Julia y Manuel Compartir con amigos
     
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Las filas empezaban a formarse lentamente entre el barullo de los niños unifor-
mados de café y verde porque el timbre del fin de recreo había sonado. Julia los
veía desde el piso de arriba como si fueran células vivas en un microscopio; se
movían como si día tras día tuvieran que aprender nuevamente cuál era su lu-
gar. Bajó las escaleras tranquilamente y cuando llegó a la fila, aventó a alguna
de sus compañeras contra otras que ya se estaban formando; otra niña la aven-
tó a ella y entre el chacoteo, volteó hacia la fila de 5º “A" para ver a Manuel
Orozco. Él ya estaba formado, viéndola a distancia, como todos los días. Siempre
en algún momento de la formación sus miradas se encontraban y se quedaban
largo rato así, mirándose, a unos diez metros de distancia el uno del otro con
niños formados de por medio que terminaban siendo invisibles para ellos hasta
que la directora decía por el micrófono que avanzara 4º “A" y Julia después de
subir las escaleras se cercioraba de que Manuel la seguía viendo. Así fue día tras
día mientras estuvieron en esa escuela.
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Carmina Narro
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Era 1979 y hacía un año que no se hablaban después de haber sido novios una
semana. Sólo en dos ocasiones más volvieron a cruzar palabra. La diferencia
entre ser novios y ser amigos para ellos consistía en que al llegar y despedirse,
se saludaban de beso en la mejilla y a medio recreo, el niño dejaba de jugar
espiro, platicaba unos cinco minutos con la niña en la línea divisoria del patio
de hombres y mujeres.
Casi toda la escuela sabía que Julia y Manuel se gustaban. Ella se dio cuen-
ta porque un día su maestra la mandó a darle un recado a la maestra de 5º “A".
A Julia le sudaban las manos cuando tocó la puerta y con voz temblorosa
preguntó si podía pasar. Cuando entró, todo el salón empezó a gritar “¡Ma-
nuel! ¡Mira quién está ahí! ¡Manuel! ¡Manuel!" Todo el salón se volvió una
algarabía, tanto que la maestra tuvo que azotar el borrador contra el escritorio
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y pedir silencio. Julia recordó alguna caricatura de chimpancés alborotados.
Manuel no tuvo más remedio que recargarse en el pupitre y taparse la cabeza
con los brazos como si los gritos fueran piedras que le lanzaban. Julia salió de
ahí feliz, los labios no le alcanzaban para su sonrisa. Que ella le seguía gustan-
do a Manuel no era una fantasía; todos los niños de un salón no podían estar
equivocados. Inmediatamente se paró en seco y su sonrisa se congeló. “¿Pa-
saría lo mismo si Manuel entrara en su salón." No. Ya había entrado. Había
sido cuando ella acababa de ingresar y a él lo habían castigado llevándolo al
salón de Julia. Desde entonces Manuel la veía insistentemente, incluso la
maestra le había dicho que se pusiera a hacer las planas, que no estaba en el
salón de vacaciones.
Julia también era rebelde por naturaleza pero ahora todo el tiempo estaba
provocando que la sacaran de la clase para coincidir con Manuel, que bastante
seguido también estaba en el pasillo por ser igualmente indisciplinado. Sólo una
vez coincidieron los dos fuera de su respectivo salón. Sin embargo ninguno de
los dos hizo el menor movimiento por entablar comunicación. Se la pasaron
recargados contra la pared, ella con las manos unidas atrás y él con los brazos
cruzados al pecho, mirándose. Así estuvieron todo el tiempo que faltaba para
la hora de salida. Era el último día de clases, venían las vacaciones largas y no
cruzaron palabra.
Eran los primeros días del siguiente año escolar y la maestra Tayde dijo
por el micrófono en la formación de entrada que se iban a realizar elecciones
en la escuela con todo lo que ello conllevaba y que estas actividades iban en-
caminadas a promover la participación del alumnado para un mejor funciona-
miento de la escuela a partir de inculcarnos un sentido cívico. Habría una
planilla azul y una verde, se elegirían representantes, habría campañas de pro-
selitismo, votación y la planilla elegida sería quien instauraría las actividades
comunitarias y de recreación lo que restaba del año. Julia no estaba muy se-
gura de que todos hubieran entendido algo del discurso entero, pero todo
mundo empezó a gritar hurras y a aplaudir ante su desconcierto. Apenas había
pasado una semana cuando surgió la primera desavenencia entre los maestros
porque Manuel y Julia habían sido elegidos por sus respectivos grupos para
representarlos a pesar de su mala conducta. Fue la maestra de canto quien
puso punto final al conflicto cuando dijo que no iban a tener la menor credi-
bilidad si no respetaban la votación del alumnado. Que era vergonzoso que en
ese momento quisieran impugnar las elecciones porque finalmente el error
había sido de quien no había aclarado que los elegidos tenían que ser alumnos
modelos; que eso bien lo hubieran podido establecer las maestras de cada sa-
lón, que entonces dónde quedaba la democracia.
