La máquina del tiempo Compartir con amigos
La  máquina  del  tiempo 
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El profesor Sigma, científico eminente, logró por fin construir la máquina
que devolvía las cosas perdidas. En cuanto se dio la noticia, todos en el
pueblo acudieron. No había quien no quisiera usarla, pues cada uno había
perdido algo en su vida que estaba ansioso por recuperar. El señor Gastón,
el hombre más rico del lugar, acudió en medio del acto. Estaba desespe-
rado por saber cuánto tenía en el banco. Había perdido la cuenta de los
ceros en su libreta de ahorros. La máquina se accionó y enseguida apa-
reció la cantidad de 1000000000000000000000000000000000000000000
00000000000000000000 pesos, que dejó boquiabierto a todo el mundo,
más aún cuando se supo que la cifra era precisa. Ante el asombro de la
multitud, el señor Gastón decidió comprar la máquina, invirtiendo peso
sobre peso lo que tenía. Su idea era cobrar por cada objeto que la gente
quisiera recuperar. El profesor Sigma, científico humanista, no tuvo ob-
jeción; pensó que de esa forma, todos podrían tener algo de lo perdido y
que con la suma adquirida, la ciencia se beneficiaría al recibir un gran
estímulo para sus investigaciones. Así pues, vendió la máquina, previa
firma del contrato, y donó la cantidad completa a la Sociedad Científica
de Inventores de Máquinas y Artilugios Relacionados con el Tiempo.
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Rosa Beltrán
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Pero los precios del señor Gastón resultaron altísimos. Quería reco-
brar su inversión y, de ser posible, centuplicarla cuando menos. Mas, como
la gente no tenía el dinero necesario, el dueño acordó recibir lo que cada
uno tuviera e irle devolviendo lo perdido en abonos. Para ello, accionaría
la máquina en forma parcial, sin bajar la palanca del todo.
La primera en llegar fue la cocinera del pueblo, que algo de dinero
tenía dada su abundante clientela, pues para comer y gastar todo es cosa
de empezar. Asentó una gran bolsa con billetes, se paró frente al artefac-
to aquél y pidió que volviera su amor. Por un orificio salió un gordo ma-
jadero que enseguida le pegó porque se le había salado la sopa. Luego, se
acercó un viejo que junto con los años había perdido la alegría. Pagó la
suma reunida, accionó la palanca hasta la mitad y esperó. Volvieron los
años, pero no la alegría. Un par de nietas acudió a buscar a su abuelo. Lo
único que regresó fue el bastón y el sombrero. La gente se empezó a de-
cepcionar. Comenzó a preguntarse sobre la utilidad del invento. Pero la
esperanza muere al último, así que llegó por fin un niño que había per-
dido a su perro. Agitó su alcancía y se la dio al señor Gastón, quien no
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tuvo más remedio que recibirla y jalar un centímetro la palanca, torcien-
do la boca. Sólo regresaron el olor y las pulgas. Junto con el chasco, el niño
se ganó el mal humor de su madre, pues por más que se bañara y tallara
con bastante jabón, no dejó de seguirlo un olor a perro y un comité de
pulgas que lo hacía rascarse todo el tiempo.
Decepcionado, el profesor Sigma, científico honorable, se presentó
frente al comprador. Su invento no había sido destinado para ese uso, ex-
plicó. Lo perdido debía regresar completo. De no ser así, se haría mala fama
a la ciencia, la máquina se descompondría, su nombre de científico sería
pisoteado… En fin, que si no se daba el uso correcto al aparato, estaba
decidido a devolver la inversión. El señor Gastón acordó buscar a personas
pudientes, de preferencia extranjeros, y bajar la palanca hasta el tope.
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La señora Pírrica (una mujer muy, muy rica) pidió que le fuera de-
vuelto un collar de esmeraldas que le habían robado, ya no se acordaba
en cuál revolución. Pagó una barbaridad, el señor Gastón hizo una cara-
vana y jaló la palanca hasta el piso. El collar volvió íntegro, pero la Seño-
ra no se conformó. Dijo, con gran decepción, que en su recuerdo el collar
era mucho más bello. El Duque de No Sé Cuántos —pues no sabía cuán-
tos reinos tuvo y perdió— exigió que se los devolvieran uno a uno. La
máquina funcionó, pero los reinos regresaron poblados con gente que ni
siquiera sabía hablar su lengua y entre la que había muchos pobres que
el Duque antes no vio.
Ante tal desastre, el pueblo se amotinó, incluido el señor Gastón, fren-
te a la Sociedad Científica de Inventores, para que le devolvieran su dine-
ro. Como ésta lo había gastado ya en otro invento donde era posible pensar
el día menos pensado, no pudo devolver la suma, con lo cual la gente
fue a armarse con picos y palos para destruir la máquina. Y fue destruida,
a la vista de todos, en la plaza. El profesor Sigma, científico intachable,
dio la media vuelta y volvió a su labor. Según declaró, el experimento
había sido un éxito. El problema estaba en la gente, que había perdido el
sentido de lo que podría hacerse con tan prodigioso invento.
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