El amanecer de Andrés
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Creía que jugando futbol americano se le iba a olvidar aunque fuera por
momentos que había robado. No fue así. Andrés estaba intranquilo y hoy
menos que nunca quería que anocheciera. Se había quedado parado vien-
do para su casa; si se apagaba la luz de la recámara de sus papás y se
prendía la de la cocina, significaba que ya no faltaba mucho para que su
mamá saliera a gritarle que ya se metiera, que era muy tarde. El sudor
se le estaba enfriando en el torso y el cuello; tal vez le fuera a dar gripa.
Volteó y ya no pudo recibir el balón. Sus amigos le gritaron que desper-
tara, con varias groserías de por medio. Por fortuna, tuvo oportunidad de
taclear al adversario evitando que anotara y él obtuvo como trofeo un
raspón bastante severo en el codo.
Como a los quince minutos se despidió con la palma extendida, mien-
tras los de la cuadra le decían a su madre que lo dejara jugar un rato más.
Y ella, con voz tranquila, respondió que ya habían jugado suficiente. An-
drés nunca entendía qué era “suficiente" para su mamá porque para él
“suficiente" siempre era muy poco cuando se trataba de jugar tochito.
—Lávate las manos, Andrés.
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Carmina Narro
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No era necesario que lo dijera, todas las tardes era lo mismo. La es-
puma del grisáceo habitual. Se enjuagó y otra vez, con las dos manos, hizo
girar rápido el jabón haciendo espuma limpia para su codo. Estaba a
punto de tocar el raspón y ya tenía los ojos apretados, hechos un asteris-
co de dolor anticipado. Entró su mamá. Chin. Ya sabía que le iba a decir
que le llevara el merthiolate para ponerle.
—Después de que te laves, traes el merthiolate para ponerte —dijo
su mamá y cerró la puerta del baño.
No era justo. Con el ardor del agua y el jabón era suficiente, pero era
claro que la palabra “suficiente" tenía distinto significado para él y su mamá.
—¡Andrés, por favor!
Estaba zapateando en el piso y retorciéndose, cuando su mamá toda-
vía no le había tocado el codo con el merthiolate.
—Está bien, no te pongo nada, pues. A ver si no se te infecta.
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—No, sí ponme, ya no lloro, ponme —dijo cerrando los ojos. Respiró
hondamente, apretó su puño pegado al muslo. Su madre lo miró enterne-
cida y padeciendo con él, pero terminó cumpliendo su cometido para lue-
go besarlo y decirle que era un niño muy valiente. Andrés con lágrimas
en las pestañas, no podía recibir mejor halago.
Subió las escaleras torciendo el brazo para verse la herida, pregun-
tándose si el merthiolate era rojo o naranja, era difícil definirlo, parecía
también fluorescente, le gustaba su color. Todavía tenía alguna lágrima
en las pestañas; la sintió cuando se talló el ojo y abrió la puerta de su
cuarto. Ahí estaba su mochila. No se atrevía a sacar su cuaderno para
hacer la tarea porque ahí dentro también estaba el objeto de su vergüen-
za: la linterna. Sin abrirla del todo y sin mirar hacia dentro, sacó su
cuaderno de Ciencias Naturales despacio, como si no quisiera despertar
a los demás útiles. Le gustaba cómo sonaba al pasar las hojas, porque
crujían igual que las hojas secas que pisaba en el parque. Su maestra
decía que era porque recargaba demasiado la pluma al escribir, pero tam-
bién decía que su cuaderno era el mejor ilustrado de todo el salón y él
estaba completamente de acuerdo.
—Ya llegó tu papá —pasó diciendo su madre por el pasillo.
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Andrés volteó hacia la ventana, habían encendido las luces de la
calle. Sintió un hoyo en el estómago igual que en las bajadas de la mon-
taña rusa. ¿Y si decía que le dolía la panza. Le iban a dar el jarabe as-
queroso o peor, lo podían llevar al doctor y éste se daría cuenta de que no
tenía nada. ¿Y si le dolía la cabeza. No, era lo mismo que la panza. ¿Y si
decía que no tenía hambre. Su mamá le diría que acompañara a cenar a
su papá o que se tomara aunque fuera un vaso de leche con un pan. Podía
hacerse el dormido, pero su mamá ya lo había visto despierto. Iba a aga-
rrar su mochila para esconderla cuando vio que la linterna que se había
robado estaba ahí, como asomándose. No sabía qué hacer.
