El pasillo de las puertas cerradas
Compartir con amigos
pg_0050
48
Voy a contarles una aventura de la mejor manera que pueda. Intentaré
no equivocarme ni perderme en los detalles, porque a veces, cuando uno
cuenta algo, tiende a irse por las ramas y acaba contando cosas que
no quería contar. No empezaré por el principio. Comenzaré por el día en
que me encontré en un largo pasillo lleno de puertas cerradas a izquierda
y derecha, sosteniendo un vaso vacío.
Y se preguntarán cómo llegué allí. Pues por culpa del agua de jamai-
ca. Verán. Mi amigo Emilio tenía la costumbre de beber agua de jamaica
a todas horas. Y por eso su lengua siempre estaba pintada de rojo. Lo que
ni él ni yo sabíamos entonces era que si bebes mucha, muchísima agua
de jamaica, no sólo te dan unas enormes ganas de ir al baño, sino que
cuando el cuerpo ha asimilado toda la jamaica que le es posible aguantar,
ocurre algo mágico, misterioso.
Así, de repente y sin aviso, uno consigue teletransportarse. Sí, sí,
teletransportarse. Como hacen en las películas de ciencia ficción, cuando
consiguen viajar a otra parte sólo con pensarlo. ¿Pueden creerlo. Pues
eso fue lo que le pasó a mi amigo Emilio.
Se teletransporta a donde sea. ¿Que hay que ir por las tortillas. Emi-
lio se bebe un vaso enterito de agua de jamaica y espera unos segundos.
Cierra los ojos. Y al abrirlos, está en la tortillería frente a una señora pre-
guntándole cuántas va a querer. ¿Que hay que ir a comprar cartulina
para la tarea. Emilio se bebe un vaso de agua de jamaica y aparece en
la papelería. Pero claro, el problema es que Emilio se aburre. Porque los
demás, como no sabemos teletransportarnos, tenemos que ir caminando,
y a él siempre le toca esperar.
Así que un día, ni corto ni perezoso, Emilio decidió enseñarnos la
teletransportación.
El pasillo de las puertas cerradas
Laura Martínez Belli
AB-Lecturas-5-p-001-104 vers Berman.indd 48
10/08/11 17:46
pg_0051
4 9
Le pidió a su mamá que le preparara cantidades ingen-
tes de agua de jamaica. Cosa que ella hizo, sabiendo que
Emilio se pasaba el día bebiendo esa agua colorada. Cuando
estaba lista, Emilio montó los tambos en un diablito y los
trajo a mi casa.
Allí estábamos todos. Pedro, Jaime, Elías y yo, ansiosos
por aprender el truco de cerrar los ojos y aparecer en otro
lado. ¿Se imaginan tener ese poder. Podrías ir al parque
con sólo desearlo. O ir a visitar a la abuelita. O a la novia.
O donde doña Chencha para pasearle al perro. Todo sin
perder tiempo en el tráfico, ni hacer esfuerzo en la bicicleta.
Desde mi punto de vista, todo eran ventajas.
Así que cuando Emilio nos contó que lo único que había
que hacer era beber agua de jamaica, nos sacamos un poco
de onda. Al principio, creímos que nos tomaba el pelo. Así
que, en lugar de discutir, nos mostró su técnica. Al verlo
esfumarse ante nuestros ojos, no rechistamos y empezamos
a bebernos el agua.
Bebimos durante días. La vejiga nos dolía tanto que a
cada rato teníamos que ir a orinar. Vasos y vasos de agua de
jamaica. La lengua se nos empezó a escoriar y la sentíamos
rasposa como toalla de baño. Pero ahí seguíamos. Cada vaso
nos acercaba más hacia la victoria.
AB-Lecturas-5-p-001-104 vers Berman.indd 49
10/08/11 17:46
pg_0052
50
Poco a poco, todos se fueron rindiendo. El primero fue Elías, quien
cansado de no obtener resultados decidió que, al fin de cuentas, no era
tan malo tener que caminar o pedalear o agarrar un bote para llegar a
otros lados. Al fin, así había sido por tiempo inmemorial.
El próximo en tirar la toalla fue Pedro, quien hastiado de la sensación
dulzona en su lengua se rehusó a beber un solo vaso más, sin importarle
demasiado los resultados de aquella acción. Sencillamente, su boca no
podía soportar más el sabor de la jamaica.
Jaime hubiera podido resistir un poco más. Pero se dejó contagiar por
la cobardía y la falta de voluntad de los otros. Fue más fácil dejarse con-
quistar por el fracaso que luchar por el triunfo. ¿Y yo. Yo seguí bebiendo
agua de jamaica durante una semana más. Emilio, espontáneamente, se
aparecía todas las tardes en mi recámara. Me decía “Ánimo, vas bien…
ya casi, ya casi", y volvía a irse sin atravesar la puerta.
