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Camila  Milla 
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Camila y Mila
Guadalupe Loaeza
Me llamo Camila, tengo ocho años y estoy algo gordita. Mi
mamá es muy flaca, por eso me cae híper gorda porque siempre
está diciendo a sus amigas que si estoy tan “llenita" es porque
salí a la familia de mi papá. Lo que pasa es que dos de mis tías
y mi abuelita, la verdad es que ellas sí están obesas. Mi tía
Susana, la más panzona de las dos, un día rompió una silla de
la sala y me echó la culpa que porque yo la había aflojado antes.
Ella también me cae gordísima.
Lo que más me gusta en la vida es ver tele, sentada en la
cama, junto con mi amiga que se llama Mila. Nos gusta verla
rodeadas de todas mis bolsitas de dulces, galletas, chocolates y
papas. Todo esto lo compro en la tienda de la esquina, porque
en la escuela ya no venden las cosas que me gustan, que según
porque hay un montón de adultos y niños gordos en México. ¿Y
qué tiene de malo estar un poco gordita. Ni que fuera pecado.
Nadie le reza a Dios para ser flaca. Él quiere a todos por igual,
a las gordas, a las esqueléticas, a las chaparras, a las altotas y
a las flaquitas, como Mila. Mi amiga y yo tenemos un secreto:
para que ella no engorde, como por ella. Por eso siempre me
sirvo el doble de todo. Pero a veces Mila tiene tanta hambre
que tengo que comer por tres. El otro día me dijo: “Oye, Cami-
la, ya no cabemos en la cama". Y eso que estaba hasta la mera
orillita, por poco y me caigo. “Ay, Mila, yo creo que necesitamos
una camota como la de mis papis", le dije. Empezó a reírse a
carcajadas. Creo que se oían hasta el cuarto de las muchachas.
“Shhhh, Mila, ya cállate, porque vas a despertar a los perros,
al velador y hasta los vecinos", le dije. Pero ella seguía con sus
carcajadotas. Después me dijo con su voz como la de una chica
de telenovela: “Tengo hambre, me muero de hambre. No seas
malita, ¿me traes algo de comer."
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Como no me dejaba dormir, me paré y me fui a oscuras
hasta la cocina. No veía nada de nada. Y como si fuera una
cieguita, abrí la despensa, busqué la caja del cereal azucarado,
un paquete de galletas de chocolate, una bolsa de papas fritas
y otra de cacahuates japoneses, que siempre tiene mi mamá
para las visitas. Cuando llegué a mi cuarto, Mila ya me estaba
esperando sentada en la cama. Tenía cara de hambrienta. Me
senté a su lado, y empecé a comer y a comer por ella. Comí
tanto que hasta me dolió el estómago y ya no me podía dormir,
porque me apretaba el resorte del pantalón de mi piyama. Ade-
más, mi colcha estaba toda llena de migajas. “Mila, Mila, ayú-
dame a limpiar la cama", le pedí, pero mi amiga ya estaba
dormidota. Esa noche tuve una pesadilla. Soñé que todas las
sillas de la sala de mi casa estaban rotas y que mi mamá me
gritaba: “Tú las rompiste por gorda, por godinflona y por tim-
bona, no hay silla que te aguante. Eres igualita a tu tía Susa-
na. Nadi e te qui ere por g orda". Cuando me desperté, le
pregunté a Mila si ella me quería y me dijo que sí. “¿Verdad
que mi mamá es una bruja.", le pregunté. Me dijo que sí.
Mi papá siempre me lleva a la escuela. Aunque mi lonchera
está llena, guácala, con puras jícamas, pepinos y zanahorias
que nunca me como, siempre me da dinero para que compre
lo que quiera en el recreo. Yo quiero mucho a mi papi. También
a él le gustan mucho los postres, por eso tiene un poquitito de
panza, que se le nota mucho. A veces me invita a comer ham-
burguesas y me deja pedir todo, todo lo que yo quiera. Él tam-
bién pide una doble, dos conos de papas, dos cocas (los dos
odiamos el agua, guácala) y helado cubierto de chocolate. “No-
más no le digas a tu mamá", siempre me dice con sus cachetes
llenos de papas fritas. Él es el único que sabe de mi amiga in-
visible. Hasta me pregunta: “¿Cómo está Mila." A él es al úni-
co que le cuento cómo me molestan en la clase. “Ay, papi, hay
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muchos niños que siempre me andan pegando. Se burlan de mí
y me llaman la Gordis, la Tetona, la Inmensa Bola de Manteca,
IBM". En la escuela hay otros niños gorditos, pero con ellos
nunca se meten. Nada más me insultan a mí. Dice mi papá que
no les haga caso. Pero entre menos les hago caso, más me em-
pujan, más esconden mi mochila, más me patean y más se ríen
de mí. El otro día los acusé con la miss y en vez de regañarlos
a ellos, me regañó a mí. “Si fueras flaquita, nadie se metería
contigo. Deberías de ir con el psicólogo de la escuela. Voy a ha-
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blar con tu mami", me dice todo el tiempo. Creo que mi mamá
también le cae muy gorda, porque nunca la llama. Le pregunté
a la miss qué era eso de psicólogo y me contestó que era un
doctor que curaba los traumas que tenían algunos niños. Dice
Mila que la que debería de ir con ese doctor es mi mamá.