Esa tarde, después de que su mamá lo había recogido de la escuela,
habían pasado al supermercado, y él se había escabullido hacia otro depar-
tamento mientras su mamá escogía unos jitomates. Corrió volteando para
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todos lados, golpeándose más de una vez con la gente que venía en sentido
contrario a él con sus carritos, buscando la sección de herramientas don-
de siempre se aburría mientras su papá se paseaba mirando clavos y
tornillos como si fueran animales nunca vistos. Esta vez quería llegar ahí
lo antes posible. Había unas linternas anaranjadas y ahora se le escondían
entre martillos y mangueras, desarmadores y otros aparatos que no tenía
idea para qué servían. Por fin las vio al final del pasillo. La mochila en
su espalda después de correr pesaba el triple. Respiró hondo y empezó a
caminar despacio, se quitó lentamente la mochila de la espalda. Abrió un
poco el cierre, miró hacia todos lados, también hacia los espejos curvos
que ponían a los extremos de los anaqueles. Por suerte, a esa hora había
más señoras que señores en el súper y la mayoría estaba en las verduras
o en salchichonería. Tomó la linterna y se regresó metiéndola disimula-
damente en su mochila. Su corazón estaba tacleando los huesos de su
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pecho... ¿cómo se llamaban. Costillas, se respondíó. Estaba tan asustado
y pensar en la clase de Ciencias Naturales no le quitaba el miedo... ¿o se
le decía Anatomía. ¿La Anatomía era parte de las Ciencias Naturales. ¿No
era lo mismo Ciencias Naturales que Biología. Finalmente estudiaba los
seres vivos... A Andrés no le funcionó en esta ocasión tratar de pensar en
otra cosa. Empezó a llorar y vio que una señora se iba a acercar a él, no
quiso averiguar si era para consolarlo o acusarlo. Se dio la media vuelta y
se alejó de la mujer.
Iba caminando limpiándose la cara para que su mamá no viera que
había llorado, se le figuraba que toda la gente que pasaba cerca de él
sabía lo que había hecho, que su mochila era transparente y su linterna
estaba ahí para delatarlo. A lo lejos vio a su mamá levantando los brazos
con las bolsas de jitomates y cebollas en las manos. Un señor que traba-
jaba en la tienda se separó de ella al ver que ya había encontrado a su
retoño.
—¿Dónde te metiste, Andrés. Ya te he dicho que no te me pierdas, es
muy peligroso. ¿A dónde fuiste, hijo. ¿Andabas buscando el balón. Tu
papá te dijo que él te lo iba a comprar...
Su corazón no lo dejaba en paz y la voz de su mamá la oía muy lejos.
Cuando salieron del supermercado sin que nadie se hubiera dado
cuenta, ya le pudo contar a su mamá que había sacado diez en Matemá-
ticas. Sin embargo, no dejó de estar nervioso porque a veces creía que su
mamá le leía el pensamiento, y ahora iba a saber que le decía esto sólo
para que no creyera que era un niño tan malo aunque se había robado
una linterna.
—Andrés, ya vente a cenar —gritó su mamá desde la cocina.
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Andrés pensó que el hoyo que sentía en la panza por la presencia de
su papá no se llenaría con la cena. Todos sus pretextos para no bajar eran
muy malos y lo peor sería que, si no bajaba, seguramente su papá subiría
y eso era tres veces peor. Qué hacer. Ultimadamente, su mamá le había
dicho que era un niño muy valiente y no la iba a decepcionar. Así que bajó
las escaleras como todo un héroe. Cuando se sentó a la mesa después de
darle un beso a su papá, pensó que los héroes no robaban.
—¿Qué pasa, m’hijito, no tienes hambre. —preguntó su padre dul-
cemente.
Andrés sintió que a un niño malo no se le hablaba así. Que él no tenía
derecho a que lo trataran bien, y sin saber por qué, empezó a jugar con
su cena a sabiendas que a su papá le molestaba mucho que lo hiciera.
—Andrés —le dijo su madre, no juegues con la comida.
Andrés no contestó, ni separó la vista de su plato. Sentía en toda su
cabeza la mirada de su padre.
—¿Qué tienes, hijo. —volvió a preguntar su papá.
—No me gusta esto —dijo Andrés empujando despectivamente el plato.
Sus padres se miraron entre sí y Andrés también empujó el pedazo
de pan que acababa de partir.
—No avientes la cena —dijo su padre conteniendo un grito—. ¿Qué
te pasa. ¿No te da vergüenza.
Andrés no contestaba nada.
—La comida no se avienta, hay muchos niños que no tienen nada que
comer. Y tampoco seas grosero con tu mamá...
Andrés no sabía explicar por qué había provocado en la cena que su
papá lo regañara. Estaba en su cuarto y se sentía un poco más tranquilo
porque ya había recibido su castigo aunque no fuera por el robo de la
linterna. Abrió su libro para empezar la tarea y olvidarse de todo, pero
en el fondo de su corazón sabía que estaba haciendo trampa. No era cier-
to que no le hubiera gustado la cena; sólo quería que sus padres lo rega-
ñaran sin tener que decirles que había robado.
