La recompensa de Nefru Compartir con amigos
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Pasada la medianoche, Nefru se levantó de la cama y caminó descalzo hacia el
dormitorio de sus padres: ambos roncaban con un sueño de piedra. Era el mo-
mento de emprender la gran aventura que había estado planeando en los últi-
mos meses. Suti, su mono, le saltó a los hombros con ganas de jugar y tuvo que
apartarlo de un manotazo. Fue a la cocina en busca de una lámpara de aceite,
que se ató a la cintura con una cuerda. Por si las dudas también se metió una
daga en el taparrabos: así estaría más seguro si alguien lo atacaba. Con el mayor
sigilo abrió la reja de bambú que daba a la calle. Estaba desierta y sólo se escu-
chaban a lo lejos los aullidos de los lobos y el ulular de las hienas. Desde su
nacimiento, Nefru había vivido en Deir el Medineh, la aldea de trabajadores
que erigían y adornaban las tumbas de los faraones, y tenía un mapa mental de
sus callejuelas que le permitió caminar a ciegas, en medio de la espesa oscuri-
dad, sin tropezar con ningún hoyanco.
Más allá de la aldea comenzaban las dunas del desierto. Al empezar a re-
correr sus abruptas veredas encendió la lámpara de aceite. No temía a las fieras
de los alrededores, porque el fuego las ahuyentaba. En cambio le aterraba
toparse con alguno de los animales fantásticos que merodeaban por el desier-
to: leones alados, lobos con hocico de víbora, halcones gigantes que podían
alzarlo en vilo con sus enormes garras. Al cabo de una larga caminata llegó al
Valle de Los Reyes, el gran cementerio de los faraones egipcios. Era un valle
árido, circundado por peñascos y montañas de piedra caliza donde jamás ha-
bía crecido una hierba. Los promontorios alzados en el valle indicaban el lu-
gar de las tumbas y cada uno tenía una puerta de piedra sellada a cal y canto.
Nefru había oído historias fabulosas sobre los tesoros que los faraones se
llevaban al inframundo, para gozar en el más allá los mismos lujos y comodi-
dades que tuvieron en vida, pero jamás había podido ver una tumba por den-
tro. La única vez que le había manifestado ese anhelo a su padre, se llevó un
duro regaño:
—¿Estás loco. Los faraones son dioses y sus tumbas son sagradas. Profa-
narlas puede costarte la vida.
La prohibición sólo avivó más su curiosidad y a partir de entonces, bajo el
pretexto de llevarle la comida a su padre, que trabajaba en el valle con un gru-
po de canteros y escultores, se había dedicado a explorar la necrópolis por su
cuenta. De tanto subir y bajar por las pequeñas lomas, había descubierto que
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Enrique Serna
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una de las tumbas más antiguas, la del faraón Tutmosis I, excavada al pie de un
roquedal, en el recodo más apartado del valle, tenía una imperceptible hendidura
en la bóveda, por la que podía caber un muchacho flexible y delgado como él. Era
una tumba con tres siglos de antigüedad, olvidada por los sacerdotes de Tebas, que
sólo llevaban ofrendas a los faraones de la última dinastía. Cuando llegó a ese in-
hóspito confín del cementerio, Nefru escaló el promontorio como una lagartija,
localizó la hendidura de la bóveda y trató de ensancharla usando como mazo una
piedra de buen tamaño. Cuando ya había metido la mitad del cuerpo hasta la cin-
tura, se quedó con las piernas colgando en el aire. No había tomado en cuenta que
esas bóvedas podían tener una altura considerable. O saltaba al vacío, exponién-
dose a una fractura, o volvía a casa con el rabo entre las piernas.
El golpe contra la piedra caliza fue duro, pero pudo amortiguarlo con el mue-
lleo de las rodillas. Sólo se falseó el tobillo derecho, uno de sus puntos más débiles.