Si yo fuera con ese doctor, le contaría lo que me pasó el do-
mingo. Estábamos Mila y yo solas en la casa viendo la tele, mi
serie favorita que me pone a cantar y a bailar. Mis papis habían
ido a dejar a mi abue (la gorda) a su casa. Esa tarde, Mila tenía
mucha hambre, así es que me acabé, yo solita, una bolsa gran-
dota de chocolates. Comí tantos chocolates que me empecé a
inflar y a inflar. Parecía un globo gigante de gas. Entonces, poco
a poco, me fui elevando hasta topar con el techo. Híjole, de re-
pente que vi que la ventana de mi cuarto estaba bien abiertota
y, como había un poco de viento, yo globo, comencé a dar de
brinquitos, hasta salir y elevarme al cielo. “Mila, ¿dónde estás,
Mila.", le gritaba como loquita, pero mi amiga invisible no me
escuchaba porque estaba muy fuerte la tele y ella estaba muy
interesada en quién llegaría a la final del concurso. Y volando,
y volando, y volando, me atoré en las ramas de un árbol de la
tercera sección de Chapultepec. Desde ahí, veía todo el tráfico,
las colas gigantescas de coches. “A lo mejor veo el de mi papi",
pensé. Pero jamás vi uno color gris plateado. Lo que sí vi fue
cómo se metió el sol, cómo se prendían las luces de la ciudad y cómo
salió la luna. Comencé a tener hambre. “¿Por qué no te comes
una manzana del árbol, que no ves que es un manzano.", escu-
ché que me decía la voz de mi amiga invisible. “Mila, hasta que
apareces. ¿Por qué no me salvaste cuando te llamaba a gritos.",
le pregunté con un nudo en la garganta. “Estaba viendo la tele,
¿sabes quién ganó en el concurso de la tele." A mí no me im-
portaba quién había ganado el concurso, lo quería era que me
bajara del árbol e irme a mi casa. “Primero, escúchame y luego
te ayudo a bajar. Esas manzanas que están en las ramas, no
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son de decoración, son manzanas de verdad, son muy ricas. Te
puedes comer las que quieras. No engordan", me dijo Mila.
Como ya tenía mucha hambre, arranqué una y me la comí. Yo
creo que no comía una manzana desde que me daban papilla.
Me gustó. Comí otra y luego, otra, hasta que se me quitó el
hambre. “Te ayudo a bajarte del árbol si me prometes que, a
partir de ahora, en lugar de dulces y chocolates, comerás frutas
y verduras. Debes prometerme también que te olvidarás de los
refrescos y que beberás agua. Y por último, prométeme que
harás ejercicio y te meterás a clases de natación." Era muy raro
que Mila me estuviera diciendo exactamente lo mismo que me
decía mi mamá. A lo mejor tuvo miedo de que la acusara con el
doctor que cura traumas, porque es ella la que me hace comer.
Yo ya quería bajarme del árbol, por eso le dije que sí a todo. De
repente, poco a poquito, el viento me llevó hasta mi casa, me
metió por la ventana de mi cuarto y me instaló sobre mi cama.
Por primera vez, después de haber cenado nada más tres man-
zanas, me sentí mucho más ligerita. Creo que empezaba a per-
der peso. “Camila, apaga la televisión y ya duérmete", me dijo
desde su cuarto mi mamá. Obedecí. Me puse mi piyama y me
acurruqué al lado de mi amiga. “Mila, ¿verdad que tú y yo es-
tamos a dieta.", le pregunté. No me contestó.
Al otro día me desperté muy tempranito y, de repente, me
di cuenta de que Mila ya no estaba allí y que en su lugar había
dos manzanas rojas, una botellita de agua y una tarjetita que
decía: “Buena suerte con tu dieta."
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