El día de campo
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Cuando regresamos, nos pusieron pintas. Y a mí, me regañaron y rega-
ñaron y regañaron, y de castigo estuve un mes sin salir a ningún lado.
Pero después de todo, tenían razón. Se me pasó la mano.
Mis papás nos llevaron de día de campo, e iban también mis primos,
Érica y Joaquín, que se iban a quedar el fin de semana en la casa. Joaquín
y mi hermanito Pepe eran más chicos, pero Érica y yo, que habíamos
cumplido ya 11 años jugábamos juntas, a otras cosas.
Ese día, ya habíamos jugado pelota, y bágdminton, con unas raquetas
que llevó Érica. Fuimos también al río, que no tenía peces; en realidad no
era un río, sino un arroyo que se podía cruzar porque había un caminito
de piedras. Luego, debajo de unos abetos, mi papá nos enseñó cómo hacer
una cabañita con tronquitos y a ponerle techo con las agujas de los abetos;
quedó muy bonita, y nos acordamos de una cabaña de piedra que había,
al otro lado del río, ya en el monte, adonde iban a veces unos boys scouts.
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Elsa Cross
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Más tarde, comimos en el campo, pues nos gustaba más que ir a un
restaurante. Después de comer, mi papá se tendió en el pasto y se quedó
dormido. Joaquín y Pepe se pusieron a jugar con unos carritos. Érica y yo
empezamos a jugar bágdminton otra vez; pero el gallito se quedó atorado en
un árbol, y por más que tratamos con una rama, no pudimos desprenderlo.
—Esperen a que despierte tu papá —dijo mi mamá—. Él les puede
ayudar.
—Mientras, le voy a enseñar a Érica la cabaña de los boys scouts —le dije.
—No se tarden —respondió.
—No, al ratito regresamos.
Fuimos por donde yo recordaba que estaba la cabaña, pero no la en-
contrábamos. Cuando yo era chiquita, mi papá me decía que era la casa
de la abuelita de Caperucita, y me encantaba. Estaba toda hecha de pie-
dra, entre los árboles, y adentro tenía una chimenea. No había puerta, y
podía entrar el que quisiera; pero a veces estaba muy sucia. Caminamos
más y no la encontramos.
—Tal vez está más arriba —le dije a Érica.
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Seguimos subiendo. La cabaña no aparecía por ningún
lado. Tal vez ya no existía, o estaba en otra parte, y yo me
había confundido. El bosque era muy bonito. Cada vez ha-
bía más silencio. En vez de los coches de la carretera sólo
de oían pájaros. Había un pájaro rojo que hacía “pit pit
pit", y volaba de una rama a otra. Tratamos de seguirlo
para verlo mejor, pues nos gustaban los pájaros; pero cada
vez nos alejábamos más. Los rayos del sol pasaban entre
las ramas. Había mariposas, y vimos ardillas, que subían
y bajaban de unos árboles. Nos sentamos un rato sobre
una piedra grande, nada más para estar allí, viendo todo.
—¿No crees que ya deberíamos regresar. —dijo Érica.
—Al ratito —le dije—. Vamos a subir otro poco. ¿Sabes
qué. Nunca había subido tan alto, y dicen que hasta arri-
ba hay un mirador. Yo creo que ya estamos cerca.
—No, mejor vamos a regresarnos. Qué tal si hay osos
o zorros.
—¡Qué miedosa eres, Érica! Aquí no hay osos. Y un
zorro no te hace nada. Tú lo espantas.
Subimos más, y cada vez se ponía más oscuro, pero yo
pensé que era porque había más árboles. No tenía idea de
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la hora, y ninguna de las dos llevaba reloj. De pronto em-
pezamos a oír unos zumbidos muy agudos, y después de
un rato, un grito:
—¡Vaaaaa!
Y luego ruido de ramas que se quebraban y de un árbol
que caía. Gritamos del susto, pues se oyó muy cerca. En eso
se acercaron dos hombres muy mal encarados y groseros.
—¿Qué quieren aquí. ¿Qué se les perdió.
— Nada. Ya nos vamos —dije, y echamos a correr
para abajo.
