Los sapos son pájaros que cantan
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Los sapos son pájaros que cantan
Beatriz Espejo
Para Antonio Espejo Aguirre,
que supo amar y ser amado
Un poderoso señor tuvo un solo hijo porque la diosa de la fertilidad lo distin-
guió únicamente en la calidad de su fruto. Los supremos sacerdotes dijeron que
era casi perfecto y le profetizaron buena fortuna. Lo llamaron Xcambó, o sea
cocodrilo celeste, para que al reinar tomara decisiones moviéndose con la caute-
la de cuatro patas pegadas al suelo; sin embargo, auguraron también un tempe-
ramento demasiado amoroso en desacuerdo con ese nombre de conchas verdes
que brillaban bajo el agua. Entre huesos de animales sacrificados y restos de
yerbas quemadas levantando humo hacia los aires, aquellos sabios controladores
del futuro vieron una irremediable tendencia a la pasión. El príncipe flaquearía
si alguna vez el amor le extendiera los brazos en señal de bienvenida. Pusieron
cara de profundo enojo, arrugaron más las arrugas de su frente, intercambiaron
opiniones y tras discutirlo aconsejaron tomar medidas protectoras.
El rey oyó atento, estoico y enigmático, cualidades con las cuales goberna-
ba. Miró hacia lo alto y acariciando su collar de jades y turquesas no se entre-
tuvo en tomar decisiones. Apenas el niño dejara el pecho de su madre, iría a
un retiro custodiado por hombres donde se prohibiría que le hablaran de esos
sentimientos dulces y locos que los seres humanos tienen al enamorarse.
Construyó un palacio alejado de la ciudad y un laberinto lleno de trampas,
esquinas y pasadizos ciegos para que Xcambó supiera que la inteligencia rinde
frutos apoyada por el empeño de vencer los obstáculos que enfrentamos dia-
riamente. Allí, fue educado bajo la tutela de un maestro. Juntos observaban el
movimiento de los astros; la enorme rueda de las estaciones marcando solsti-
cios de verano e invierno cuando el sol se halla en uno de sus dos trópicos;
equinoccios de primavera en que los días son iguales a las noches en todas
partes; las épocas de florecimiento y cosecha.
El maestro cumplía órdenes. Se encargaba de que el príncipe ignorara ca-
ricias y besos y, como era bondadoso, lo alejaba también de la crueldad y las
ofensas. Xcambó creció desinteresado en apariencia de conquistas militares y
humanas. Dispuesto a contemplar las constelaciones, la luz parpadeante de las
luciérnagas; a divertirse con el vestido verde de los loros orgullosos de su
perfil curvo y sus párpados arrugados; a escuchar la música de los insectos, el
suave tranco de los felinos, el zigzagueante desliz de los reptiles, el chillido de
los grillos. Hasta que fue un adolescente. Entonces sus ojos parecían quejarse
de la suerte, no porque sintieran nostalgia de su niñez solitaria sino porque
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añoraban el porvenir. Las matemáticas que su maestro se esforzaba en ense-
ñarle le servían para contar las horas de su encierro resbalándose hacia el mo-
mento de su liberación, en que de acuerdo con su rango participaría de las
imposiciones y delicias cortesanas, portaría los trajes apropiados para inte-
grarse como otros jóvenes a los juegos de pelota y aprendería las tácticas ne-
cesarias para ser gobernante.
Aunque su horizonte se recortaba en matorrales y arbustos, su prisión le
dejaba ver el Castillo de Kukulcán parado sobre sus pies de piedra entre los de-
más edificios, cambiando de color bajo la luna como un macho en medio del
escenario dispuesto a que admiraran su hermosura. Desde otro ángulo, Xcam-
bó identificaba la cabeza redonda del observatorio astronómico, donde le
hubiera gustado mejorar sus estudios, y muchas casas llenas de personas en-
tretenidas en tareas cotidianas; pero mientras más pasaban los años más se
aburría vagando por su laberinto. Quería que los mercaderes le revelaran
aventuras en países remotos. Algo le decía que atrás de la selva lo esperaba la
sorpresa. Y por esos impulsos suyos apenas reprimidos, que los adivinos juz-
gaban tan malos, se aseguraba que en algún sendero iba a sucederle un encuen-
tro maravilloso; sin embargo esa felicidad estaba tan lejana que su corazón
palpitaba despacio, el desgano se apoderaba de su cuerpo y las ojeras empeza-
ron a extenderse por sus mejillas.
El maestro, que como todos los sabios sabía bien poco, no aliviaba su tristeza.
Le hacía promesas que no podía cumplir y escapaban por las puertas
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o le enseñaba poemas con palabras leves y profundas que se aposentaban en el
alma del muchacho. Repetía que el secreto es permanecer activo, plantar maíz,
chiles y frijoles, cultivar henequén, labrar surcos para darse a conocer; pero eso
eran normas adecuadas a los habitantes de las casas con techos de palma. La suer-
te del príncipe sería principesca y consistiría en conducir un pueblo. El maestro le
enseñaba entonces las estrategias que la historia testimoniaba en códices pintados
por los antiguos, leyes que los legales practican, la bondad de quienes dejan recuer-
dos felices, los secretos de las plantas al desenvolver su corola sin que nadie lo note
y de los sapos, pájaros que cantan cubiertos de verrugas, llamando a las hembras
con su sonsonete espaciado y terco.
