El mayor regalo Compartir con amigos
El  mayor  regalo 
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Guillermo pensaba que leer era aburrido. No podía entender
cómo podía uno dejar de jugar para agarrar un libro y sumer-
girse en un silencio absoluto en donde sólo había letras y letras.
Algunos libros ni siquiera tenían dibujos. Él prefería jugar
futbol o —si había suerte— jugar con la consola de su amigo
Diego. Por más que don Eulalio, su profesor de español, inten-
tara convencerlos de que leer abría ventanas a mundos infini-
tos, él sabía que aquello era pura charlatanería de profesor de
letras. No podía haber nadie —pensaba— que prefiriese estar
sentado con un libro. Guillermo sólo se sentaba para ver tele-
visión, y eso cuando terminaba de jugar con los videojuegos.
Hasta el día en que no tuvo más remedio que leer un libro.
Don Eulalio les mandó de tarea hacer un resumen de un cuen-
to, el que fuera. No tenía que ser extenso, ni clásico. Y Guiller-
mo, ingenioso como era, pensó bajarse la tarea de algún blog de
Internet. Un simple “copiar y pegar" le bastaría para luego ha-
cer otras cosas de su interés.
Navegó durante un buen rato entre un montón de páginas
sobre libros, con tan mala suerte que ninguno venía resumido. Se
enunciaban varios títulos, pero sólo con la foto de la portada, a
modo informativo. Para descargar: nada. La tarde avanzaba de
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Laura Martínez Belli
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prisa. Guillermo miraba su reloj insistentemente, nervioso porque
no llegaría a tiempo con sus cuates para la cascarita de las cinco.
Así que tras un par de horas de infructuosa búsqueda, decidió
—muy a su pesar— que mejor buscaba en la biblioteca pública.
¿Cuánto podía tardar en resumir un cuento.
Una vez en la biblioteca, Guillermo notó que había muchos
cuentos, muchísimos, ordenados por orden alfabético. Por instin-
to, se lanzó a los volúmenes más delgados. Buscaba con la vista
cuál agarrar, cuando oyó carraspear: “Hmmmm, hmmmmm…".
En una pequeña mesa, alumbrado por una pequeña lám-
para de brazo, se sentaba un señor de barba blanca, bigote de
gaviota y gafas sin montura. Guillermo volvió la vista hacia
los estantes y siguió buscando. Sin embargo, sentía los ojos del
señor clavados en su nuca. Al poco rato, escuchó carraspear de
nuevo, pero esta vez el sonido estaba justo junto a él. Guiller-
mo pegó un brinco.
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El señor de barba blanca y bigote de gaviota estaba de pie,
a su lado.
—Perdona —le dijo—, no era mi intención asustarte.
Guillermo no contestó, aunque lo miró huraño.
Y entonces, como el mago que saca un conejo
de la chistera, el señor mostró un libro con tapas
verdes y páginas doradas.
—Éste es el que necesitas— le dijo. Y le ten-
dió el libro para que lo agarrara.
Guillermo tomó el ejemplar, más por edu-
cación que por obligación. Y en seguida supo
que el viejito se equivocaba. ¡Qué flo-
jera de libro! Era enorme y pesaba
una barbaridad. “No —dijo para sí
Guillermo— éste no es para nada
el libro que busco". Aun así, un
tanto presionado por la insistencia
del viejito, bajó la mirada un ins-
tante. Guillermo pensó que sería
una antología de fábulas o algo
por el estilo.
—Ábrelo— le ordenó.
Empezaba a sentirse incómo-
do con la situación, pero lo abrió
a desgana.
Y entonces, algo rarísimo sucedió. ¡El
libro se tragó a Guillermo!
No podía creerlo. Ahí estaba él, ¡entre
un montón de letras e ilustraciones! Inten-
tó gritar, pero nadie lo escuchaba. Intentó
salir, pero el papel era elástico como un chi-
cle en un zapato. ¡Estaba atrapado en un
libro! ¡Qué clase de broma pesada era ésa!
Los demás personajes lo miraron con
cierto interés.
—¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude! —gri-
tó Guillermo. Pero los personajes se limita-
ron a brindarle una mirada de resignación.
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Estaba muy nervioso. Corrió un par de veces alrededor de
la página, pero al topar con los márgenes rebotaba como pe-
lota en un juego de pinball.
Una niña sentada en una enorme “E" lo observaba a la
distancia. Al verlo angustiado, saltó desde lo alto de la letra
y caminó hacia él.
—No tengas miedo —le explicó—. Tan sólo hay que esperar
a ser leídos por alguien.
Guillermo, entre asustado e incrédulo, se puso nervioso.
—¿Y si nadie nos lee. —preguntó tembloroso.