Hasta que de pronto, un día, bebí un vaso más de agua de jamaica.
No tenía nada que lo hiciera diferente a los anteriores. Pero al terminar
de beber, empalagado, cerré los ojos. Y al abrirlos, estaba en este pasillo
inmenso de puertas cerradas. Llamé a Emilio a voces, pero nadie contes-
tó. Miré hacia atrás. Nada. Miré hacia delante. Nada. Tan sólo un pasillo
largo como una cinta métrica, sin principio ni final.
AB-Lecturas-5-p-001-104 vers Berman.indd 50
10/08/11 17:46
pg_0053
5 1
La única manera de encontrar un camino era abriendo puertas. Así
que eso hice. La primera la abrí cauteloso. No sabía qué me esperaba al
otro lado, así que decidí hacerlo despacio, no fuera que tuviera que cerrar-
la de golpe.
Cuál fue mi sorpresa cuando al abrirla vi el mar. ¡Sí, sí! ¡El mar! Con
olas, arena, gaviotas sobrevolando la pesca y un sol brillante. Al fondo, el
puesto de pescadito frito que tanto le gustaba a mi abuelo. Me quité los
zapatos y di un paso. Sentí la arena caliente colándose entre los dedos de
mis pies. Me reí. ¡Estaba en la playa! Quise correr hacia el agua, pero
recordé que no llevaba traje de baño. Así que di media vuelta y regresé al
pasillo. Caminé unos cuantos pasos y quise abrir otra puerta. Ante mi
sorpresa, la otra puerta no se abrió. Estaba cerrada a cal y canto, como si
alguien le hubiera echado llave por dentro. Probé con otra: lo mismo. Ce-
rrada. Empezaba a ponerme nervioso, cuando intenté con otra que se abrió
sin resistencia. Me asomé y vi que era mi escuela. Cerré de golpe. Abrí
otra: el taller de mi papá. Luego otra: el mercado. El deportivo. El parque.
AB-Lecturas-5-p-001-104 vers Berman.indd 51
10/08/11 17:46
pg_0054
52
¡Todo mi universo conocido estaba tras esas puertas!
—¡Lo conseguí! —me dije contento. ¡Había logrado teletransportarme!
Tanta agua de jamaica había valido la pena.
Pero me percaté de algo. Todas las puertas conducían a lugares cono-
cidos. Ninguno de esos sitios era nuevo. En todos ya había estado.
Busqué la puerta que conducía a casa, y tras un buen rato de abrir y
cerrar, la encontré. Crucé el umbral, dispuesto a adentrarme en mi recámara.
Sentado sobre mi cama, estaba Emilio, con una gran sonrisa de oreja a oreja.
—¿Y bien. —me dijo—, ¿pudiste viajar.
—¡Claro! —contesté entusiasmado—, pero, tengo una duda…
Emilio me miró con atención.
—¿Qué pasa si quieres ir a lugares que no conoces. ¿Qué pasa si
quiero viajar a otro país o a otra ciudad. —le pregunté.
—Ah! —dijo de pronto Emilio—, eso no se puede. Sólo puedes tele-
transportarte a lugares que ya has visto. Si no, la puerta no se abre.
AB-Lecturas-5-p-001-104 vers Berman.indd 52
10/08/11 17:46
pg_0055
5 3
Me quedé viendo a Emilio un buen rato. Hablamos sin necesidad de
palabras. Si algo tenía de especial la vida, era que siempre podía sorpren-
derte. Recorrer una y otra vez los mismos lugares era algo encantador,
pero no dejaba de ser aburrido. Un lugar cómodo y seguro. Sin más. Y los
dos sabíamos que lo que más deseábamos en el fondo, era descubrir. Via-
jar. Sorprendernos. Explorar. Vivir.
Nos dimos un fuerte apretón de manos y, sellando un pacto, vaciamos
el agua de jamaica por el desagüe del lavamanos. Vimos el agua alejarse,
desaparecer. Contemplamos cómo la loza se teñía. Como una huella. Como
un sueño que se recuerda al despertar.
Nos miramos. Nos reímos. Aquella era una buena decisión: nos hizo
sentir muy bien. Y después, corrimos a contarle a Pedro, Jaime y Elías
nuestra aventura. Porque, al fin y al cabo ¿de qué sirve una aventura si
no se puede contar.
AB-Lecturas-5-p-001-104 vers Berman.indd 53
10/08/11 17:46
Compartir con amigos