El Señor Embajador Compartir con amigos
El  Señor  Embajador 
pg_0079
77
El Señor Embajador
Beatriz Espejo
Para Agustín Gutiérrez Canet
Con su abrigo grueso, su larga bufanda y su estatura alta de hombre altivo, dice
que para ejercer su cargo hay que parecerlo. Por eso siempre está impecable
aunque su cabellera que admite algunas canas se alborote con vientecillos ca-
racterísticos a principios de septiembre. Hombre consciente de que el tiempo
está vivo y no se detiene nunca, se fija horarios y procura cumplirlos. Sabe que
del equinoccio de primavera en que los días son iguales en toda la Tierra, ven-
drá el solsticio de Capricornio y el hemisferio boreal prolongará sus noches.
Aparecerá escarcha sobre los tejados citadinos y las palas quitanieve circularán
recorriendo calles y banquetas. Desayuna a buena hora, aunque haya cumplido
sus deberes en alguna recepción que abandona temprano. Entonces inicia tareas
cotidianas sin ser interrumpido. Redacta discursos habituales con clara idea de
lo que se propone decir, contesta mails, escribe artículos, organiza exposiciones
artísticas en que selecciona materiales y resalta la importancia del arte mexicano.
Planea eventos. Sólo con esa vida metódica puede conseguir lo que ha conseguido.
Y no cambia horarios a menos que se presenten eventualidades insalvables.
Cuando más metido estaba en su trabajo y poco antes de abandonar la
residencia rumbo a la embajada, algo interrumpe su atención. Es un clamoreo
extraño, inconsolable. Primero no alcanzó a identificarlo; luego lo escuchó
viniendo desde la gran terraza construida sobre una fachada interior que da al
mar y donde mira muchas veces los crepúsculos de Helsinki. El horizonte se
parte en dos azules distintos marcados por una raya como si seres superiores
usaran reglas para no cometer equivocaciones en su bandera. Aprovechan
primero un azul claro y luminoso; el segundo más oscuro y denso y el cuadro
se ilumina con una roja mancha solar apoderándose del panorama por las
mañanas y desapareciendo rumbo a la negrura del anochecer. Pero en ese
momento se llenaba de fuertes y vivos colores y las sombras huían extendién-
dose hacia puntos lejanos, se dispersaban por bosques y jardines.
AB-Lecturas-6-p-001-104 vers Berman.indd 77
10/08/11 17:35
pg_0080
78
Los gritos descorazonados guiaron al Señor Embajador, le dijeron que
pisara cuidadosamente, como si el piso estuviera muy frágil, para no lastimar
a una criatura negrusca, medio emplumada que se cayó del nido formado
arriba del techo y con los ojillos semiabiertos esperaba entontecida la ayuda
de una gaviota que volaba angustiada por un dinamismo sin tregua espantan-
do a los intrusos que intentaran lastimar a su polluelo. La presencia del Señor
Embajador la alarmó. Temió lo peor aleteando con las alas extendidas como
hojas de navaja, gritando violentamente, dando giros en el aire. Aumentaron
sus ansias cuando la cocinera a pedido de su patrón —convencido de que las
únicas cosas terrestres que podemos llevarnos al cielo son las que regalamos—,
dejó cerca trozos de pescado crudo que fueron rechazados con movimientos
circulares viendo enemigos en ese par de humanos piadosos cuya ayuda des-
preciaba. No tenía otra forma de comunicarse sino por aleteos y alborotos.
Exigía quedarse sola mientras redoblaba una actividad constante. Salía rumbo
al océano y segundos después regresaba con pedacitos de comida recién caza-
da. Los colocaba suavemente en el pico de su cría. Los habitantes de la casa
sintieron que su presencia resultaba inútil y se limitaron a observar esa escena
detrás de las cortinas. Asombrados del infatigable ir y venir, hora tras hora,
minuto a minuto, sin descanso. La gaviota estaba segura de que el tiempo
imparable y mostrenco era su enemigo ¿o su aliado. Segura de que habían
llegado los momentos de emigrar. Y ahí quedaron diplomático y sirvienta
mirando un rato, desapercibidos tras cortinas que al abrirse operaban milagros
y el paisaje se convertía en sutiles movimientos de la gasa.
AB-Lecturas-6-p-001-104 vers Berman.indd 78
10/08/11 17:35
pg_0081
79
El Señor Embajador persuadido de que su ayuda sobraba. Pidió un auto-
móvil y salió a cumplir tareas. Sin embargo cuando regresó por la tarde, pues
a Dios gracias no tenía compromisos pendientes, aún no se solucionaba el
problema. Seguía como lo había dejado; aunque la gaviota no perdía esperan-
zas. Una fuerza mil veces mayor a su tamaño la impulsaba. El Señor Embaja-
dor casi se acostumbró a los chillidos con los que durmió a pesar de que
llegaban hasta su cuarto.
El día siguiente se dispuso a retomar rutinas. Adoraba el silencio y sin
embargo sintió inquietud porque el ruido había terminado. Se enrolló rápi-
damente su bufanda sobre la bata y fue a la terraza. La halló vacía. Se habían
ido. El cielo seguía dividido en dos; abajo, algo brumoso; arriba transparente y
el sol cumplía citas diurnas imponiendo su boceto rojo con un glorioso ímpetu
igual a una pintura abstracta hecha en el taller del cosmos. Además se imponían
los diferentes tonos grises y verdes de las casas y las plantas extendidas bajo ellas
o trepando bardas. La bufanda del Señor Embajador lo convirtió de pronto en
un niño fugitivo de obligaciones ministeriales arropado por una lana ardiente
protegiéndolo del frío para observar tanto misterio hablándole a los ojos. Supo
que el orden y la bondad regresaban al mundo y se detuvo un rato contemplan-
do. Allá, todavía no muy lejos, madre e hijo iban juntos. Ella cambiaba posicio-
nes, se ponía arriba, a la derecha, a la izquierda enseñándole cómo volar y
cuidando que no cayera nuevamente. Ambos fueron dos puntitos cada vez más
distantes; pero el amor y la persistencia se besaban uno al otro.
AB-Lecturas-6-p-001-104 vers Berman.indd 79
10/08/11 17:35
Compartir con amigos