Las alas de Ana
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Últimamente me ronda la sospecha de que mi amiga Ana no
es de este mundo. Hay algo en ella que la hace especial, dife-
rente. Cuando se enfada, se pone roja, roja como un jitomate,
y si uno está cerca, puede ver cómo le empieza a salir de las
orejas un hilo de humo blanco.
Y a la hora del recreo, cuando todos comemos los refrige-
rios que nos mandan de casa, una fruta, un jugo o un sándwich
de jamón, ella se aparta de todos y se esconde detrás de unos
arbustos.
Así que he decidido espiarla. A ver si descubro por qué Ana
se comporta así. Llegó nueva este ciclo escolar y nos tocó tra-
bajar juntos en la misma mesa de trabajo. Habla poco. Creo
que es muy tímida. Me cae bien, pero no puedo reprimir la
idea de que esconde algo.
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Laura Martínez Belli
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A la salida de clases, la sigo, teniendo cuidado de no ser
visto. Me voy escondiendo entre la gente. Me oculto tras los
puestos de revistas, o detrás de las cabinas telefónicas. Ella
no voltea. Va ajena, pensando en sus cosas. De vez en cuando
se detiene y gira la cabeza, como he visto que hacen los pe-
rros al escuchar un silbato. Yo contengo la respiración y, tras
unos segundos, continúa avanzando.
Por fin, Ana llega a su casa. Es amarilla y tiene una puer-
ta color azul. Toca tres veces. Toc, toc, toc. Luego abren y ella
pasa sin saludar a nadie. Yo me acerco e intento asomarme
por una ventana.
Y entonces, veo algo que me deja perplejo. Atónito. Sin habla.
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Ana avienta la mochila sobre la mesa del come-
dor. Después, se estira. Luego, se jala las orejas. Una
con la mano izquierda y otra con la derecha. Y en-
tonces, de su espalda brotan unas alas enormes,
bonitas, con plumas verdes. Ella se sacude y suspira.
Liberada. Como quien durante mucho tiempo tiene
que encoger los dedos en unos zapatos apretados.
Por primera vez, la veo sonreír. La veo enseñar una
fila de dientes blancos, radiantes, y sus ojos brillan
como miel traslúcida. Me parece feliz. Recorre la
estancia en busca de alguien. Alguien viene. Con mis
ojos sigo la ruta de la mirada de Ana. Y veo que co-
rre a abrazar a otro ser igual que ella.
Pero… ¿qué es, entonces, Ana. ¿Es un ángel.
¿Una niña pájaro. ¿Puede volar.
Tantas preguntas se me arremolinan de gol-
pe, que tropiezo sin darme cuenta con una ma-
ceta de flores que hay en la ventana. La maceta
cae al suelo haciendo un ruido enorme. Y yo, sal-
go corriendo por donde he venido sin esperar a
que me descubran.
Al día siguiente, Ana está sentada junto a mí.
Yo la observo con más curiosidad que nunca.
Sé que no sonríe porque está incómoda. Sus alas
están prisioneras en una cárcel que nadie puede
ver. La miro. Me mira. Siento que sospecha que
he sido yo quien espiaba por la ventana. O qui-
zás, pienso eso porque no puedo con el peso de
mi conciencia. Me muero por decirle que sé que
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tiene alas, pero no me atrevo. No es el momento.
Y decido esperar al recreo.
Como Ana apenas habla, me es difícil encon-
trar un tema de conversación. Además, ell a
—otra vez— se ha ido a esconder tras los arbus-
tos. Pero me animo, me cargo de valor, y voy tras
ella. Me asomo cauteloso, y la veo allí, sentada,
viendo al cielo. Le digo “hola", y ella me mira,
extrañada. Me temo que quiere estar sola. Pero
me da igual y me siento a su lado.
—¿Qué miras. —pregunto.
Ana, sin dejar de ver el cielo, me contesta:
—Las nubes.
Y entonces, suelto una pregunta tonta, absur-
da, de la cual me arrepiento nada más sale de mi
boca. Pero le digo:
—¿Tu vivías allí.
Ana me mira curiosa. Sé que sabe que conoz-
co su secreto. Pero aguanto su fulminante mirada.
No digo nada. No quiero estropear el momento.
Y entonces, sucede algo increíble. Mágico.
Algo que no acabo de entender hasta momentos
más tarde. Ella me sonríe. Me toma de la mano
y me susurra al oído que cierre los ojos. Yo obe-
dezco, sin dudar. Siento una ráfaga de aire fres-
co, como cuando se abre una ventana en un día
caluroso y comprendo, sin ver, que ella ha libe-
rado sus enormes alas.
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—Abre los ojos —vuelve a susurrarme.
Y al hacerlo, la veo tal y como es ella. Libre. Sin ataduras.
Sin secretos. Lista para volar.
Me agarra de las manos y emprende el vuelo. Nadie se
percata de que sobrevolamos sobre sus cabezas, absortos cada
uno en lo suyo. Las maestras corrigiendo niños, chicos jugan-
do futbol, la señora de la tiendita, un joven parando un taxi.
Nadie nos descubre, y yo no puedo creer que la gente no se
tome el tiempo de ver por encima de sus cabezas para vernos
volar por los aires.
Ella no me suelta. Yo siento el viento en mi cara. Volamos.
Volamos alto. El momento dura lo suficiente como para no
querer que acabe nunca. Me lleva a las nubes, que se deshacen
a nuestro paso como los hilos del algodón de azúcar.
Después, me deja en el suelo. Firme. Se acerca lentamente,
como para darme un beso en la mejilla. Pero en lugar de eso
me susurra al oído:
—Gracias
—y retoma el vuelo.
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