El cuento chino de Cornelio
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El cuento chino de Cornelio
José Gordon
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“¿Quién cree en el amor a primera vista.". Cornelio escucha atentamente las
palabras de la profesora Luisa María. Los estudiantes se quedan callados. Cor-
nelio levanta una mano que nadie ve. Ni él mismo. Tiene los brazos cruzados
para tratar de tapar un agujero a la altura del corazón en el suéter rojo deste-
ñido del uniforme de la escuela.
La mañana es oscura. La luz de un foco pelón está encendida en el salón
de clases. La llovizna salpica los vidrios de la ventana. Cornelio no siente frío.
¿Por qué las palabras de la maestra le dan calor. ¿Por qué crean una gran bur-
buja que lo envuelve y hacen que no se sientan los ruidos de la calle.
La profesora está leyendo un cuento de un escritor japonés: Jakuri Mura-
maki. Habla de un hombre que se cruza en la calle con la chica cien por cien-
to perfecta. El corazón de él (y el de Cornelio) palpitan como si hubiera un
temblor de tierra cuando la maestra lee las palabras: “Desde el instante en el
que percibí su silueta, mi corazón se puso a palpitar como si hubiera un tem-
blor de tierra, mi boca se secó como si estuviera llena de arena." La boca de
Cornelio también se llena de arena. De repente ve una sombra en los ojos de la
maestra y siente una punzada en la boca del estómago. La profesora continúa
el relato: “el hombre y la mujer no se dicen nada. Se alejan para siempre".
—¿Ustedes qué hubieran hecho. —pregunta la maestra. Nadie se atreve a
dar una respuesta.
—Recuerden que es la pareja ideal —insiste la maestra.
Federico, que se cree el galán de la clase, levanta la mano:
—Yo le hubiera preguntado la hora, un primo mío dice que eso nunca falla
para ligar.
Se oyen risas burlonas y la voz perdida en medio de murmullos de una
niña:
—¡Pero qué falta de imaginación! ¡Qué tal si te doy la hora y de todas
maneras te vas para siempre!
Es la voz de Rossana. Cornelio la reconoce. Sólo con escucharla su cora-
zón palpita. Baja el rostro moreno —que siente de color rojo— para que nadie
se dé cuenta de lo que está pasando. ¿Qué hubiera dicho el muchacho del
cuento., se pregunta Cornelio en voz tan bajita que ni siquiera él mismo se
escucha.
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La profesora pregunta:
—¿Saben lo que el muchacho del cuento hubiera dicho.
Cornelio sonríe. Levanta la vista. La maestra sigue con la lectura. Cornelio
puede ver al muchacho del cuento que se acerca con la chica y que ya sabe lo
que le hubiera dicho: que hace muchos años, dos jóvenes solitarios estaban
convencidos de que en alguna parte existía la persona ideal que les estaba des-
tinada. Afortunadamente, el milagro ocurrió. No lo podían creer. ¡Qué suer-
te un encuentro así!
Cornelio pensó que también tenía mucha suerte, pero por otra razón. Le
encantaban estos momentos en los que la profesora les decía: “Les traigo un
regalito" y se ponía a leerles un cuento y apuntaba en el pizarrón los nombres
de los autores. Cornelio apuntó también en su cuaderno el nombre del escritor
que sonaba a un restorán japonés, como el que veía de lejos en el camión que
tomaba para visitar a su tía. Cuando volvió a ver el pizarrón se dio
cuenta que no había escrito bien el nombre. Tachó y escribió con
letra muy pequeña pero grande como su timidez: Haruki Murakami.
La maestra seguía leyendo el cuento: “el hombre y la mujer no
podían creer tanta felicidad. Decidieron hacer una prueba. Si eran
de verdad el uno para el otro, se volverían a encontrar por
casualidad, de la misma manera milagrosa". Cornelio
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vuelve a ver una sombra en los ojos de la maestra. Ella continúa el relato: “los
muchachos se volvieron a encontrar varios años después. Se cruzaron en plena
calle sin saber qué decirse y desaparecieron en la multitud, cada uno por su
lado, para siempre".