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Un día Julia fue citada a la hora del recreo en el salón de 6º “A" para una
junta de todos los representantes de la primaria. Entró un poco nerviosa, mor-
diendo una bolsita de chamoy. Ahí estaba Manuel con Susana Carreón, una
niña chaparrita con unos senos enormes para su edad. Julia siempre la relacio-
naba con la reproducción de un cuadro de Velásquez que había en la sala de
su casa: un niño que parecía enano por como estaba vestido, con un sobrero
raro, trepado en un caballo panzón. Julia iba a acompañada de Saúl
Ricalde, un niño tan guapo como poco carismático; hubiera
querido estar en la planilla azul junto a Manuel, en lugar de
la nomo de Susana que se la pasaba riéndose, jalándolo del
brazo para acaparar su atención. Manuel sólo se dedicaba a
molestar al bonachón de Saúl, que desde hacía tiempo sufría
su acoso constante por el simple hecho de ser un niño boni-
to y porque se rumoraba que él y Julia se gustaban. Ante
esta situación, Julia se sentía francamente sola y en
desventaja.
Serían dos semanas de campaña en la que se
realiz arían jueg os, camp eonatos deportivos,
periódicos murales con los eventos del mes y cosas
por el estilo. Quedaban estrictamente prohibidos los
regalos con el objeto de inducir el voto. A Julia no
le parecía nada atractivo tener que organizar
actividades y mucho menos implantar medidas
de orden. Lo único que le interesaba era
participar para tratar con él aunque estuvieran
en bandos contrarios.
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Todos esos días fue la guerra. Manuel ya no la miraba si no era con cierta
sorna y ella respondía con una indiferencia bastante arrogante que lograba con
gran naturalidad. Ahora estaban compitiendo y lo único que importaba era ga-
narle el uno al otro. No se podía decir que fuera una tarea fácil porque en lo que
Manuel reunió a los mejores de cada salón para competencias de espiro, Julia
organizó carreras de patines aprovechando la popularidad de Saúl entre la pobla-
ción femenina, mientras ella hacía otro tanto con la mejor de sus sonrisas entre
los niños, hasta que un día Manuel se le puso enfrente y le dijo así, sin más, que
era una resbalosa. Julia se quedó muda y con ojos de plato. Cuando pudo pensar
en una respuesta hiriente, Manuel ya estaba en los espiros, metiéndose en un
juego que no era de él, dándole un golpe a la pera. A Julia se le llenaron los ojos
de agua de puro coraje, hubiera querido pegarle como él le pegaba a la pera. Era
la primera vez que le hablaba después de su ruptura y le decía eso. Se fue a meter
al baño porque no estaba segura de poder controlar las lágrimas. Cuando pasó
un rato, se sintió un poco reconfortada porque tal vez su arrebato había sido
provocado por los celos. Con Manuel siempre era igual, la hacía sentir mal, la
hacía sentir bien, la descontrolaba; con él nunca se sentía segura de nada. Y ulti-
madamente con qué derecho le decía algo si él se la pasaba chacoteando con
Susana Carreón y sus amigas que tenían la gracia de un ostión y que muy pronto
se dedicaron a hacerle la vida imposible a Julia. Si quería encargarle a alguna niña
que ya estaba formada en la cooperativa que le comprara algo, ellas, que siempre
la andaban rondando, la acusaban con la maestra porque no estaba haciendo fila.
Si pasaba al baño, tenía que soportar que la remedaran como caminaba ante
las risas de los que se daban cuenta. Un día ya estaban en formación y una
de ellas aventó a otra contra Julia, que llevaba un refresco. Julia vació el resto que
le quedaba del Boing en Susana y todavía alcanzó a darle dos golpes con el puño
cerrado. Pocas cosas había disfrutado tanto en su vida. Una vez más Julia estaba
en la Dirección, Manuel no estaba ahí y su representación de la planilla verde se
tambaleaba como Susana Carreón cuando le dio el primer puñetazo. Ya no que-
ría competir, se quería ir a su casa a jugar con su perro sin preguntas de su mamá.
La maestra Tayde apareció en la puerta recriminándola con la mirada. Julia no
bajó la vista y se pudo dar cuenta de que en el fondo no había dureza en sus ojos.