El frío le puso la piel de gallina y lamentó haber salido de casa con el pecho desnu-
do. Al encender la lámpara de aceite advirtió que no estaba en la galería principal
de la tumba, sino en el corredor de acceso, una gruta decorada con relieves multi-
colores de escenas de caza, pesca y trabajos agrícolas. Soy el primero en ver estas
hermosas pinturas, pensó con orgullo, sólo por esta hazaña merezco hacerme fa-
moso. Caminó por el estrecho pasadizo, cojeando un poco por la torcedura del
tobillo, hasta llegar a un punto donde el corredor se bifurcaba. Tomó el pasillo de
la izquierda hasta topar con una pared llena de jeroglíficos. Era un falso corredor
para despistar a los intrusos. No le sorprendió hallarlo, pues de tanto escuchar las
charlas de su padre con otros obreros y artesanos de la necrópolis, sabía que por
dentro las tumbas tenían esas trampas. Regresó a la bifurcación tiritando de frío:
ya empezaba a sentir en la garganta un incómodo escozor con flemas. Tomó el
pasillo de la derecha, adornado con pinturas de Osiris, el dios descuartizado y
momificado que juzgaba a los muertos en el cielo inferior, y llegó a otro callejón
sin salida. Ayúdame, Osiris, padre mío, si me pierdo en este laberinto quizá nunca
pueda salir, pensó con espanto. Se imaginó una muerte horrible por inanición, la
angustia de su madre cuando lo buscara por toda la aldea, la gula de los gusanos
devorando sus vísceras. Quién le mandaba ser tan atrevido y tan loco. Pero al re-
cargarse en el muro para tomar aire, descubrió que una de las rocas estaba suelta.
La empujó con todas sus fuerzas, los pies recargados en el muro opuesto para tener
un punto de apoyo, y cuando al fin logró removerla se metió de cabeza por el
boquete. ¡Había dado con la cámara funeraria! Honor a ti, patriarca de las tinie-
blas, me inclino ante tu poder con humildad y fervor.
En la bóveda del techo estaba pintado un cielo azul oscuro con estrellas
doradas, el emblema de la diosa Nut, la señora de la noche, también llamada
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la Vaca del Cielo, que se tendía con el cuerpo arqueado sobre su marido Geb,
el dios de la tierra. Ambos habían procreado a Osiris en el principio de los
tiempos. Como los muertos se unían al sol en su peregrinaje nocturno, debían
quedar cobijados por el firmamento. Contempló el cuerpo estrellado de Nut
con el fervor que sus padres le habían inculcado desde la cuna, y avanzó des-
pacio hasta el centro de la cámara mortuoria. El corazón le dio un vuelco al
encontrar una barca solar chapada en oro, con asientos forrados de seda car-
mesí. Era idéntica a la que navegaba por el Nilo en los días de fiesta, cuando
los sacerdotes de Tebas sacaban en procesión la estatua del dios Amón-Ra. El
muerto la necesitaba para surcar los ríos subterráneos en su viaje a los aposen-
tos del sol. Nefru lo sabía y sin embargo tuvo el atrevimiento de sentarse en
el sitio destinado al faraón. Por un momento sintió el dulce mareo del poder
absoluto, pero temió despertar la ira de los dioses y se levantó de inmediato.
Detrás de la barca solar había un cofre de marfil con incrustaciones de zafiros,
envuelto en un denso velo de telarañas. En sus cuatro costados tenía relieves que
describían las gestas heroicas del faraón en las guerras contra Nubia y Siria.
Levantó la tapa con ansiedad, haciendo chirriar los enmohecidos goznes. Con-
tenía vasos de alabastro, figurillas de campesinos y artesanos tallados en made-
ra (la cuadrilla de siervos que debía trabajar para el difunto en la otra vida), un
matamoscas que podía serle útil en su travesía fluvial, una jarra de cristal corta-
do que alguna vez estuvo llena de vino, un ojo de Horus con incrustaciones de
lapislázuli, numerosas estatuillas del faraón, la efigie de Anubis, el perro negro
que acompañaba a los muertos en su viaje de ultratumba y una montaña de al-
hajas que fue sacando de dos en dos, y de tres en tres, deslumbrado por el fulgor
de las piedras preciosas. Pero apenas tuvo tiempo de engolosinarse con ellas,
porque de pronto reparó en la pieza más importante de la tumba: la capilla de
madera recubierta de oro que encerraba el sarcófago de Tutmosis I.