Xcambó, a pesar de la paciencia que practicaba por disciplina, se ahogaba de
impaciencia. A su tristeza sucedía la desesperación. Su alegría se volvía mal humor
como si lo angustiaran dolores creciéndole por dentro. Del decaimiento
entraba a las ansias de correr a zancadas para tropezarse con su destino. El maestro
aceptaba que sus lecciones no guiaban lo suficiente a un discípulo tan inquieto. Le
regaló un perico cresta amarilla que contaba leyendas e historias. Les añadía ese algo
inefable que la literatura rescata para que el mundo sea más bello y la gente sienta
como si se bañara en un cenote de agua clara. Al príncipe le gustaron y le sirvieron
para meditar. Y entre el perico y el maestro lo adiestraron además en el lenguaje de
las aves, que habían aprendido de sus propios maestros, y que entendería cualquier
niño, cualquier campesino entregado al cultivo de mameyes o zapotes, cualquiera
abuela dispuesta a permanecer escuchando el susurro de las cosas.
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Después de unos meses, el príncipe comprendió la conversación de las le-
chuzas, unas señoras muertas de sueño y cargadas de vanidad que dominaban
los enigmas del más allá hablando de ciencias ocultas hasta para los curanderos
y se metían en problemas de alta metafísica. Se comunicó con el murciélago
que tal vez por sus largos encierros en las grutas no mostraba simpatía hacia
los extraños ni se interesaba en nada fuera de sus recorridos oscuros. Disfrutó
los trajines del chupamirto moviendo sus alas con rapidez y brillos metálicos
por el jardín del trópico, admiró sus cabriolas y giros airosos. Interpretó a la
golondrina que se acomodaba en las paredes, se mudaba pronto y jamás esta-
blecía amistades duraderas. Descifró a los cuervos parados sobre las enramadas
con su cola y su nariz afilados como cuchillos de obsidiana. Y escoltó con la
mirada el rumbo de los tucanes, llamados pam, formando bandas de doce que
dejaban al volar manchas amarillas, naranjas y rojas y sueños enrollados como
bolitas. Y de todas esas aves Xcambó tuvo enseñanzas importantes.
Se fueron los calores que blanqueaban las fachadas de los templos y saca-
ban humo de la tierra. Se fueron con sus atardeceres tibios parecidos a un re-
galo. Llegó la bendición de las lluvias. Los aguaceros reverdecían el campo.
Llegaron el otoño y el invierno con un ligero frescor. La rueda del tiempo
trajo consigo nuevamente la primavera en que las avecillas se emparejaban y
buscaban rincones para formar nidos. Los gorriones gorjeaban en lo alto de
los tamarindos. Aquellos nidos y emparejamientos se acompañaron por cla-
mores del polen fecundando plantas y los zumbidos de las abejas alrededor de
sus panales. Y el amor cantó en el viento. Anduvo recorriendo chozas, cáma-
ras de palacios, escaleras de adoratorios. Se enroscó en el tronco de un caobo.
Ese Kuché medía veinte metros y al contacto del amor se tiñó de rosa y lo
mismo le sucedió a un mango que tocaba el firmamento con los brazos. Sus
hojas le hacían señas relampagueantes al príncipe que participaba del conten-
to. Las palomas se enamoraban. Reptaban las orquídeas por las ramas y el
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amor seguía bailando entre trinos que aumentaban durante los atardeceres
cuando los pájaros formaban ruidosas parvadas arriba de las ceibas. Y el prín-
cipe apreció el ritmo imparable de la vida. Escuchó decir amor a una voz que
no había oído antes. Convencido de que las matemáticas y los cálculos astro-
nómicos no le servían para enamorarse, quiso que su maestro le explicara
aquel milagro, que le descubriera el escondite de su pareja. El maestro asusta-
do le dijo que lo ignoraba, que esperara los designios de su padre, pues el
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amor que trae tanta alegría también causa desventuras; además, los príncipes
se casaban por alianzas pactadas entre gobernantes para servir a sus reinos.
Pero ninguna de estas razones apaciguaron a Xcambó. Sentía el amor en torno
suyo y deseaba participar en su banquete.
La mañana se acurrucaba bostezando en el cielo que de oscuro se teñía de
azul pálido aún sin esas nubes que lo llenan de figuras. El príncipe había dor-
mido mal. Puso sobre su hombro al perico que no paraba de hablar, entró en
el laberinto y se dolió de su juventud sin compañía; aunque esa misma juven-
tud le daba fuerzas y rompía la sumisión a la que lo habían condenado los
falsos consejeros, le prestaba impulsos para enfrentarlos. Sabía de memoria las
trampas y enredos del laberinto, salió aprisa y caminó procurando no ser des-
cubierto. Le preocupaba su maestro; sin embargo se propuso volver pronto
para pasar inadvertido. Nadie se dio cuenta de su fuga. Nunca lo habían visto
y no sospechaban que tuviera la valentía de abandonar su cautiverio.