—Ella me empujó, todo el tiempo me están molestando.
—Caíste en la provocación, Julia.
—¿Pero sí sabe que siempre me están molestando.
—Sí, pero eso no te justifica. Vas a estar suspendida por tres días y vas a
entregar un trabajo sobre la violencia tan extenso que no vas a tener tiempo
de nada.
—Bueno, ¿pero puedo dejar de representar a la planilla.
—No. Vas a terminar lo que empezaste y bien.
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Ya faltaban pocos días para el conteo de los votos y Julia estaba harta.
Manuel ya casi ni la veía y cuando llegaba a sorprenderlo, se volteaba de in-
mediato. Eso ya no estaba resultando divertido.
Julia estaba estirando un limpiatipo, viendo los hilitos tan porosos que se
formaban y tan suaves al aplastarlos, cuando recibió un papel arrugado de una
de sus amigas. “A. O. y las de su salon estan aciendo papelitos en el salon de
cantos y juegos". Julia, sin entender muy bien lo que pasaba, sospechando que
no era nada bueno, pidió permiso para ir al baño. Subió las escaleras de prepri-
maria para poder asomarse al salón sin que fuera vista. Ahí estaban. Sentados
en ruedita recortando los papeles y poniéndoles el sello de la escuela, falsifi-
cando boletas de votación. A Julia le dieron ganas de llorar. No sólo Manuel
estaba haciendo trampa, sino que la había traicionado. Varios niños de ambas
planillas habían sido comisionados para hacerlas. Todo tenía que ser muy
exacto: papel lustre morado de ocho por diez centímetros, escritos a máquina
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con los nombres de todos los representantes y el sello de la escuela. Segura-
mente habían comprado el papel en la tienda de Los Chinos porque la mayoría
vivían en la colonia, pero sobre todo quién sabe cómo le habían hecho para
conseguir el sello. Bajó las escaleras de preprimaria y se dirigió al baño por si
acaso la veían no se dieran cuenta de donde venía. De repente sintió una pun-
zada en el estómago: ¿Y si su mamá pensaba que ella era la que había hecho
trampa. ¿Y la maestra Tayde. Julia siempre la había mirado con admiración y
no sabía por qué pero creía que la maestra Tayde también veía en ella algo que
le agradaba a pesar de todo. Sintió un alboroto en su estómago, como si sus
tripas se estuvieran peleando. Tampoco se creía capaz de acusar a Manuel. A
Susana Carreón sí, pero si la acusaba a ella, era lo mismo que acusarlo a él. Si
no lo hacía sería su cómplice, pero nadie tenía por qué saber lo que había vis-
to, pero la que le había aventado el papelito lo podía decir, pero... muchos
peros, demasiados peros. Lo único bueno que podía pasar era que la letra de
la máquina de escribir que habían utilizado fuera distinta a la de la escuela y
que eso los delatara. Iba caminando pensativa por el patio cuando su maestra
le gritó desde arriba que se tardara todo lo que quisiera, que al fin y al cabo
ya le iba a poner falta. Julia le gritó que no y se echó a correr escaleras arriba.
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Todo el resto del día Julia estuvo inquieta, no sabía qué hacer. Le dolía que
Manuel no hubiera pensado que también le estaba haciendo trampa a ella. Le
dolía y le daba coraje al mismo tiempo. Julia se la pasó toda la tarde en el co-
lumpio del parque pensando. Si al día siguiente lo acusaba, ya nunca voltearía
a verla, se enojaría con ella y la posibilidad de que algún día volvieran a ser
novios quedaba reducida a nada. Y si no lo acusaba, podría ser que él se sin-
tiera tan bien por haberle ganado que tal vez hasta le volvería a hablar... Eso
era horrible. Así hasta le iba a caer gordo. Gordísimo. Lo podría odiar. Sólo
el día que su perrita Dina se había perdido era tan triste como ése. Al día si-
guiente se levantó más temprano que de costumbre, quería llegar pronto a la
escuela aunque no supiera todavía lo que iba a hacer.
Manuel estaba con Susana Carreón y las niñas ostión al lado de los bebe-
deros cuando entró. La miraron todos al mismo tiempo. Algo había pasado.
Ver coraje en los ojos de Manuel hizo que tomara una decisión. Él había he-
cho trampa y si no lo acusaba iba a ser su cómplice y además su cómplice para
perjudicarla a ella. Pensándolo así, no se explicaba por qué había tardado tan-
to en decir lo que sabía. Iría en ese momento a hablar con la maestra Tayde.
Pero entonces él ya nunca iba a ser su novio... No, no era tan fácil decidir.