No pudo descifrar los jeroglíficos inscritos en la superficie exterior, porque
en Egipto sólo sabían leer los nobles, la casta sacerdotal y los escribas de la
corte, pero un reverente pavor le hizo recordar las advertencias de su padre.
Si violaba el sepulcro tal vez quedaría reducido a cenizas, pero la tentación de
ver a la momia de Tutmosis I era demasiado fuerte. Hizo un esfuerzo sobre-
humano para tratar de abrir las pesadas puertas plegables, cerradas con torni-
llos de ébano. Imposible, la gruesa madera de cedro con espigas de bronce y
roble era inexpugnable. Cuando hacía el segundo intento por allanar el sepulcro,
pujando hasta ponerse morado, lo sobresaltó un ruido de pasos que provenían
de la gruta de acceso. Cuidado, quizá era un centinela. Apagó la lámpara de
aceite y corrió a esconderse detrás de la capilla. Enseguida irrumpieron en la
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cámara funeraria tres hombres de fea catadura, con la barba mal rasurada, que
llevaban sacos de cáñamo, trancas y herramientas para excavar. Dos de ellos
eran altos y fornidos, el otro, delgado y pequeño. Hasta el escondite de Nefru
llegó su tufo a cerveza. Si me descubren estoy perdido, pensó, empuñando la
daga con el pulso trémulo. Por fortuna se dirigieron al cofre de marfil, como
si conocieran de antemano la disposición de los tesoros y tuvieran un plan
bien estudiado. Quizá entraron por la puerta principal —dedujo Nefru—,
pues no han advertido el agujero que abrí: deben estar coludidos con algún
centinela. Los hachones que llevaban eran más potentes que su lamparita y la
tumba quedó mejor iluminada. Nefru pudo ver con claridad como echaban en
los sacos todas las joyas y objetos preciosos del cofre. Cuando terminaron de
vaciarlo se dirigieron a la capilla.
—Ábranla —ordenó el ladrón de baja estatura, lampiño y picado de vi-
ruelas, que parecía el cerebro de la banda.
Los dos fortachones forzaron las puertas plegables con una destreza que
denotaba allanamientos previos. Pero adentro había otra capilla, más pequeña
y lujosa, con el techo inclinado. Esta vez, el propio jefe de la banda destrozó
el cerrojo con un mazo. Pero dentro de la segunda capilla había una tercera
más pequeña. Nefru pensó que el truco de las capillas superpuestas se prolon-
garía hasta el infinito. Los fortachones abrieron a patadas la tercera capilla,
impacientes ya por largarse de ahí. En su interior había un sarcófago de cuar-
cita roja con la efigie del faraón.
—Bravo, esto se merece un brindis. A tu salud, majestad —el hampón
cacarizo sacó del saco una jarra de cerveza, brindó con el difunto, y después
de eructar en forma soez le pasó la bebida a los dos compinches.
Envalentonados por el trago, los ladrones abrieron el sarcófago con un
cincel y un mazo. La momia del faraón, asombrosamente bien conservada,
tenía un rictus de dolor en los labios, como si hubiera sufrido atroces tormen-
tos para expiar sus culpas. ¿O había torcido la boca en protesta por ese ultra-
je. Una enmarañada cabellera negra le bajaba hasta la cintura y el cutis
amarillento con textura de pergamino permitía adivinar su fisonomía severa y
autoritaria. En los gruesos vendajes de lino que envolvían su cuerpo llevaba
prendido un escarabajo de rubí, una habichuela de oro, un pectoral con el ojo
de Horus, y otros amuletos que debían protegerlo contra los colmillos de
Apofis, la serpiente que torturaba a los muertos impíos.
