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De color azul y plata, rodada 26, era la más linda bicicleta que uno pudiera
soñar, aunque fuera usada y en el taller de bicis la vendieran en mil pesos.
¡Quién pudiera tener esa cantidad para llevarse la preciosura que colgaba como
trofeo a la mitad del taller! Pero nunca en la vida había tenido mil pesos…
Bueno, estuve a un pelito de tenerlos.
Mi mamá me había mandado a cobrar un cheque al banco que estaba cerca
de la Lotería Nacional, donde ella trabajaba.
—Pon mucha atención y cuenta bien el dinero —me dijo, a pesar de que
no era la primera vez que me mandaba a cobrar los 800 pesos de su quincena;
pero ya saben, cuando tienes 12 años, los papás te lo explican todo dos veces,
como si no entendieras.
El cajero me entregó ocho billetes de cien; yo los conté dos veces antes de
guardarlos en mi pantalón, y caminé de regreso a la Lotería. Al salir, una seño-
ra de aspecto humilde y poco más de 50 años se acercó para preguntarme por
una calle, y yo, que conocía el rumbo, le respondí sin dudar que esa era la calle.
—Es que no sé leer, y ando buscando una dirección —me dijo con voz
débil, mientras sacaba un papel doblado de su bolsa descosida. Lo puso fren-
te a mí para que yo leyera un nombre y una dirección.
Entonces me explicó que tenía que cobrar un premio de la lotería, pero
como no sabía leer le habían dado el nombre de un licenciado que la ayuda-
ría con el trámite. Junto al papel había un cachito de lotería con terminación
en 7. Yo volteé para mirar los números de las casas y descubrí que cerca de
allí estaba el edificio que ella buscaba, así que la acompañé a la puerta.
Antes de tocar el timbre del despacho, salió del edificio un hombre de
traje que ya peinaba canas.
—¿Señora Emilia.
La señora volteó hacia él mientras afirmaba con la cabeza.
—¿Licenciado.
El hombre dijo que llevaba horas esperando y pidió disculpas por no ha-
cerla pasar pues ya se estaba yendo.
—Pero si trae el cachito de lotería podemos ir a cobrarlo ahora mismo.
La señora Emilia le mostró el cachito, el licenciado lo revisó detenidamen-
te y sacó un papel periódico doblado que tenía los resultados de la lotería. Es
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Luis Mario Moncada
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verdad que el periódico se veía vie-
jo, pero nadie reparó en el asunto.
Lo que los tres buscábamos con
ansiedad era el número del cachito
con terminación en 7 que, según descubrí en ese
momento, no había ganado cualquier premio, sino
el premio mayor de la lotería:
—¡150 mil pesos por cachito! ¡Premio mayor!, ¡pre-
mio mayor!
El licenciado me dijo que había sido muy amable en acompañar a
la señora, y sugirió que, en agradecimiento, fuera con ellos a cobrar el
cachito. Tal vez la señora aceptaría darme una retribución, algo simbóli-
co: mil pesos o algo así. ¡Después de todo ella iba a cobrar 150 veces esa can-
tidad!
Mientras la señora asentía yo ya no vi nada; lo que veía era una hermosa
bicicleta azul y plata de rodada 26. Me vi pedaleando en el parque. Me vi feliz,
rebasando la velocidad del sonido…
La imagen se borró cuando, inesperadamente, la señora comenzó a retor-
cerse de dolor. El licenciado preguntó qué le pasaba y ella se aguantó otro
retortijón antes de afirmar que eran los dolores de la diabetes.
—¿Está enferma. —preguntó el licenciado con preocupación, y ella res-
pondió que si no iba al Seguro para aplicarse una inyección el dolor aumenta-
ría cada vez más.
—¿Qué hacemos. —me preguntó el licenciado, pero yo no supe qué res-
ponder ante la inesperada situación.
Para colmo, la señora decía entre retortijones que no podía llevar el cachi-
to porque en el Seguro le iban a pedir que se quitara la ropa, y ella tenía miedo
que se lo fueran a robar.
Entonces, el licenciado me miró de arriba abajo como evaluando si era
persona de fiar, y me preguntó si podía ayudarlos.
—Sssí —vacilé en responder, porque no entendí lo que pretendía.
El licenciado miró a ambos lados de la calle antes de exponer el plan:
—Yo voy a acompañar a la señora al Seguro y tú nos vas a esperar en la
escalinata de la lotería. ¡Tú vas a guardar el cachito! Nadie va a imaginar que
un niño lleva el premio mayor en su bolsillo, ¿verdad. —y volteó como espe-
rando la aprobación de la señora—. ¿Pero de verdad podemos confiar en ti.,
—me preguntó, como sospechando que la codicia se despertaba en mi interior.
—Por mí no hay problema —respondí con la mayor convicción que pude.
El licenciado le hizo un gesto a la señora, como interrogando si ella confiaba
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en mí, y como ella no decía nada, él se puso de mi lado diciendo que yo pare-
cía un niño muy decente.
—La gente decente no necesita robar porque no le hace falta dinero —dijo,
mirándome comprensivamente, mientras metía la mano a su bolsillo y sacaba
un fajo de billetes—. Yo tengo dinero —y agitó el fajo— soy una persona
decente. Y tú, ¿eres tú una persona decente.
