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Fue lo más raro del mundo que rifaran un gato en la escuela. ¡Y yo me lo
gané! Eso no me sorprendió, porque casi siempre me ganaba las rifas: un
paraguas, un florero muy feo que mi mamá le regaló a mi tía Carmina, y
otras cosas. ¡Pero un gato!
Me lo dieron en una caja de tenis con una franela y unos agujeritos
en los lados. ¡Estaba precioso! Era blanco con gris, y tenía los ojos verdes.
Cuando la maestra me lo dio, todos los niños querían cargarlo, y el gatito
estaba asustado, pero era bravo, así que después de unos cuantos araña-
zos lo devolvieron a la caja.
No era que en la escuela se hicieran rifas a cada rato, y menos de
animales. Pero un día la maestra nos dijo a la salida que su gata había
tenido gatitos y que si alguien quería al último que le quedaba se lo podía
regalar. Y como muchos dijeron: “¡Yo!", “¡yo!", “¡yo!", decidió rifarlo. A mí
ni se me habría ocurrido pedirlo, porque a mi mamá no le gustaban los
animales más que de lejos.
“A ver qué pasa", pensé, cuando volví de la escuela con mi mochila en
la espalda y con mi caja. Y en vez de preguntarme “¿cómo te fue." o “¿cómo
estás.", mi mamá va diciendo:
—¡Ana!, ¿qué traes en esa caja.
Mala señal. Cuando mi mamá me dice “Ana" y no “Anita", “mi reina"
o “corazón", es como cuando hay nubes negras en el cielo. Sólo tengo que
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esperar a ver a qué horas empiezan los rayos, los truenos y el aguacero
de regaños. Mi mamá tenía cara de disgusto; de seguro pensó que yo traía
otra vez ranas, como el día que Esteban y yo nos fuimos a escondidas
hasta el laguito, y él las pescó, con muchos trabajos, y luego me dio algu-
nas. ¡Y me obligaron a soltarlas en el parque!
Yo me quedé recordando todo eso y no sabía qué contestarle a mi
mamá.
—Te estoy hablando, Ana, ¿qué traes en esa caja.
—Es que… me saqué una rifa.
—¿Una rifa de qué.
—¡Mmiaaauuu! —se adelantó el gatito a responder.
—¿Qué es eso. ¡Un gato! ¡Yo no quiero gatos aquí! ¡Llévate a ese animal!
Por suerte, en ese momento mi papá también llegó a comer. Mi mamá
seguía muy enojada y le dijo que no quería animales en la casa, y que
a ver a quién se lo regalaba yo mañana. Pero cuando se fue a la cocina a
calentar la comida, yo le enseñé el gatito a mi papá:
—Mira, papi, me lo saqué en una rifa. ¿Verdad que está muy bonito.
Yo me quiero quedar con él.
—Pero tu mamá no quiere, y a ella le toca decidir las cosas de la casa.
Está muy simpático —dijo mi papá, cargándolo con cuidado—. ¿Ya le
pusiste nombre.
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—No, ¿pero qué tal si le ponemos Luis Manuel, como tú. Tienen los
ojos del mismo color.
—Me parece muy bien —contestó mi papá y me lo devolvió.
Por suerte el gatito no lo había rasguñado. Empezó a maullar, y me
lo llevé a mi cuarto para que mi mamá no lo oyera. Tomé una olla de mi
juego de comiditas y fui a la cocina por leche. Mi mamá estaba tan ocu-
pada poniendo la mesa, que ni siquiera se dio cuenta de que tomé un poco
de leche y la carne que no me había acabado el día anterior. El gato de-
voró todo, dio vueltas por el cuarto, y finalmente se subió a una silla y se
durmió.
Durante toda la comida, mi mamá repitió como veinte veces que no
quería animales. Yo comí muy rápido, pedí permiso de ir a jugar con Es-
teban, y por suerte me dejaron, pues no tenía tarea. Me llevé al gato, que
a Esteban le encantó; pero como él tenía dos perros no se lo podía quedar.
—¿Qué haré para que mi mamá me deje tenerlo. Inventa algo. ¡Por
favor, por favor, por favor! —le dije.
—Sí, déjame ver —dijo, y se quedó pensando.
A Esteban le gustaban tanto los animales que quería ser veterinario.
Nunca los maltrataba y decía que eran unos tarados idiotas los niños que
les hacían daño. Yo pensaba lo mismo.