—Lamento perturbar tu sueño —dijo el jefe de los ladrones—, pero me
van a pagar una fortuna por ti.
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En son de burla, el rufián acarició con la punta del dedo la barbilla de la
momia. Parecía saborear al máximo la oportunidad de humillar a un hombre que
en vida había sido venerado como una deidad. Nefru tuvo ganas de estornudar.
A duras penas logró controlarse, las sienes palpitantes de angustia. Esos maldi-
tos no se tentarían el corazón para matar al único testigo de su sacrilegio. Pero
aunque se tapó la nariz con los dedos, la comezón nasal volvió con más fuerza.
—¡Achú!
—¿Qué fue eso. —dijo el ladrón más fornido, repentinamente acobardado.
—¡Es él, huyamos! —el jefe cacarizo señaló a la momia del faraón, y los
tres corrieron despavoridos.
Nefru se quedó escondido un buen rato detrás de la capilla, por miedo a
que los ladrones volvieran. Finalmente se atrevió a salir, sorprendido por el
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efecto imprevisto de su estornudo. Sin querer había salvado al faraón de errar
en las tinieblas y caer en las fauces de Apofis. Alarmado por los destrozos de
los profanadores, tapó como pudo el sarcófago de madera, cerró las puertas
de las tres capillas y volvió a guardar en el cofre todos los tesoros que los ru-
fianes habían abandonado en su precipitada fuga. Él era un explorador teme-
rario, no un vil ladrón, y el comportamiento de los saqueadores le había
repugnado.
Volvió a casa poco antes del amanecer, débil y aquejado por una tos seca.
Desde la calle no se podía abrir la reja de bambú. Trepó como una lagartija el
muro de adobe, raspándose las piernas y los brazos con las espinas de la enre-
dadera. Se deslizó por el techo hacia la terraza, procurando no hacer ruido, y
logró meter las piernas por un hueco del emparrado. Momentos después,
cuando su madre entró al cuarto a despertarlo, lo encontró acatarrado y con
fiebre. Le preparó una infusión de hibisco y le ordenó que se metiera todo el
día en la cama. Durmió de un tirón más de siete horas, soñando que salvaba
los doce obstáculos del inframundo para obtener el máximo premio destinado
a los muertos: vivir para siempre convertido en estrella. Lo despertó a media
tarde una charla de sus padres en el cuarto vecino.
—Eché a perder la estatua de la reina —dijo su padre, angustiado—. Sin
querer le partí el dedo gordo del pie y ahora tendré que pagar todo el bloque
de granito. Es enorme y cuesta una fortuna. Pero mi único bien es esta casa.
—No pueden echarnos a la calle por un accidente.
—Claro que pueden, y encima voy a recibir doscientos bastonazos.
—Osiris nos ayudará, voy a implorarle clemencia.
Nefru se sintió culpable por dedicarse a profanar tumbas mientras la fami-
lia pasaba apuros. Para colmo, su gripa empeoraba. Al filo del anochecer sol-
tó un violento estornudo. Pero en vez de arrojar mocos por la nariz le salió
una pequeña turquesa. Alcanzó a ocultar la piedra bajo la manta antes de que
su madre entrara en el cuarto.
—Tápate bien, mi amor —lo reprendió con afecto—, no sé cómo pudiste
resfriarte si aquí hace tanto calor.
Nefru siguió estornudando toda la noche piedras preciosas: rubíes, perlas,
amatistas, cornalinas, hasta reunir debajo de las sábanas un pequeño tesoro.
Con cada estornudo iba desapareciendo la congestión de los bronquios, la
debilidad muscular y el dolor de cabeza. Antes de que sus padres se desperta-
ran dejó el montículo de piedras preciosas en el altar familiar donde su madre
había estado orando. Creerá que Osiris oyó sus ruegos, pensó, pero yo sé a
quién debemos darle las gracias.
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