Ambos me miraron fijamente y yo no supe qué hacer, hasta que metí la
mano en el pantalón y mostré los 800 pesos de mi mamá.
El licenciado sonrió confiado en que todo saldría bien. Y para no dejar
dudas propuso que envolviéramos el cachito en un pañuelo, así nadie sospe-
charía nada. Yo no entendí muy bien cuál era el sentido; no pensaba enseñár-
selo a nadie. Sin embargo, estuve de acuerdo. Después de todo no podía
desperdiciar la oportunidad que tenía de comprar la bicicleta soñada.
Era un pañuelo de rayas verdes que el licenciado extendió sobre la palma
de su mano, poniendo allí el cachito. Entonces nos miró fijamente y propuso
algo que sellaría definitivamente nuestra complicidad.
—Vamos a guardar nuestro dinero junto con el cachito —dijo—, así lo vas
a cuidar con más empeño.
Sin pensarlo dos veces, el licenciado puso su fajo de billetes sobre el pa-
ñuelo, esperando que yo hiciera lo mismo. Yo seguía sin entender muy bien
el objetivo, pero para que no desconfiaran volví a sacar mis ocho billetes de
cien y los puse en el pañuelo de rayas verdes. Entonces, el licenciado hizo un
rápido nudo y, antes de entregármelo, me advirtió por última vez:
—Guárdatelo muy bien; guárdatelo así…
Y mientras lo decía metió su mano adentro del saco, como
indicándome la forma en que debía guardarlo. Acto seguido
metió el pañuelo en mi pantalón sin que yo lo tocara y me
hizo poner las dos manos encima, con la promesa de que no
las despegaría de allí.
Yo asentí, obediente, y me fui caminando hacia la
Lotería Nacional, mientras ellos se alejaban en sentido
contrario. Cuando los perdí de vista eché a correr para
llegar más rápido. Mi corazón latía con una fuerza que
nunca antes había sentido.
Al llegar a la escalinata de la Lotería dudé sobre lo que
tenía que hacer: “¿los espero o no.".
Fueron unos instantes de mirar al angelito y al
diablito que se paran en tu hombro para aconsejarte.
“No", pensé resuelto, “lo voy a cobrar yo".
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Y me enfilé resuelto a las cajas de la Lotería. Escogí una que estaba vacía y
puse sobre el mostrador el pañuelo de rayas verdes.
—¿Qué. —me preguntó la cajera, esbozando una sonrisa enigmática.
—Vengo a cobrar un cachito —dije lo más serio que pude.
—El premio mayor, ¿no.
Y al decirlo, la cajera de al lado soltó una risa medio descarada. Mi cajera
tomó el pañuelo, que en ese momento —me extrañó—, tenía demasiados nu-
dos. “¿A qué hora se los hizo.", me preguntaba mientras las uñas largas de la
cajera deshacían los nudos uno tras otro.
Fueron largos segundos de no entender nada. Cuando terminó con el úl-
timo nudo yo había perdido el aplomo, pero aún tenía esperanzas de ver allí
mi gran tesoro…
Adentro del pañuelo no había más que papelitos blancos, papelitos blancos
y nada más que papelitos blancos.
Los estafadores habían hecho un trabajo perfecto.
$$$
Al menos no hubo ninguna burla ni regaño cuando subí al piso 15 de la
Lotería a decirle a mi mamá que me habían robado toda la quincena. Sólo
hubo un silencio enorme en toda la oficina. Y un hoyo en la boca del estóma-
go que me acompañó todo el camino de regreso a casa. Cuando pasé frente al
taller no quise ni voltear a ver la bicicleta de mis sueños y me seguí de largo
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hasta llegar a la casa y meterme a la cama, donde me pasé todo el día recons-
truyendo la escena.
¿Cómo habían podido engañarme. ¿A qué hora lo hicieron. Si vuelven los
pasos y desmenuzan el relato descubrirán dónde y cómo estuvo el engaño:
comprenderán, por ejemplo, que el periódico tenía el mismo número que el
cachito, pero no la misma fecha; por eso se veía tan viejo.
Confirmarán que nunca tocamos un timbre en el edificio y que no existía
el despacho del licenciado porque, en realidad, él sólo fingió que salía de su
oficina.
Se darán cuenta también que resultaba absurda la idea de darme a guardar
el cachito a mí: si a la que iban a inyectar era a la señora, ¿por qué no podía el
licenciado guardar el cachito.
Lo que habían hecho era alimentar mi codicia.
Y, por último, descubrirán que al momento de enseñarme cómo debía
guardar el pañuelo, allí fue donde el licenciado intercambió los pañuelos: me-
tió su mano al saco y guardó el pañuelo del dinero mientras hábilmente saca-
ba un segundo pañuelo idéntico, pero lleno de papelitos blancos.
¿Por qué yo nunca quise darme cuenta. ¿Tal vez porque lograron sem-
brarme la ambición. ¿Tal vez porque era un ingenuo. ¿O porque eran ellos
unos estafadores profesionales. ¿O las tres al mismo tiempo.
Lo cierto es que esa quincena no la olvidaré jamás. Después de esa estafa,
pasaron diez años para que yo comprara una bicicleta, que encantado pagué
con mi primer salario. Pero lo más cierto de todo es que, desde entonces, nun-
ca juego a la lotería.
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