Los estudiantes están en completo silencio. La maestra levanta la vista del
libro. Observa la llovizna que salpica los vidrios de la ventana. Ve el reloj y
concluye:
—Así se van en nuestras vidas los encuentros que perdemos por fal-
ta de palabras, por falta de imaginación.
Ve el reloj nuevamente. Suena la campana.
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Cornelio pide permiso para usar la computadora de la escuela. Busca el cuen-
to de Murakami y lo imprime. Lo guarda en su mochila y lo lee una y otra
vez. Investiga sobre el escritor japonés. Sabe que a la maestra le gusta pregun-
tar sobre los cuentos que les lee. ¿Cuáles son los que más les han gustado.
¿Cómo se relaciona el cuento de la semana pasada con sus vidas. ¿Qué han
averiguado sobre los escritores.
Cornelio levanta la mano. Para su sorpresa su mano realmente está levan-
tada. Su voz es muy bajita y tierna:
—Maestra. A mí me gustó mucho el cuento de Murakami. Lo que averigüé
de él y que me llamó la atención es que dice que nunca publica un libro sin
dárselo a leer a su esposa. Eso se me hizo muy gracioso. ¿Por qué tiene que
pedir permiso a su mujer. Es raro eso. ¿No. Pero la verdad me gustó —los
compañeros se sorprenden al oírlo hablar en clases. Se sorprenden más cuan-
do Cornelio dice que quiere leer una carta que acaba de escribir. Sus palabras
son pronunciadas con gran rapidez, como en un suspiro:
—El cuento de Murakami me gustó en parte porque estoy enamorado.
En el salón de clases estallan las risas y el bullicio, como cuando todos salen
al recreo. La maestra pide silencio con un gesto. Le dice a Cornelio que continúe.
Cornelio abre de manera nerviosa una hoja doblada tantas veces que parece acor-
deón para un examen. Se arma de valor y lee sin levantar la vista:
—Querida amiga. Hola. Espero que te encuentres muy bien. Te escribo
esta carta para saludarte y también para compartir contigo algo que he estado
pensando. Cuando leímos el cuento de Murakami, como se dice, me quedó el
saco. Contigo me pasa algo parecido. Te veo y me hacen falta las palabras.
Leer este cuento me hizo pensar que debo quitarme la timidez que tengo para
hablarte, porque si no me pasará lo mismo que al de la historia y no quiero
que eso ocurra. Por eso he tomado la decisión de sacar a la luz mis sentimien-
tos. Estoy seguro de que, aunque casi nunca hemos hablado, sabes lo que
siento por ti. No puede ser que a mí sea al único que me esté pasando esto. Si
estamos destinados a ser amigos, te esperaré a la salida en el patio, debajo de
la canasta de básquet. Espero que no te incomode lo que escribo. Me despido
y agradezco que hayas escuchado esta carta.
Cornelio levanta la vista. La maestra empieza a aplaudir lentamente. Las
niñas se unen a los aplausos. Los compañeros poco a poco también aplauden
hasta que retumba todo el salón.
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Cornelio está solo, parado bajo la canasta sin redes del básquet. Su mochila
está en el suelo. El sol pega con fuerza. En los pasillos del segundo piso de la
escuela sus compañeros se asoman para verlo. Algunos se burlan:
—¡Cornelio Murakami! A ver si aprendes que la vida no es un cuento
chino.
Suenan las carcajadas. Cornelio sigue parado, como una estatua pequeña.
Se ve todavía más bajito de lo que es. No es un cuento chino. Es un cuento
japonés, piensa Cornelio mientras se ríe por dentro.
Las niñas salen juntas, en bolita, de la escuela. Rossana se queda viendo al
autor de la carta. Cornelio se emociona, pero como en el cuento, ella pasa de
largo sin decirle una palabra. Se aleja junto con sus amigas. Es un cuento como
el de Murakami. ¿Se puede contar de otra manera.
A Rossana también le había gustado el cuento de Murakami, entonces se
dio la vuelta y modificó la escena final. Esto, aunque parece de película, sucedió
realmente cuando terminaba el año de la generación de sexto de primaria. Ante
la mirada atónita de sus amigas y de sus compañeros, bajo la luz intensa del
sol, bajo la canasta de básquet, se distinguían dos siluetas en las que relumbra-
ban unos suéteres rojos.
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