—Ahora verán, niñas metiches —dijo uno de los hom-
bres, y empezó a correr detrás de nosotras.
A la que deveras le dio miedo fue a mí. Tomé a Érica
de la mano, y corrimos como conejos, saltando las piedras,
no sé ni cómo. Por suerte ninguna se cayó, pero nos ras-
pamos las piernas, con todo y los pantalones, y yo me
raspé la cara con una rama. No sabíamos si ese hombre
seguía persiguiéndonos, pero no paramos hasta llegar al
río. Era casi de noche.
—¡Dónde rayos andaban! —gritó mi papá. Estaba muy
molesto y muy preocupado.
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Ya nos había ido él a buscar, y como no nos encontró,
llamó a la policía. Habían llegado dos patrullas y unos
policías iban ya a subir a buscarnos, con linternas. Mi
papá había regañado a mi mamá, por dejarnos ir, y ella
se puso muy mal de la preocupación y volvió el estómago;
estaba muy pálida. Joaquín y Pepe estaban asustados y
solo veían para todas partes. Se empezó a juntar un mon-
tón de gente.
—¿Me puedes explicar qué pasó. —dijo mi papá. Los
policías y el guardabosque estaban allí también, oyendo.
—Nada, papi. Es que le quería enseñar a Érica la
cabaña, pero no la encontramos y seguimos subiendo por
el bosque. No nos dimos cuenta de la hora.
—Yo le dije que nos regresáramos —dijo Érica—, pero
ella no quiso, y seguimos subiendo hasta que...
—¿Hasta que qué. —preguntó mi papá.
—Hasta que oímos que estaban talando árboles —le
dije yo—, y dos hombres muy malos nos gritaron y empe-
zaron a perseguirnos.
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—¡Niñas estúpidas! —dijo mi papá, más furioso que
nunca—. ¿Tienen idea de lo que pudo haberles pasado.
¿No se dan cuenta de todo el peligro., ¿de que podían ha-
berlas violado, o secuestrado, o matado. ¿Qué se sintieron.
¿Las grandes exploradoras. ¡Son unas niñas tontas e
irresponsables!
—Sí, hay que tener mucho cuidado, niñas —dijo un
policía—, el peligro es real. ¿Y no pensaron en sus papás,
que iban a estar tan angustiados. No les vuelvan a hacer
esto. Y esos hombres sí son malos, porque están talando
árboles y aquí está prohibido. No hemos podido dar con
ellos, pues cada vez aparecen en distintos lugares; pero
gracias por decirnos dónde están. Ahorita les caemos. ¡Va-
mos muchachos!
Mi papá le dio las gracias a los policías.
—Es que deveras no me di cuenta de que había pasa-
do tanto tiempo —le dije a mi papá.
—¿Sí. Ahora vas a tener todo un mes para darte cuen-
ta de qué significa esto, pues en ese mes no vas a salir a
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ningún lado. ¿Me entiendes. Y pídele una disculpa a tu mamá. ¿Cómo
puedes ser tan inconsciente. ¿No te das cuenta de qué daño le hiciste.
Me costaba mucho trabajo entender que hubiera sido tan grave, pues
no habíamos hecho nada malo ni teníamos malas intenciones de nada.
Fue puro descuido y distracción. Y también egoísmo, por no pensar en los
demás. A esa conclusión llegué después.
De regreso, todos íbamos en el coche muy callados. Yo quería que mi
papá pusiera algo de música, o hablara de algo; o que Joaquín y Pepe se
pelearan, por lo menos. Pero nada. Era un silencio horrible. Finalmente,
dijo mi papá:
—Ya sabes cuál va a ser tu castigo, y va a empezar a correr desde
mañana; pero ahorita, a otra cosa. Todos necesitamos relajarnos y quitar-
nos el mal sabor de boca.
Detuvo el carro fuera de un cine, y entramos a ver la película que más
queríamos. Salimos contentos, pues se nos olvidó todo el rollo. Pero el
castigo me lo cumplieron. Y como estuve encerrada todo el mes, aunque
a ratos era aburridíiiisimo, aprendí a pintar con acuarelas, leí varios libros
que me gustaron, y saqué diez en todo; bueno, casi en todo.
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