La mujer que se casó con un mueble
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Cuando se tiene nueve años es difícil entender muchas de las cosas extrañas
que hacen los adultos. Siempre me dicen que cuando crezca entenderé, pero
simplemente no creo que lo ilógico se vuelva lógico o por hacerme mayor me
vuelva loca.
Una de las cosas que nunca he entendido es por qué los
adultos comen salsa si siempre terminan padeciendo,
ya sea en el momento del picor o más tarde por
gastritis. No sé si es porque no aprenden o encuentran
divertido el sufrimiento; cosa que nunca creo
encontrar divertida.
Otra cosa que nunca he entendido es por qué todos los días se
levantan muy temprano y se arreglan muchísimo para ir a un lugar que no les
gusta. Deberían conseguir un trabajo que los hiciera felices, así se arreglarían
con entusiasmo. Yo no iría a lugares que no me gustan y mucho menos me
arreglaría para ello.
También cuando van a restaurantes es horrible que se peleen por pagar la
cuenta; si uno de ellos ya se ha ofrecido, ¿por qué el otro insiste en querer
gastar su dinero. Yo no gastaría mi dinero si me están invitando.
O incluso cuando ya se han despedido que todavía se queden
otra media hora hablando, ¿cuándo el adiós dejó de ser
válido. Pero lo que en serio nunca creo entender aunque
crezca, es por qué mi hermana se casó con un mueble.
Recuerdo cuando íbamos de vacaciones a la playa. Mi
hermana, hija de mi papá pero no de mi mamá, era
siempre la primera en hacer amigos; primero porque es 12 años mayor que yo
y entiende cosas que yo todavía no entiendo, y segundo porque siempre fue
muy platicadora.
Sí, la playa le encantaba todavía hace un año, cuando se-
guía siendo soltera. Recuerdo que nadaba todo el día y jugaba
voleibol cuando se cansaba de tomar el sol con sus nuevos
amigos.
Un día mi hermana fue a una fiesta en casa del amigo
de su amigo y se divirtió como siempre; rió, platicó y
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Marlene Guerin
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bailó con todos, pero bailar le dio mucha sed, entonces se fue a buscar la co-
cina y en su camino se topó con la sala.
Era una sala inmensa y antigua, así que no pudo evitar echar un vistazo.
Lo primero que vio fue un candelabro de cristal que colgaba en lo alto. Lue-
go vio un librero gigante, que por su glorioso acabado parecía que contenía
todo el conocimiento del mundo. En el piso había un tapete árabe tejido a
mano que abarcaba toda la estancia. Sobre el tapete estaba una vitrina antiquí-
sima, llena de figurines de porcelana, que si yo hubiera visto me hubieran dado
miedo, pero mi hermana era más grande y entendía mejor. Del otro lado había
un trinchador con adornos suecos y un baúl de madera cerrado con un canda-
do pesado; quién sabe qué guardarían ahí. Pero lo que más le llamó la atención
a mi hermana, fue un sillón antiguo púrpura, que además de estar acolchonado,
tenía un cajón integrado en la parte inferior. De tanto bailar con todos sin pa-
rar, mi hermana decidió sentarse sólo un segundo, olvidando la sed que la había
llevado hasta la sala. Ese momento fue suficiente para que ella se quedara dor-
mida siete días seguidos.
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Cuando volvió a la casa ya era otra. Primero su talento de platicar sólo se
centraba en hablar del dichoso mueble. Luego con el paso de los días sus des-
apariciones esporádicas se convirtieron en rutina, pues se la pasaba metida en
casa del amigo de su amigo; seguramente dormida con el mueble, pues no creo
que haya platicado mucho si el sillón nunca hablaba.
Luego la situación empeoró cuando el mueble se mudó a la casa. Mi her-
mana perdió su talento de platicar y también perdió a sus amigos, pues nunca
les regresaba las llamadas y ya no los veía por estar encerrada con el sillón
púrpura que le había robado la alegría que todos conocíamos. Nunca voy a
entender por qué alguien preferiría estar con un mueble, pues a pesar de que
sea cómodo, especial y guarda los secretos en su cajón, ¡sigue siendo sólo un
mueble!
—Me da lo que necesito —decía mi hermana.
¿Lo que necesitas es suficiente. Esa pregunta que nunca le hice rondó mi
cabeza durante algunos días y al final llegué a la conclusión de que no hay
nada más necesario que ser uno mismo, ¿o acaso un adulto pensará diferente.
Yo ya no sé, con eso de que los adultos hacen cosas que yo no entiendo.
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Mi hermana dejó de ser mi hermana transcurrido el año, cuando por fin
decidió casarse y darme un mueble púrpura como cuñado. Decía que era muy
conveniente porque nunca se involucraba con nadie que no fuera ella, pero
más bien creo que eso fue precisamente lo que causó que nadie fuera a la boda.
Mi “no hermana" ya tampoco viaja; dice que no le gusta, pero yo sé que
eso es mentira, pues nos encantaba ir a la playa antes, cuando seguía siendo mi
hermana. Pero hasta yo, que sólo tengo nueve años, me doy cuenta de que un
viaje a la playa sería complicado para ella pues implicaría que cargara al mue-
ble hasta allá y cuidarlo de que la humedad no lo echara a perder. ¡Nadar ni se
diga! Porque a pesar de que la madera flota, un mueble no está diseñado para
hacer ese tipo de cosas aventureras.
Siempre me he preguntado, ¿no se pudo haber casado con uno de sus ami-
gos. O quizás, ¿con un amigo de sus amigos. Ésos sí platicaban como ella antes
de perder el talento; también les gustaba la playa, el voleibol y tomar el sol. Pero
ella decidió dejar de ser ella, para ser del mueble. Eso es la cosa que sobre todas
las cosas no voy a entender nunca, aunque crezca. Y aunque logre entender
otras cosas que ahora considero locuras, puedo decir con seguridad que yo
nunca me casaría con un mueble, ¿o acaso eso es crecer. Espero que no.
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