El cucú y la tsetsé Compartir con amigos
El  cucú  la  tsetsé 
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El cucú
En mi pueblo hay una torre, y en la
torre hay un reloj. Dentro del reloj vive
un pájaro cucú. Dice mi padre que el
pájaro llegó de Suiza una tarde soleada.
Venía en un huevo metálico que se empolló en
el avión. El cucú tiene alas de aluminio y pulmones de hojalata. Su
pecho es de brillante estaño, y su pico una flauta de oro. En la radio le
han llamado el Campeón de Peso Pluma de las Aves.
El cucú es además muy serio y avispado. Es un bombón de tiempo,
un cronómetro con plumas. Nunca falta a sus citas con el flaco minutero.
Antes del amanecer, lleva el cucú serenata a los búhos, a la luna y a los
enamorados. Para cantar, los gallos siempre esperan el canto del cucú.
En mi pueblo no hay quien se ponga el saco ni se enchine las pestañas
si no ha cantado antes el cucú. Los niños en la escuela miramos ansiosos
el reloj de la torre, esperando a que el cucú nos indique la hora de salir
al recreo. Por las tardes, el cucú nos avisa cuando ha llegado la hora de
encender o apagar las velas.
Nadie sabe quién le da cuerda al cucú, o cómo le hace para avisar
siempre a los viajeros la hora exacta en que vendrán las tormentas, a los
doctores el momento preciso en que deben darnos medicina, a las brujas
la hora para salir de paseo. El cucú siempre tiene pila, aunque nadie lo
alimente. Dicen que cada noche, mientras roncan bestias y hombres, el
cucú se cena de alpiste un enorme polvorón de estrellas.
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Ignacio Padilla
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La mosca en la tormenta
Una noche de tormenta, llegó hasta la torre en mi pueblo una negra mos-
ca tsetsé. Era una mosca del sueño, un tosco insecto malhablado. Era casi
una abeja africana, un misil atómico de sueño con mil ojos. Más que una
mosca, era un pterodáctilo enano y panteonero. Era el Peso Supermosca
de las Fieras.
La mosca tocó a la puerta del reloj con sus garras de hielo negro. Al
oírla el cucú, que era un pájaro muy decente, abrió su casa al insecto y lo
invitó pasar. La mosca venía fría y cansada por el viaje, así que el cucú le
sirvió galletas y un enorme tazón de té. La mosca devoró las galletas, se
bebió el té de un solo trago y eructó. Ni siquiera dio las gracias. Mientras
se limpiaba la boca con las garras, miró la casa limpia del cucú y sintió
envidia.
—Dime, amigo —preguntó la mosca al distraído pájaro cucú—, ¿no
te aburre estar aquí. ¿No te cansa cantar a todas horas.
El pájaro cucú se encogió de hombros.
—No, no me cansa. Me gustan los relojes y me divierte ser el
tiempo de esta buena gente.
Como vio que el cucú estaba pajareando, la mosca aprovechó
el momento para picarle el trasero.
—¡Ay! —gritó el cucú.
—¿Qué te pasa. —preguntó la mosca envidiosa.
—Creo que me he sentado en una aguja.
—¿Te dolió.
—No mucho —dijo el cucú—. Sólo tengo un poco de
sueño. Por favor, alcánzame esa almohada. Creo
que clavaré un ratito el pico.
La mosca le alcanzó la
almohada y el pájaro se
durmió en seguida. Lue-
go el insecto abandonó la
torre y se alejó muy con-
tento, zumbando y retumbando porque
había tumbado al cucú.
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El sueño del cucú
El cucú duerme su larga siesta sobre almohadones de plumas de su buen
amigo el ganso. Abajo, en el pueblo, los ratones hacen fiesta: no hay quien
barra las casas ni limpie los rincones, el reloj de la torre ha perdido la voz,
le faltan horas al día y luces al velador. En la oficina la gente se muere de
aburrimiento: quisieran matar el tiempo pero el tiempo ya está muerto. El
alcalde está enojado, pues los guardias no han llegado para izar la bande-
ra y cantar el Himno Nacional. Ayer despidieron al farolero porque apagó
las farolas antes de que saliera el sol. En el estadio los partidos duran una
eternidad: los jugadores corren y corren, se cansan esperando que alguien
silbe el medio tiempo. Ya no hay quien meta gol. Los novios se pelean por-
que ya no pueden encontrarse: los relojes de sus citas marcan tiempos
desiguales. El pueblo entero anda entumido. A la campana de la iglesia ni
las moscas se le arriman. Cada quien va a su paso. Todos extrañan al buen
pájaro cucú.
Mientras tanto, el cucú duerme, sueña y sueña que sueña. Sueña
que despierta y que vuela al sur. Sueña que sus alas son de plumas de
verdad, sueña que es un águila imperial con su nido en la
montaña. Sueña que llega a su nido y que al fin puede
descansar. Sueña que en el nido hay un espejo, se mira
en él y puede ver a un cucú que sueña que es un águila.
¿Cuándo despertará ese pájaro inconstante. ¿Por
qué duerme ese cucú metálico, que era tan serio y puntillo-
so, y ahora ronca a pata suelta en su torre de cristal. Al pue-
blo se le ha escurrido el tiempo, y el cucú ya no responde. Hoy
es Ayer o Mañana. Nadie entiende cuándo empieza la semana, ni
a qué hora es conveniente dormir o despertar. Por ahí dicen los más
sabios que estamos todos mosqueados porque una mosca malvada robó
al pájaro su voz.
Matamoscas
Cansados de estar cansados, y de echarnos agua
en la cara, nos juntamos a pensar lo que haremos para
que despierte el cucú. Finalmente exclama una cocinera:
—Aquí tengo la receta para curar al pajarraco. Si ustedes
quieren de veras que despierte el cucú, tráiganme leña verde y los si-
guientes ingredientes: un puñado de ojos claros abiertos al despertar, tres
silencios de cigarra, dos sirenas de ambulancia y cinco gotas de rocío
cosechadas al amanecer. Si pueden traigan también dos gotas de insecti-
cida. Cuando junten todo esto, hiérvanlo en la campana de la iglesia, como
si fuera un recipiente, y pónganlo a serenar.
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—¡Preparen ese potaje! —ordena feliz el alcalde.
Trajimos una escalera, preparamos el bebedizo, subimos hasta la
torre e inyectamos al cucú. El pajarraco abrió los ojos, miró a todos asom-
brado y dijo:
—Ya estoy algo cansado de que me anden picoteando. ¿Qué hacen
aquí. Se me ha hecho tarde y tengo mucho que cantar.
Todo ha vuelto a como estaba. El cucú ha regresado, más despierto que
los gatos y muy bien descansado. Al fin tenemos de vuelta nuestro reloj na-
tural. Ahora todos despertamos, trabajamos y dormimos cuando así lo quiere
el cucú. Sólo una cosa ha cambiado: en la entrada del pueblo se ha instalado
un gigantón armado con un enorme matamoscas. Si viene la tsetsé, ahí esta-
rá él, para hacerla puré, de un manotazo.
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