La niña rió un segundo, como si alguien acabara de con-
tarle un chiste. Al ver que Guillermo permanecía serio, le dijo:
—¡Claro que nos van a leer! Unas veces tardan más tiem-
po que otras, pero al final siempre nos leen. Y entonces, todo
es como debería ser.
—Si —dijo Guillermo un tanto escéptico—, pero ¿y si nadie
quiere leer ya. ¿Y si nadie viene a la biblioteca. ¿Y si nadie se
interesa por este libro.
La mirada de la niña se oscureció, como si se sumergiera
en un mar profundo.
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—Entonces —dijo ella— estaremos aquí varados, por toda
la eternidad.
—¡Pero tiene que haber una forma de salir de aquí! —dijo él.
—No la hay —explicó ella—. Si nos leen, entonces vivire-
mos por siempre en la mente de quien lea el libro. Viviremos,
sentiremos, seremos libres. Seremos poderosos. Inmortales.
La niña miró al infinito un instante, como si recordara una
sensación pasada.
—Ahora sólo nos queda esperar.
Sin otra alternativa, esperaron sentados junto a las ilus-
traciones. Dormidos la mayor parte del tiempo. Aburridos.
Ocupando un espacio entre las letras.
Y con el tedio de los días sin novedades, pasó el tiempo.
Mientras tanto, a Guillermo le salió bigote, le creció vello en
las piernas, la voz se le tornó grave como la de su padre. Y él,
allí atrapado. Resignado. Perdiéndose sus años de juventud
porque nadie, ni un alma, acudía a leer.
Deseó con todo su corazón que alguien viniera a sacarlo de ese
limbo inmenso en donde estaba atorado. Se sintió culpable. Cul-
pable por todos los libros no leídos. Por las vidas no liberadas. En
sus manos estaba la gracia de hacer vivir a otros como él, atrapa-
dos en las páginas. Deseó haber sido más generoso y haberse dado
la oportunidad de pasar un tiempo junto a tantos, tantos persona-
jes de historias. Si tan sólo hubiera valorado la importancia del
poder de su imaginación. Si tan sólo hubiera sabido, como sabía
ahora, que leer no era un acto mecánico, sino el don de dar vida,
de crear, de vivir juntos ajenos con la intensidad con que se vive
el propio. Si tan sólo lo hubiera comprendido a tiempo.
Y un día cualquiera, sintieron como si temblara la tierra.
De pronto, un chorro de luz invadió las páginas. Guillermo
escuchó una voz, como si leyeran los párrafos en voz alta. Pero
no. Leían en silencio. Sin embargo, podía sentir la fuerza de
la lectura. Un cosquilleo le recorrió la nuca, la espalda, la
palma de las manos. Sintió como si le dieran de beber un mon-
tón de agua fresca tras la peor sed. Las palabras resonaban
con tiento en el alma de cada uno de los personajes. A medida
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que la historia cobraba forma en la imaginación del lector y
adquiría significado, el libro vibraba. Los personajes comen-
zaron a pintarse de colores, a sentir, y Guillermo vio cómo esos
seres inanimados que lo habían acompañado comenzaban a
experimentar sensaciones reales. Reían, lloraban. Se odiaban,
amaban. Se liberaban de la esclavitud del silencio.
Guillermo cerró los ojos, y se dejó acariciar por esa voz des-
conocida retumbando en su interior con la fuerza de un instru-
mento de percusión. Se dejó envolver. Algo parecido al primer
beso. Al primer amor. Aquello, sin duda, fue un soplo de vida.
¡Plaf!
Guillermo sintió que alguien le tronaba los dedos varias
veces frente a los ojos.
—¡Eh, muchacho, muchacho! —oyó que le decían.
Abrió los ojos. El viejo de la barba estaba ahí, de pie junto
a él, sosteniendo el libro verde entre sus manos.
Guillermo lo miraba con los ojos de par en par. Luego, se
palpó el pecho, se miró las manos, se tocó la cara. Era niño de
nuevo. En la biblioteca, el tiempo no había pasado.
—¿Estás bien. —le preguntó el viejo.
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—Sí, sí… —contestó Guillermo, aturdido. Dudó. No sabía
distinguir si había soñado despierto o dormido.
El viejo lo miró fijamente y Guillermo intuyó en sus ojos
cierta envidia. Y tras mirarlo con esos ojos que decían “enho-
rabuena, muchacho, acabas de descubrir el mayor regalo de tu
vida", le dio una palmada en los hombros y empezó a alejarse.
Guillermo lo observó marcharse. Luego permaneció viendo
al infinito durante no supo cuánto tiempo. Volvió sus ojos a la
estantería. Recorrió con la vista todos aquellos libros y sintió
que no le alcanzaría la vida para liberarlos a todos. Escogió uno
al azar. Y despacio, sin prisa, pero sin pausa, comenzó a leer.
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