La mudanza Compartir con amigos
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Ese día, cuando llegué de la escuela, vi que el camión de mudanzas iba arran-
cando de la casa de Esteban. Sentí horrible. Era mi mejor amigo. Y ahora,
¿cuándo lo iba a ver., ¿con quién iba a jugar.
Entré a la casa. Cuando mi mamá me llamó a comer, no tenía hambre. Hice
a medias la tarea. Estaba triste, y de la tristeza pasé al aburrimiento, porque
Pablo y sus hermanos, y Poncho, sólo salían a jugar porque estaba Esteban.
Yo no me llevaba mucho con ellos. Es más: a Poncho no le gustaba que estu-
viera yo, porque era niña. Y a mí me aburría mucho jugar con niñas; ni siquie-
ra tenía muchas muñecas. Me parecía más divertido jugar a los vaqueros,
treparse a los árboles y hacer coleadas en patines a media calle. Entonces no
había mucho tráfico y siempre podíamos jugar afuera.
Yo no tenía hermanos ni Esteban tampoco, así que supongo que cada uno era
como el hermano que al otro le faltaba. Y aunque yo sólo extrañaba no tener
hermanos porque no tenía con quién pelearme, Esteban y yo rara vez nos peleá-
bamos. Esteban no tenía papá tampoco. Su papá había nacido del lado ameri-
cano, y cuando empezó la guerra lo llamaron a las armas y murió en combate.
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Elsa Cross
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Esteban tenía apenas dos años, así que no se acordaba de él. En su cuarto tenía
una foto de su papá, con su uniforme. Cuando hablaba de él se ponía triste.
Nos llevábamos muy bien Esteban y yo. Siempre nos gustaban las mismas
cosas, y a veces él tenía la mitad de una idea y yo la completaba. Como la vez
que inventamos un aeropuerto en la azotea, porque teníamos muchos avion-
citos, y con unas cubetas viejas que Estaban partió a la mitad, con unas tablas,
cartones y palos de escoba, él armó las pistas de aterrizaje y los hangares, y yo
los mostradores y las salas de espera; jugamos como tres días al aeropuerto. Y
otra vez que se nos antojó jugar a cocinar, fue en serio, e hicimos unas palan-
quetas de cacahuate, que eran muy fáciles de hacer y a todo el mundo le en-
cantaron. Hasta llevamos a la escuela. Nos divertíamos tanto juntos, que ni
veíamos televisión.
Nuestros papás ya sabían que Esteban y yo nos íbamos a extrañar cuando
ellos se cambiaran de casa, y el último mes nos llevaron a muchos lados jun-
tos. La mamá de Esteban nos llevó al cine y a una feria donde Esteban ganó al
tiro al blanco. De premio le dieron un conejo de peluche, que me regaló. Mis
papás nos llevaron de día de campo a La Marquesa y nos alquilaron unos ca-
ballitos, y anduvimos muy contentos. Nos tomaron muchas fotos y le dimos
a Esteban una copia, que pusimos en álbum chiquito. Fuimos también a Cha-
pultepec y al Museo del Papalote.
Pasó toda la tarde. Me acordaba del camión de mudanzas y me daban ga-
nas de llorar. No sabía qué hacer. Salí a la calle a patinar, pero sola era un poco
aburrido. Me volví a meter. Prendí la televisión y todos los programas me
parecieron tontos. La apagué. Mejor acabé la tarea.
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Después de tres semanas la mamá de Esteban habló por teléfono; ya habían
acomodado todo en su nuevo departamento y me invitaron a comer un día.
Después de la comida salimos a jugar y fuimos a un terreno baldío donde
Estaban me enseñó una madriguera de conejos que había encontrado, entre un
montón de escombro. Se alcanzaban a ver unos conejitos, pero le habían dicho
que uno no debe tocarlos cuando están todavía con su mamá, porque la mamá
percibe un olor extraño y luego ya no los quiere. Me enseñó también una mata
de tomates verdes y cortamos muchísimos y los llevamos a su casa.
Esteban también vino un día, pero como se habían cambiado tan lejos era
difícil estar yendo y viniendo, así que luego solo nos veíamos en las fiestas de
cumpleaños.
Cuando Esteban cumplió 13 años fue muy chistoso. Yo había entrado en
la pubertad y había crecido tanto en los últimos meses, que estaba mucho más
alta que Esteban, aunque yo era un año menor. Esteban se sacó mucho de
onda cuando me vio. Su mamá dijo que yo era ya “toda una señorita". Y yo
me moría de risa al ver que Esteban seguía siendo un niño. Pero no le dije
nada ni le hice burla. Por suerte, porque cuando lo volví a ver, él se había dado
un tremendo estirón y estaba altísimo, mucho más que yo.
Esa vez, que era mi cumpleaños, nos dimos cuenta de que habíamos cam-
biado mucho. Ya no sabíamos bien ni de qué hablar. Él tenía otros amigos y
yo también. Estábamos ya en secundaria y las cosas eran distintas. Me di
cuenta de que tal vez no volveríamos a vernos, porque ellos se iban a mudar
otra vez, pero ahora se iban al norte, al pueblo de su mamá.
Cuando nos despedimos, sentí que tenía que decirle algo, pero temí que se
fuera a reír de mí, o que me dijera que yo era una cursi. Me iba a quedar callada,
pero pensé que luego me iba a arrepentir siempre de no haberle dicho lo que
sentía.
—Gracias por ser mi amigo cuando éramos niños —le dije.
—Gracias a ti también —me respondió—. La pasamos muy bien.
—Sí, la pasamos súper bien. Yo te extrañé cuando te fuiste. Qué bueno que
pudimos jugar tanto.
Nos dimos un abrazo de despedida, con mucho cariño, y se fue.
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