Flota, Demetria, flota
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Arturo tenía un poder, aunque pocos lo sabían. Sin ningún
motivo aparente, Arturo nació con ese don. Al principio, sus
papás se empeñaron en que no hiciera flotar las tazas, ni pla-
tos en la cocina, que dejara quietos los floreros sobre la mesa
y las tortillas sobre el comal, pero al final tuvieron que acep-
tar que Arturo jamás podría dejar de ser como era. Temerosos
de que alguien descubriera la capacidad de Arturo para hacer
volar objetos (pues no querían que vinieran a hacerle pruebas,
en nombre de la ciencia), mantuvieron su poder en secreto.
Levitar era un poder inusual, aunque muy divertido. A
pesar de todo, advertido hasta la saciedad por sus padres,
Arturo había aprendido a controlarse, aunque a veces tenía
que aguantarse las ganas de hacer volar la silla de su profe-
sora Demetria con todo y ella encima. Más de una vez, cuando
la profesora se pasaba de lista y les ponía a hacer planas sin
ton ni son, mirando a sus estudiantes como si en vez de niños
estuviera frente a una panda de escurridizas lagartijas, Artu-
ro había tenido que reprimir las ganas de sacarla del salón
por la ventana.
En la casa de Arturo todo debía estar atornillado. Las si-
llas del comedor, los cuadernos para la tarea, los tapetes sobre
la mesa, la alfombra, el calendario, los recetarios de cocina.
Todo debía estar fijo con su respectivo anclaje, porque Arturo
cada vez que reía hacía levitar todo cuanto se encontrara cin-
cuenta metros a la redonda.
Pero ese día algo cambió. Sucedió sin premeditación algu-
na, ni plan, ni maña. Arturo desayunó chilaquiles con pollo
y jugo de naranja. Después, bien peinado y con los dientes
limpios, se fue a la escuela. En el camino, Arturo recordó que
no había terminado la tarea que su temible profesora les ha-
bía encomendado el día anterior. Se pasó todo el camino pen-
sando en una excusa. Pero después de mucho pensar, decidió
que le diría la verdad: no la terminó por estar jugando dominó.
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Laura Martínez Belli
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Y con la conciencia nerviosa pero limpia, se dirigió a su salón
de clases.
La profesora Demetria era más vieja que joven. Llevaba
el pelo recogido en un chongo que parecía estar formado de
ramas para un nido, probablemente debido a los múltiples
tintes y químicos que usaba. Ninguno de ellos lograba, no obs-
tante, engañar al ojo de los niños, que seguían viéndola como
un perverso personaje de cuento. Para no perder sus anteojos,
los enganchaba a una ristra de perlas de plástico que llevaba
siempre alrededor del cuello. Y siempre, siempre, sonreía con
una sonrisa que a Arturo se le antojaba tan falsa como el co-
lor de su pelo. Ningún alumno la apreciaba demasiado. Ni
mucho, ni poco. Pero lo peor no era su aspecto, sino el tono de
su voz. Arturo sentía que les hablaba como si fueran tontos.
Les repetía las cosas tantas veces, que Arturo creía que
los confundía con loros de piratas.
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Cuando llegó la hora de revisar la tarea, Demetria se paseó
de pupitre en pupitre. En la mano, llevaba un plumón rojo
muy gordo, con el cual, en medio de la plana, hacía un símbo-
lo gigante que mutilaba el trabajo de cada uno de los niños.
Una “R" encerrada en un círculo, a modo de “revisado", que
a Arturo —inevitablemente— le hacía pensar en Robin, el chi-
co maravilla acompañante eterno de Batman.
Pero entonces, le tocó el turno a Arturo.
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—¿Y tu tarea. —dijo la profesora Demetria.
Arturo notó que la boca de la maestra se ladeaba ligera-
mente.
Como cuando se intenta despegar con la lengua un peda-
cito de cilantro que un taco de barbacoa deja entre los dientes.
—No… no la terminé, maestra.
Demetria destapó el plumón, que hizo vacío al despren-
derse de la tapa. ¡Pob!
Y como regocijándose, hizo deslizar la tinta roja lentamen-
te. El cuaderno marcó una X tan grande como las dibujadas
en los puntos de encuentro.
—Y ahora, por flojo, vas a quedarte sin recreo.
Arturo nunca había chistado en su vida. Pero en ese mo-
mento, sintió algo naciendo en su interior:
—No soy flojo.
La profesora Demetria se puso del color de la calabaza.
—¡No! ¡Eres reflojo! ¡Y contestón, además!
En el salón de clases el aire era tan denso como ate de
guayaba.
Y de pronto, Demetria, sintiendo amenazada su autoridad,
empezó a soltar todo tipo de comentarios negativos sobre cómo
se iba a convertir en un inútil y un holgazán y un bueno para
nada si no se acostumbraba desde ahorita a cumplir con sus
obligaciones.
Bla, bla, bla, bla… Era todo lo que Arturo oía.
Arturo tomaba aire. Veía cómo la profesora movía los la-
bios, pero sólo imaginaba mandándola a volar. Sintió el cora-
zón latiendo rápido por el coraje, y temió no poder controlar
el impulso, ahora sí, de hacerla salir volando por la ventana.
Arturo apretó los puños.
Y casi sin darse cuenta de lo que hacía, de pronto todo el
salón empezó a girar en círculos concéntricos. Al principio, los
alumnos gritaban divertidos, como si estuvieran en una atrac-
ción del parque. Las mochilas, los cuadernos, los pupitres, todo
comenzó a girar en un remolino alrededor de Arturo, que por
primera vez se daba cuenta de la fuerza de su temperamento.
Demetria, muy asustada, empezó a exigir que la bajaran. Pero
Arturo estaba dando rienda suelta a un poder que, a pesar de
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haber sido usado a discreción, jamás había explotado en ple-
nitud. Todos giraron tan rápido, tan rápido, que pronto el tor-
nado que se formó empezó a elevar la escuela. Volaron por los
aires, controlados por el poder de Arturo, concentrado en no
estrellarlos contra un árbol, ni contra los techos de las casas.
Gritaron tanto que la gente salía de sus casas para ver qué
pasaba. Asustados, corrían a llamar al 090 de emergencias.
Por fin, cuando Arturo se cansó de levitarlos, depositó la
escuela en lo alto de una colina. Demetria ya no tenía voz para
gritar. Había perdido los lentes, a pesar del collar de perlas
de plástico con el cual los sujetaba, y estaba despeinada como
gallo de pelea.
La profesora Demetria miró a Arturo. Arturo miró a la
profesora. Ninguno sabía qué decir. Todo estaba patas para
arriba. Y Arturo vio en los ojos de sus compañeros t
Arturo sintió por vez primera que su profesora no era —quizás—
tan mala después de todo. Se miraron un breve instante que duró
mucho tiempo.
Y se dieron la mano.
Arturo nunca más olvidó a hacer la tarea y sólo utilizó su
poder para acercar la toalla cuando salía de bañarse.
Y la profesora Demetria jamás volvió a ofender a nadie.
Ni pequeño, ni grande.
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