El hámster del presidente Compartir con amigos
El  hámster  del  presidente 
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El presidente usaba un abrigo lleno de bolsillos. Ahí guardaba
todas las cosas que necesita quien gobierna un país. Tenía un
silbato para llamar la atención, las llaves de la cárcel por si
debía liberar a un prisionero, caramelos para endulzar las
malas noticias, una cámara para retratar ciudadanos favori-
tos y un sándwich de jamón de pavo por si le daba hambre en
las largas ceremonias a las que tenía que asistir.
Nadie lo había visto sin esa ropa esencial. El presidente
gobernaba con el abrigo puesto.
Un día repartió premios a los alumnos más inteligentes
de todas las escuelas y uno de ellos notó algo raro: el abrigo
tenía un bolsillo que brincaba. Sin pensarlo dos veces, el niño
metió la mano en el abrigo. ¿Qué encontró ahí. Un hámster,
ni más ni menos.
El presidente era muy activo porque el hámster lo desper-
taba cada vez que estaba a punto de dormirse en medio de un
discurso. El roedor le proporcionaba energía, pero también
consejos. Cuando el presidente no sabía qué hacer, se ponía la
mascota en la cabeza para que le revolviera las ideas. Ya se
estaba quedando calvo de tantas vueltas que el hámster daba
en su coronilla.
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Juan Villoro
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Por desgracia, el presidente había elegido un
animalito de muy mal carácter, un hámster enojón
que le provocaba disgustos y lo hacía tomar locas
decisiones. Los demás políticos dijeron que ellos
tenían un mejor hámster, una mascota amable,
dispuesta a ayudar a la gente.
Entonces el pueblo tomó una decisión
histórica: no sólo elegiría al presidente,
sino al hámster que lo acompañaba.
Cuando llegó el momento de hacer elecciones, los
candidatos se tuvieron que presentar en compañía del
hámster que los ayudaría en su importante trabajo. No
sólo es importante saber quién gobierna a un país, sino
quiénes son sus colaboradores.
La gente se informó de cuáles eran los hámsteres
más astutos, los más entregados, los más serviciales,
los más simpáticos, y así fue preparando su voto.
Algunos hámsteres confiaban demasiado en su aparien-
cia y no trabajaban mucho. Fue el caso de un espectacular
hámster-dálmata. A todo mundo le fascinó su pelo blanco con
motas negras, pero después de posar para las fotografías
no hizo otra cosa que dormir largas siestas.
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Un hámster entusiasmó con sus cabellos dorados, pero al
primer remojo, sus pelos se despintaron y perdió el apoyo del
pueblo, que no quería un animal disfrazado. “El que finge que
su pelo es de otro color, puede fingir algo peor", pensó la gente.
Hubo un hámster demasiado travieso que se comió los bo-
tones de su dueño y otro indisciplinado que se puso a nadar
en la jarra de agua que descubrió en un banquete.
No faltó el hámster que hacía espectaculares acrobacias,
pero se negaba a participar en asuntos sencillos, como hacer-
le cosquillas a su amo para que no se durmiera en público.
¿De qué sirve saltar por los aires cuando el presidente ronca.
Un candidato a la presidencia llegó con un hámster que
sabía chiflar y otro con un hámster que se paraba de cabeza.
Se trataba de habilidades fantásticas, dignas del mejor circo,
pero poco necesarias para gobernar. El presidente necesitaba
un animal de compañía que lo ayudara a estar concentrado,
no una mascota que lo distrajera.
Poco a poco, la gente entendió que los hámsteres se
asemejaban a los humanos. Podían ser presumidos,
leales, flojos, tramposos, inteligentes, distraídos,
bobos, glotones, cariñosos, generosos, egoístas,
en fin, podían ser como nosotros.
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Esto ayudó mucho a valorarlos y a entender mejor a las
personas que querían ser presidentes. Como las mascotas se
parecen a su dueño, fue fácil descubrir las virtudes y los de-
fectos de los políticos por las mascotas que tenían y la forma
en que las cuidaban.
La democracia se perfeccionó con este trabajo de equipo.
Las elecciones fueron ganadas por un hombre que tenía
un hámster sencillo, un poco gordito, color café cartón, con una
mancha color leche en la barbilla. Lo que más impresionó
de ese candidato fue la manera en que quería a su mascota.
La trataba con respeto y cariño, le hacía “piojito" y la peinaba
con un peine diminuto. “Si así trata a su hámster, también a
nosotros nos tratará de maravilla", pensó la gente.
Y así sucedió.
A partir de ese momento, la política tomó en cuenta a las
mascotas. En todos los parques se colocaron ruedas para
que ahí giraran y se entrenaran los candidatos a hámster del
presidente.
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