Consuelo y la muñeca de cera
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Cada vez que su mamá anunciaba el viaje a Puebla, Consuelo sentía que
le daba un vuelco el corazón de puro gusto. Apenas subía al autobús con
su mochila roja en los hombros, y antes de colocarla bajo su asiento, pedía
la ventanilla para mirar el panorama que cambiaba en el camino. Aunque
encendían el televisor y pasaban películas, prefería observar el recorrido.
Dejaba atrás las huertas de mangos y naranjas, los platanales, y de esa
vegetación tropical llegaba a otras menos generosas, pero hasta en pasa-
jes áridos todas las casas pobladas tenían flores dentro de latas, macetas
o desde el trecho de la entrada bugambilias esponjosas como árboles con
sus colores deslumbrantes. ¡Son tan diversos los paisajes de México que
van de la costa al altiplano! ¡Y los climas! Así que cerca del Pico de Ori-
zaba rodeado de nubes, rozando el cielo con la punta blanca, Consuelo
abrió su mochila buscando un suéter que evitara cualquier resfrío. Quería
mantenerse en buenas condiciones y aprovechar la oportunidad. Sólo un
mes al año se le presentaba cuando las tías llamaban invitándolas a huir
del sudoroso agosto para disfrutar su mansión colonial de grandes patios
y recámaras con vigas en el techo, donde en la sala había un cuadro de la
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Beatriz Espejo
Para Martha Bárcenas Coqui
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bisabuela sobre la que nadie debía averiguar cómo fue el tiempo de su
vida rodeado de susurros.
—¿Verdad que es una obra maestra. Los encargados de Museo Bello
han querido comprárnoslo, pero les hemos contestado que no se vende
—decían y se miraban nostálgicas las manos en que brillaban menos
anillos.
Por esa ruta, los pasajeros a la capital encontrarían, además del Pico,
otros dos volcanes, el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl lanzando enfurecido
hacia el espacio abierto fumarolas que asustan al más valiente. En rea-
lidad se trataba de dos guardianes cargando una leyenda amorosa a cues-
tas. ¿Quién habrá inventado que ella con su silueta ondulante era una
mujer dormida y él tan altivo y enojón se encargaba de cuidar su sueño.
La realidad se confunde con la poesía. Permanece alrededor de nosotros
si sabemos escucharla; pero únicamente los grandes poetas llegan al co-
razón de los hombres; sin embargo Consuelo todavía no acababa de en-
tender tales cuestiones. En cambio, su mirada oscura traspasaba el aire
como si todo lo que veía pudiera enriquecerla.
En la estación, las tías movían los brazos para ser descubiertas
entre la gente. Habían envejecido desde el último encuentro, una arru-
ga por acá, una cana por allá. Estaban más gordas, cosa que no cambia-
ba su ánimo ni sus deseos de atenderlas. Se proponían divertirlas y
conversar con su hermana menor paseando por calles llenas de hoteles,
conventos, capillas e iglesias donde había santos milagrosos. Y claro
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irían a la catedral. Contemplarían nuevamente la reja de ángeles y el
magnífico órgano, con sus fuelles, su teclado de varios registros ordena-
dos para que durante las misas solemnes los coros y la música treparan
hasta las bóvedas, franquearan los portones y retumbaran contra aque-
llos muros centenarios. Irían también al mercado y al Parián donde la
niña encontraría toda clase de baratijas y tableros de ajedrez que traje-
ron a cuento recordando que participaba en torneos de su escuela y a lo
mejor representaría al país en un campeonato internacional. Las pro-
puestas no resultaban novedosas pero a Consuelo le encantaba volver.
Ni su mamá ni sus tías trabajaban de adivinas y jamás mencionaron
una dulcería que la embelesaba por su espejo de marco dorado, hecho
para un palacio, abarcando la pared entera. Un par de viejitas guardaban
polvos de mole rojo y verde sazonados por ellas mismas. Los vendían a
clientas favoritas capaces de apreciarlos. La mamá de la niña se contaba
entre las agraciadas y siempre llegaban allí antes de regresar al puerto;
pero Consuelo propuso que fueran enseguida. Así se encontró ante el
mostrador. Sólo el fleco y una parte de su frente alcanzaban a reflejarse
sobre la enorme luna. Sus ojos recorrían cajas con camotes de varios sa-
bores envueltos en papel encerado, galletas de nuez, almendras y man-
teca con sabor a limón acomodadas en montecitos, diminutos muebles de
palo, jarros miniatura que ya nadie compraba convertidos en reliquias y
¡claro, las muñecas con cabeza de cera y cuerpo de trapo! Por algún mo-
tivo, Consuelo dejaba a un lado su nintendo tan de moda planeando ves-
tir una de esas muñecas que se empolvaban bajo el vidrio y escogía la del
peinado con rizos en la coronilla.
Las tías guardaban en su caserón cosas viejas. Les costaba despren-
derse de los triques. Tenían costales de ropa. Y Consuelo escogía tercio-
pelos, brocados, rasos plateados para coser un vestido dándose vuelo,
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después de la comida y mientras sus parientes descansaban por tanto
caminar. Reproduciría lo mejor posible aquel atuendo de la señora retra-
tada entre cojines apoyando su cabeza en una mano y sosteniendo con la
otra un libro a medio leer. Su expresión aburrida decía que mataban las
horas; esas horas que a su mamá no le alcanzaban pues el ocio se había
fugado sin remedio y las mujeres actuales andaban corriendo de un lado
a otro.
Los días volaron y llegaron las despedidas. Luego de besos, abrazos y
planes para la próxima reunión. Consuelo guardó en su mochila roja la mu-
ñeca vestida como duquesa. El trajecito fue muy celebrado y hasta oyó decir
en voz baja que había sacado el buen gusto familiar y parecía niña de otra
época. Nunca supieron que cuando pensaba en el futuro imaginaba pasarelas
con desfiles de modelos presentando sus diseños. Acababa de terminar una
primera creación. Pero el destino suele ser cruel y sangriento. Tan pronto
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llegaron a Veracruz la muñe-
ca sudaba, había perdido la
nariz y el cabello se derretía en
hilos negros escurriéndole sobre la
cara con el calor indomable. Sobre-
vino la tragedia. Ningún poder en el
mundo era suficiente para consolar a
Consuelo que subía y bajaba las escale-
ras, recorría pasillos y cuartos en medio
de lágrimas y gritos destemplados. Su madre
asustada prometía comprarle otra muñeca,
mandarla buscar. Nada. Seguía llorando con-
vencida de que la sustituta sufriría la misma
desgracia y como si una ilusión se le escapara rum-
bo al mar abierto. Pero de pronto, sin causa aparen-
te, su llanto fue iluminado por una idea. Inventaría un
antifaz igual a los que usan en los carnavales, se fundiría
con la cera y nunca lograrían despegarlo. Le pondría una
plumita que se trajo de un sombrero y a la bisabuela le
agregaría otro misterio.
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