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Julia estaba en clase de matemáticas cuando una niña de su planilla de ter-
cero llegó a decirle a la maestra que llamaban a Julia de la Dirección. La maes-
tra Tayde estaba sentada en su escritorio y Manuel, Susana Carreón y las
ostión.
—¿Qué pasó, Julia. —preguntó severamente la maestra.
—¿Con qué.
—Con las boletas de votación.
—¿Y por qué me pregunta a mí.
—No seas majadera. ¡Te estoy preguntando a ti porque tú sabes!
La maestra Tayde había perdido la compostura. Manuel estaba en su clási-
ca actitud: los brazos cruzados al pecho y la cabeza ligeramente echada hacia
atrás indolente, retador y no le quitaba la vista de encima como diciéndole que
era una traidora.
—Ella no hizo nada —dijo Manuel con tono indiferente.
—Contigo no estoy hablando, Orozco —le dijo la maestra Tayde—. Me
imagino que Julia no iba a hacer boletas azules para que ustedes le ganaran,
¿verdad.
—¿Entonces para qué la llamó. Ella no tiene nada que ver —repuso Ma-
nuel. La maestra Tayde estalló en cólera.
—Mira, jovencito, tú no tienes porqué cuestionar lo que hago o dejo de
hacer. ¿Te queda claro. Lo que hiciste fue muy grave y aún así tienes el des-
caro de tener esa actitud.
Quién sabe qué tanto le siguió diciendo la directora a Manuel, Julia sólo
pensaba en que seguía sin saber qué hacer. No quería que Manuel pensara que
era una traidora, pero él ya la había traicionado, aunque ahora tratara de ex-
culparla. Los ojos de Isabel Carreón eran cuchillos girando de coraje. Julia le
sonrió para hacerla enojar más.
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—Maestra Tayde —dijo Julia—, ¿me va a castigar por no haber dicho lo
que sabía.
—Eso se llama complicidad. ¿Lo sabes, no.
—Sí, maestra.
—Pero a los soplones en las películas siempre los matan... —dijo Manuel
entre dientes.
—¿Qué dices, Manuel. —preguntó la directora con los ojos brillosos, casi
fuera de órbita.
—Que a los soplones no los quiere nadie. Entonces no ha de ser muy
bueno, ¿no.
La maestra Tayde se salió de sus casillas. Le dijo que no sólo lo iba a expulsar
definitivamente por lo del fraude, sino por irrespetuoso. Julia iba a ser expulsada
una semana por no haber dicho lo que sabía. Pudo haberse defendido alegando
que ella apenas se había enterado el día anterior, pero prefirió recibir el castigo
sin decir nada. Al fin y al cabo, en el fondo, algo le decía que se lo merecía. Su-
sana Carreón y las niñas ostión fueron expulsadas definitivamente.
Julia fue a recoger su mochila al salón soportando las miradas curiosas de
sus compañeros. Sabían que había sido expulsada, pero no sabían por qué. Le
dijo a la maestra en voz baja que había sido suspendida y salió.
Afuera, a media cuadra de la escuela, estaba Manuel esperándola. Ella
caminó hacia él con el estómago tan alborotado que se le figuraba que se podía
escuchar el relajo de sus tripas.
—Ojalá te hubiera acusado —le dijo Julia fingiendo más enojo del que
sentía.
—¿Y por qué no lo hiciste.
—No sé.
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Manuel Orozco
Susana Carreón
Saúl Ricalde
Maestra Tayde
La niña ostión
Amigos (420)
Muro
Información
Fot os
Not as
Amigos
Julia Fernández Alva
Inicio Perfil
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Julia hubiera querido preguntarle mu-
chas cosas, pero no dijo nada. Él tampoco.
Ella fue sintiendo su mirada hasta que do-
bló la primera esquina.
Tuvieron que pasar treinta años para
que Julia un día supiera de él en una red so-
cial. Lo encontró muy parecido al niño que
recordaba. En la foto estaba con su hijo de
la edad que él tenía cuando lo conoció. Es-
taban en un bosque nevado, él abrazaba a la
que suponía era su esposa. Se veían como
una familia feliz. A Julia le pareció de pron-
to que guardaba cierto parecido con ella.
Desechó casi inmediatamente la idea. Se
quedó pensativa, dudó si ponerse en con-
tacto con él. No terminaba de sentirse a
gusto en las redes sociales y decidió no ha-
cerse presente. Pensó que esa nueva manera
de relacionarse ya le había dado algo bueno
porque había podido ver a Manuel una vez
más. Aunque fuera en foto. Aunque hubie-
ran pasado más de treinta años. Aunque
fuera sólo una vez más.
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