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En ese momento sonó el teléfono. Era mi mamá y me dijo que acaba-
ba de llegar mi tía Carmina y quería verme. Me fui enseguida. Mi tía ya
estaba al tanto del asunto del gato. Me dio un beso y unos chocolates que
me llevaba por mi cumpleaños, que acababa de pasar, y en cuanto vio al
gatito, le encantó; lo cargó, y se le quedó dormido en el regazo. Nos dijo
que si no fuera a salir de viaje ella se lo llevaría. Y entonces contó mi
mamá por qué no le gustaban los gatos: cuando era niña, una vez que ella
trató de sacar a un gato de unos matorrales donde estaba atrapado, la
había rasguñado horrible.
—¡Todavía tengo la cicatriz! —dijo, levantándose una manga y mos-
trando unos rasguñitos descoloridos.
—¿Pero cómo se te ocurrió. —dijo mi tía—. Por supuesto que ese gato
te iba a rasguñar, si estaba asustado.
—Pues yo no sé de animales —dijo mi mamá—, pero no quiero tener
que estar bañando a este gato ni limpiando las suciedades.
—Conchita —dijo mi tía—, creo que estás confundida. No es perro.
A un gato no tienes que bañarlo. Los gatos son muy limpios y ellos solos
se asean con la lengua, y su saliva tiene una substancia especial, así
que nunca huelen feo. Y si les pones una cajita con arena en el patio,
siempre van al baño allí. Son limpios, independientes, elegantes.
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—Ay, tía, pareces un comercial —dijo mi mamá—. Ha de ser cierto
todo lo que dices, pero yo no quiero ningún gato en la casa.
Yo estaba muy triste, y preparaba mis últimos argumentos, pero en
ese momento Esteban tocó el timbre.
—Señora, mi mamá le manda unos sopes que hizo. ¿Se los puedo
dejar en la cocina.
—Sí, Esteban, y dile que muchas gracias.
Me fui detrás de Esteban a la cocina. Dejó los sopes sobre la mesa, y
se sacó de la chamarra un ratón.
—Cierra la puerta —me dijo—. Mira, voy a soltar este ratón aquí.
Cuando tu mamá lo vea y empiece a dar de gritos, traes al gato corriendo.
A ver si resulta.
—¡Sí, muchas gracias!
Se fueron Esteban y mi tía Carmina. Y en la noche, poco antes de la
cena, se oyeron unos alaridos espantosos. Mi papá se alarmó y bajó co-
rriendo. Yo ya sabía que pasaba, así que bajé con el gato. Aunque era
bastante chico todavía, se le fue encima al ratón; mi papá abrió la puerta
de la cocina, y el gato salió disparado persiguiéndolo hasta el patio.
Cuando nos dimos cuenta de que mi mamá estaba encima de una
silla, mi papá y yo soltamos la carcajada. Ella se empezó a reír también,
y dijo con pena:
—No supe ni cómo me subí a esta silla.
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—Por el susto —dijo mi papá, mientras la ayudaba a bajarse—. Pero
una cosa sí te digo: si tenemos un gato en la casa, jamás va a haber pro-
blemas ni de ratones, ni de arañas, ni de cucarachas.
La idea le gustó mucho a mi mamá, que seguía asustada, y aceptó
que Luis Manuel —el gato— se quedara. Le seguimos poniendo nombres.
Carlos, porque se parecía también a mi tío Carlos; Guillermo, por un ac-
tor de televisión que nos caía bien; Sergio, ya no me acuerdo ni por qué.
Así que era Luis Manuel Carlos Guillermo Sergio. Mi papá dijo que tenía
nombre de príncipe alemán. Pero todos acabamos diciéndole Micho, que
era más fácil.
Al día siguiente mi papá nos llevó a Estaban y a mí al mercado, a
comprarle al Micho unas ollitas para su agua y su comida, una caja de
plástico para la arena, y una casita de palma especial para gatos. Luego
fuimos a tomar un helado. No nos atrevimos a contarle a mi papá lo del
truco del ratón, pero él estaba también muy contento de que el Micho se
quedara en la casa.
Todo era perfecto con el Micho, y mi mamá ya no estuvo molesta. No
se imaginaba —y nadie se dio cuenta— de que el Micho era en realidad
Micha, pues unos meses más tarde, una mañana que empezamos a oír
unos ruiditos raros, salimos al patio y nos dimos cuenta de que la Micha
acababa de tener cinco gatitos.
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