Andrés estaba terminando el resumen de Español y una lágrima cayó
en una palabra. La secó cuidadosamente para no manchar la hoja, se
recargó en su cuaderno y, como siempre, cuando despertó por las ganas
de hacer pipí, sus útiles estaban recogidos en el buró y la luz estaba apa-
gada. Su mamá siempre hacía lo mismo. Prendió la lámpara. Ahora ya
tenía una linterna que lo libraría de la oscuridad del pasillo que era de-
masiado largo y negro. La luz de su recámara no era suficiente para
iluminar los huecos que se hacían entre los muebles y las cajas que había
pegadas a la paredes. Andrés sentía que cada vez que atravesaba corrien-
do lo más rápido que podía el pasillo, la puerta del baño tardaba más en
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acercarse, unas garras iban a salir de los huecos más negros, y cuando
estaba a punto de prender la luz todos los monstruos vendrían rasguñan-
do el aire por alcanzarlo.
Ahora, a pesar de que tenía la linterna, seguía teniendo miedo. Esta-
ba parado en el quicio de la puerta de su recámara y el lunar blanco de
luz hacía brillar la esquina del librero, el mecate de las cajas, el trapeador
que anunciaba la cercanía del baño. El pasillo, conforme avanzaba, se
hacía menos largo, incluso más estrecho. Vio el hueco entre el sofá aban-
donado y una pila de periódicos, y no salió ningún monstruo, ni una garra.
Escuchó la voz de su papá y eso sí lo hizo saltar. Volteó y lo vio en pijama,
entrecerrando un ojo. Al primer paso que dio su padre, el miedo se volvió
más grande.
—¿Qué haces despierto....
—Quiero hacer pipí —dijo Andrés apresurado.
—A ver... vamos... —dijo su padre, Andrés se sintió un poco aliviado,
pero a los dos pasos preguntó:
—¿Y esa linterna.
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Andrés pensó que ni lo dormido de su padre había sido “suficiente"
para que no se diera cuenta de que la linterna no pertenecía a su hogar.
Soltó el llanto y su papá se terminó de despertar.
—¿Por qué lloras, qué pasa. —preguntó verdaderamente extrañado.
Andrés quería que su papá tuviera tanto sueño como para que se olvi-
dara de su llanto, pero nunca había sido así y hoy no tendría por qué serlo.
—Me la regaló Alejandro.
—¿Alejandro.
—No, Diego...
—A ver... deja de llorar. Qué pasa m’hijito.
El miedo a los monstruos había desaparecido y sentía que la cara le
iba a reventar, que estaba ardiendo y que seguramente se veía roja a
pesar de la oscuridad.
—Me la regaló Diego —dijo Andrés entre sollozos.
—¿Y por eso estás llorando así.
Andrés dijo que sí con la cabeza.
—¿Quieres hacer pipí.
—No sé, hace rato sí.
Su papá lo llevó al baño y Andrés estuvo esperando más de lo normal
frente al excusado. Cuando terminó, su papá jaló la cadena y apagó la luz.
Yendo de su mano el pasillo era inofensivo. Andrés se acostó y él le aco-
modó las cobijas.
—¿Por qué estabas llorando. ¿De quién es esa linterna.
Andrés empezó a llorar otra vez.
—No llores, dime...
—Es que me da miedo la noche —dijo Andrés y le empezó a explicar
que había robado esa linterna a medio día en el supermercado porque el
pasillo para ir al baño era demasiado largo y oscuro. Ahora tenía miedo
de que su papá le gritara, que despertara a su mamá para decirle que su
hijo era un ladrón y le echara la culpa a ella que ni siquiera sabía nada.
—Pero no lo voy a volver a hacer, papá. No le digas nada a mi mamá,
por favor. No le digas nada a mi mamá —dijo en voz baja, desesperado.
Su papá se quedó callado, con un gesto que no le conocía. Andrés
hubiera preferido que lo regañara en vez de verlo con una mirada tan
triste. Parecía como si estuviera derrotado, seguramente como se veía él
mismo cuando le ganaban en el tochito.
—¿Por qué no nos dijiste que te daba miedo el pasillo.
—Me da miedo todo lo oscuro —repuso Andrés.
Su papá guardó silencio un momento, se talló la cara y lo miró con
gesto de cansancio.
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—¿Y no era más fácil que me dijeras que dejara una luz prendida en
la noche. ¿No era más fácil que robarte esa linterna, Andrés.
Sentía mucha vergüenza, mucha. Todo lo que tenía que ver con la
desaprobación de su papá lo ponía muy mal porque siempre quería que
se sintiera orgulloso de él. No tenía derecho a llorar, ni a que lo consolaran.
Su padre seguía con la mirada triste.
—¿Por qué no me lo dijiste.
—Tenía miedo de que te enojaras.
—¿Y no tenías miedo de que me enojara porque robabas.
—También...
¿Creíste que no me iba a enterar.
Andrés se sentía demasiado mal para responder.
—Ya ni siquiera sé si es cierto que robaste porque te daba miedo el
pasillo. Piensa en qué tienes que hacer, Andrés... Yo, francamente, no sé
—dijo levantándose de la cama.
—Los papás no siempre sabemos qué hacer.
Andrés no pudo dormir en toda la noche. Por primera vez vio desde
su ventana el amanecer.
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