Los caballeros bondojitos Compartir con amigos
Los  caballeros  bondojitos 
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Todas las noches, Pedro soñaba lo mismo. Desde que cumplió siete años,
todas, todas las noches. Me lo contó porque yo aparecía en su sueño.
Esto pasaba en el sueño de Pedro:
Pedro le ponía la corona al nuevo rey de la cuadra, Julio.
Julio era el vecino de Pedro, vivía en el departamento 8, era tres
años mayor.
Lo primero que hacía el rey Julio era darle a Pedro la orden de irse
de la cuadra:
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Carmen Boullosa
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—¡Fuera de mi territorio! ¡Te me largas!
—¡Ni modo! —se decía Pedro—. Al rey que yo hice, ahora lo obedezco.
Sobre un pañuelo grande que había sido de su abuelo, Pedro ponía
un tenedor, un cuchillo y dos cucharas, un plato hondo y otro extendido,
su cepillo de dientes, su vaso predilecto (de plástico azul), y un par de
calzones limpios, del mismo color que el vaso. Amarraba las puntas del
pañuelo unas con otras para envolver sus cosas, hacía un bultito. Su
mamá lo abrazaba llorando, su papá se escondía en el baño para que no
le viera los lagrimones, su tía Pelusa le acariciaba la cabeza, diciendo
“¡pobrecito!", su abuelita lo miraba sin parpadear, como si estuviera or-
gullosa, y sus hermanas ponían cara de ni fu ni fa.
Cargaba su bultito, salía del departamento y azotaba la puerta.
En el descanso de la escalera, lo esperaban Pablo, Enrique y Carmen,
sus amigos. Enrique venía con su perro, Valiente.
Todos llevaban un bultito en las manos, Carmen lo había hecho con
un paliacate rojo, Pablo con un trapo de cocina amarillo y percudido, En-
rique con una sábana de bebé, rosita y con flores.
Valiente ladraba y bajaba corriendo la escalera, adelante de todos.
Salían a la calle. Comenzaban a caminar, iba a la cabeza Valiente,
meneando feliz la cola.
El del taller mecánico les preguntaba:
—¿Dónde van.
—¡A donde nos apunte la nariz! —contestaba Pedro.
—¡Donde el rey de la cuadra no sea un gandaya! —decía Carmen.
—¿Por qué se van. —les preguntaba el mecánico.
Le contaban la razón del rey Julio. El hijo del mecánico, el Brincos,
se iba con ellos, también cargando un bultito. Cuando pasaban frente a
la tienda, Doña Tecla la tendera preguntaba también, y la Trenzas, su
hija, se les unía, llevando un bulto algo más grande que los demás, en-
vueltos en un mantel de cuadritos verde y blanco.
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Caminaban una cuadra que les pareció muy larga. Valiente jadeaba,
traía el hocico abierto, tenía sed. Enrique le ponía la correa, tiraba de él,
casi lo llevaba a rastras. La Trenzas abría su bulto, sacaba una botella de
agua. Pedro desanudaba su bultito, sacaba el plato hondo, lo ponía en el
piso. Le daban de beber a Valiente, se bebía el agua a lengüetazos rápidos.
Pedro y la Trenzas volvían a hacer su atadito con el pañuelo.
Seguían caminando, pero, apenas pasar la siguiente esquina, les daba
hambre y se paraban. Ponían en la banqueta sus pañuelos, sábanas y
mantelitos, los abrían, buscaban entre sus triques, pero nadie traía nada
de comer, ni siquiera la Trenzas. Unas señoras se les acercaban, y les
compraban vasos, cepillos de dientes, cucharas, peines y calzones; una de
ellas les pagó con un billete, las demás con monedas.
Un señor de camisa de rayas color naranja les compraba todos los
cuchillos, les pagaba con dos billetes. Una joven venía y le daba a Valien-
te cueritos de pollo en el plato hondo de Pedro. Después, se llevaba el
plato, dijo que “a lavar", pero ya no volvió.
Con los triques que les quedaban, Pedro, Pablo, Enrique, Carmen, la
Trenzas y el Brincos se adornaban. Carmen doblaba los tenedores, se los
acomodaban en los cinturones y los zapatos, se ponían los platos sobre
las camisas, deteniéndoselos con sus pantalones, y se amarraban sus
trapos en las cabezas o en los hombros, como capas o sombreros.
—¡Somos los caballeros bondojitos! —se ponían a gritar, nomás porque
les gustaban esas palabras.
Enfilaban de vuelta hacia su cuadra. En el camino, se les unían
otros amigos, y también los hermanos Carrión, que nunca se habían
llevado con ellos (eran también mayores, como el rey Julio, unos creídos
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que siempre los habían ninguneado). Los Carrión se les pegaban por
convenencieros.
Pocos pasos después, los Carrión comenzaban a decir palabrotas ho-
rribles a Carmen y las otras niñas. Pedro los expulsaba del grupo. Se
negaban a irse. Los caballeros bondojitos los amenazaban, agitaban sus
trapos, pegaban con sus puños en los platos y les gritaban “¡Largo de
aquí!", hasta que se fueron. Se creerían condes y elegantes, serían lo ricos
que quisieran, pero los Carrión eran gente de quinta.
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Seguían su camino, y bien contentos.
Llegaban a su cuadra y se enfilaban directo a la heladería.
El rey Julio se les acercaba, exigiendo le dispararan un helado.
—Pero cómo no —decía Pedro—. Usted es el rey de la cuadra.
Todos se quedaban boquiabiertos con la respuesta de Pedro. Carmen
se ponía furiosa, se daba la media vuelta y se iba.
Pedían sus helados, se los comían, y cada cual para su casa. La mamá
de Pedro, su papá, su tía Pelusa y hasta sus hermanas se ponían felices.
Nadie le reclamaba que hubiera desacompletado la vajilla y los juegos de
cubiertos, ni le pedían que se desamarrara el pañuelo de la cabeza.
Cuando Pedro se despertaba, le enojaba haber comprado un helado
al rey Julio. Por eso me lo contó. Yo era la única que se había portado como
se debe.
Todas las noches Pedro soñaba lo mismo.
En la prepa, leyó un libro escrito hace novecientos años, en tiempos
de su tataratataratataratatarabuelo, El cantar del mío Cid. Pedro se dio
cuenta de que el libro contaba lo de su sueño. Había un rey y los que él
expulsara; en vez de cuchillos, espadas; ganaban dinero y además batallas.
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La verdad, Pedro sintió muy raro. Desde ese día, quiso leer más libros, le
dieron curiosidad.
Cuando me lo contó, yo en cambio pensé que esto no tenía ni un pelo
de raro, porque así son los libros. Son como espejos, pero no como los de los
baños, que sólo reflejan lo que está inmediato; cuentan lo que ya pasó,
lo que alguien sueña, y lo que será. Lo raro para mí es que, aunque sea yo la
Carmen del sueño de Pedro, nunca lo he soñado. En el sueño de Pedro fui
una de los caballeros bondojitos, y yo… ¡ni cuenta!
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