Como aún era muy temprano encontró, acomodada en un tronco hueco,
a una lechuza enemiga de la luminosidad y del ajetreo de los demás animales.
Mal humorada, dejó que el príncipe le preguntara si sabía la manera de hallar
a la princesa que de seguro lo esperaba con los mismos deseos que él sentía.
¿Piensas tú, le repuso, que le resuelvo problemas a enamorados de mujeres
que ni siquiera han visto. Soy una intelectual y mis pensamientos trepan muy
alto. Mejor pregúntale a un cuervo amigo mío. Después de vivir años dando
tropezones se ha vuelto hechicero, hasta los coyotes lo consultan cuando tie-
nen problemas. Lo verás cerca de aquí. Luego a la lechuza se le erizaron las
plumas, entornó sus linternas amarillas y dio por terminado el diálogo.
El príncipe no tuvo más remedio que andar hacia el poniente hasta topar-
se con un cuervo andrajoso y encanecido. Se había quedado tuerto y se soste-
nía en una pata. Fijaba envidioso su ojo sano en un pájaro azul, con dos
manchas púrpuras sobre el pecho, empeñado en comer mosquitos. El príncipe
se acercó con el temor que inspiraban los poderes sobrenaturales del anciano,
incluso su perico mostró una reverencia desacostumbrada. Y no lograron abrir
la boca. El adivino adivinaba sus pensamientos. Ya sé que buscan a la hermo-
sa que se unirá contigo aunque estés recién salido del cascarón. No debiste
desafiar a tu padre porque de cualquier modo él previó ya un matrimonio
conveniente. Y lo que ha de ser, será, dijo agorero.
A Xcambó le pareció aquel cascarrabias demasiado conservador. Inconforme
con la respuesta, se adentró en una vereda abierta en la vegetación por el miste-
rio. Anduvo sin parar hasta que las piernas le dolieron y la tarde ensombreció su
caminata. El perico se había callado montado en el hombro volteando a derecha
e izquierda para prevenirlo de algún desastre. Muy cansados, acabaron sentán-
dose bajo la copa de un árbol que sangra. Cansados, se durmieron pronto; pero
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despertaron como si estuvieran en medio de algún temblor. El príncipe sintió un
golpe duro en la cabeza, el perico revoloteó enojadísimo, perdió algunas plumas
y olvidando la frialdad aristocrática que imitaba por haber estado en palacios
escupía maldiciones y le pedía al príncipe regresar. El amor le daba risa porque
jamás lo había sufrido y juzgaba aquella peregrinación como los caprichos de un
niño bobo.
Pero al instante quedaron sorprendidos. Descubrieron que del árbol aca-
baba de desprenderse un regalo. Una uol, hecha con la sangre blanca del hule
rodó a poca distancia. La bola refulgía diciendo que el príncipe estaba listo
para adiestrarse en el juego de pelota. Y Xcambó la recibió dichoso y la sos-
tuvo entre sus manos.
La noche con su abundancia de luceros era un espectáculo precioso y la
selva comenzaba su concierto de rugidos. Los viajeros inexpertos se creyeron
rodeados por una manada de jaguares; pero los jaguares no son tan roncos. Se
acercaba una tropa de monos saraguatos avanzando en fila apoyándose en sus
manos, saltando sobre los follajes auxiliados por su larga cola que los pequeñi-
tos emplean para agarrarse de sus madres. Xcambó y su compañero los dejaron
ir. Vieron estrellas fugaces cayendo al abismo y, como no sabían qué hacer sin
un guía, no abandonaron su refugio hasta que el alba filtró entre las ramas es-
pejos que cambiaban de lugar y dos iguanas contemplaban quitadas de la pena
inflando las bolsas de su cuello.
Cruzó un conejo, cruzó un faisán, un venado les indicó moviendo su cor-
namenta que lo siguieran. El príncipe apretó su bola y continuaron el reco-
rrido hacia el asombro. La vainilla exhalaba aromas, los bejucos acompasados
les abrían paso, los chicozapotes y las guanábanas se ofrecieron como alimen-
tos. Los saludaron una hilera de flores silvestres con sus pistilos parados de
puntitas y sus pétalos puntiagudos. Los cacaos dejaron sus granos como señal
de que iban en dirección correcta. Los sapos entonaban su canción y las ranas
saltaban convertidas en pulidas esmeraldas. Ya no tuvieron dudas. El perico
se adjudicó todos los méritos y creyó que ganaría un lugar en el paraíso arre-
glando casamientos. Y al terminar la vereda, como si hubieran dado con el
final del arcoiris deshilachando sus cintas de colores, como si hubieran halla-
do un tributo de joyas preciosas, encontraron a una princesa que le extendía
los brazos a Xcambó. Había huido del palacio y del laberinto donde la reclu-
yeron, porque al nacer los supremos sacerdotes pronosticaron que su tempe-
ramento amoroso no correspondía a su destino real.
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