—¿Qué hacen.
ÑP-309 les explicó con paciencia:
—Vamos a grabar toda tu vida. Oyes bien: todas las horas de tu vida desde
que te sacaron de tu mamá. Todas las veces que lloraste. Todas las veces que
vomitaste. Todas la veces que hiciste caca. Todas las veces que dijiste yo no fui,
fue mi hermano. Todas las veces que dijiste mentiras. Todas las veces que co-
miste brócoli.
—Ya párale. Te entendí perfectamente.
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—No creo. Una vez que te hayamos exprimido como a una naranja no te
quedará ningún recuerdo. Ése es el único inconveniente de nuestra máquina,
graba todo pero se lo roba de tu cabeza.
—¿Y cómo voy a regresar a la Tierra sin saber quién soy.
—Ese no es nuestro problema. Analizaremos todos los segundos de todas
las horas de todos los días de todas las semanas de todos los meses de todos
los años de tu larga vida de nueve años.
—Diez, ÑP-309, diez añotes, ni uno más ni uno menos.
—Nueve, Antonio. Hasta mañana cumples diez años. Por eso teníamos
que raptarte hoy. Después de los diez años no sabemos por qué esta máquina
ya no graba nada. Como si te volvieras transparente. Era hoy o nunca.
Entonces sintió nuevamente que se desvanecía y cerró los ojos.
Volvió a despertar. Otra vez sin saber cuánto tiempo había pasado. Pero
ahora con un gran dolor de cabeza. Allí estaba el LectroidePúpura. Ya lo ha-
bían desamarrado y ninguno de los hermanos se encontraba por allí.
—No hay tiempo que perder, tengo que regresarte a la Tierra.
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—¿Qué Tierra.
—Dónde vives.
—¿Y dónde vivo.
—En la Tierra.
—¿Cuál Tierra.
—Ya, ya, ya. Vayamos por partes. Tú te llamas Antonio. Eres un terrícola
y yo te rapté de tu planeta, te traje aquí para grabar todas las escenas de tu
vida. Ahora tienes que regresar.
—¿Qué Tierra.
—¿Adónde.
—A la Tierra.
—¿Cuál Tierra.
—Mira, no me voy a poner a discutir contigo. Entonces ÑP-309 sacó de
nuevo su pistola y ambos regresaron a la Tierra con el consabido dormir y
despertar. Estaban de nuevo en el salón de matemáticas de Antonio. Pero
Antonio no sabía ya qué eran las matemáticas ni quién era Antonio. Le habían
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borrado el pasado. Lo habían dejado en blanco. De nada le había servido vivir
tantísimos años, diez, si no podía acordarse de nada.
Todo le parecía extraño. Alonso entró al salón.
—¿Qué te pasa, Antonio. ¿Por qué no saliste a jugar futbol.
—¿Quién eres.
—No te hagas, Alonso. No me vas a decir que perdiste la memoria.
—Creo que sí. No sé quién eres tú. No sé quién soy yo. Y tampoco sé
quién es ÑP-309.
—¿ÑP-309. Ahora sí te volviste loco. Vamos a la enfermería.
La doctora del colegio no pudo descubrir nada anormal: ni calentura, ni
un tumor, ni una raspada, ni una caída. Le dio un poco de agua y le dijo que
no se hiciera el chistoso.
—Todo para no ir a clases. Regresa a tu salón.
La maestra se pasó toda la hora hablando de las montañas más grandes de
la Tierra. Les enseñaba fotos y les decía cuántos miles de metros medían.
Antonio podía acordarse perfectamente de los nombres y las alturas. Pero
no podía acordarse de nada más. La maestra lo felicitó cuando dijo que el
Everest medía 8 848 metros y eso que ese dato lo había dicho al principio de
la clase. O que la cima del Kalapathar está a 5 600 metros de altura. En fin,
esos datos con los que las maestras te atiborran en la primaria y luego olvidas
para siempre a menos que te vuelvas alpinista profesional.
Escuchó cómo Alonso, su amigo, se reía atrás de él.
Luego le dio mucho sueño, como si no hubiera dormido en diez años y
cerró los ojos que pesaban como dos costales de piedras.
Al despertar se dio cuenta de lo que en realidad había pasado: estaba en su
cama, recién despierto. Sabía su nombre, el de sus hermanos y sus papás. Se
acordaba de todo. ¡Qué tranquilidad, todo había sido un sueño!
Escuchó el grito entonces de sus papás y de sus hermanos:
—¡Felicidades! Y después de vestirse a prisa y medio peinarse llegó hasta
la mesa de desayunar y ya lo estaba esperando un pastel gigante con diez ve-
litas encendidas.
Le cantaron las mañanitas, lo abrazaron, le dieron regalos: su papá un co-
che de control remoto, su mamá un álbum de las escenas más divertidas de sus
diez años lleno de dibujos y recados, su hermano un dibujo precioso, quizá su
retrato aunque él no estaba tan panzón y su hermana un beso lleno de huevo
y un abrazo muy apretadito, como a Antonio le gustan.
Cuando se bajaba del coche para ir a la escuela se dijo:
—¡Menos mal que todo fue un sueño! ¡Ahora sí a festejar!
Entonces sintió un cosquilleo en la oreja y una voz metálica que le decía:
—¡Felicidades, Antonio, qué aventura!
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