Lucía y Dientes de Perla
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Todas las noches, Lucía se metía muy contenta en su cama,
su mamá le daba un beso y cerraba la cortina. Ya con la luz
apagada podía ver en su cuarto el reflejo de la luna, blanca y
redonda que le hacía compañía.
Pero una noche, su mamá se olvidó de cerrar la cortina y
Lucía se asustó mucho: la luna ya no estaba completa ni era
redonda como un plato. Todos estaban dormidos. Fue al cuar-
to de su hermano Andrés y le dijo que la luna estaba rota.
—No, Lucía, no está rota —le dijo el hermano señalándola—,
es que se la están comiendo.
—¿Quién puede comerse a la luna.
—El monstruo Dientes de Perla —le dijo su hermano que
era muy sabio—, y lo mismo hace con tus dientes si no te los
lavas, hasta que se te caen a pedazos, como la luna.
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Pedro Ángel Palou García
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Lucía se regresó a dormir muy triste, pensando qué iba a
pasar si a Dientes de Perla le daba más hambre y las noches
se quedaran sin luna.
Y así ocurrió. La noche siguiente, la luna estaba más chi-
quita, el malvado monstruo le había dado una mordidota.
Y la noche siguiente, peor: más pequeña aún, como el pe-
dazo de su uña cuando su mamá se las corta. Una luna que
más bien parece un arco. Lucía estaba francamente asustada
y se empezó a lavar los dientes todos los días, tres veces.
Volvió a despertar a Andrés:
—Te das cuenta que ya casi no hay luna. Ese Dientes de
Perla está muy hambriento.
—Es la única manera de que sus dientes brillen, comer un
poco de luna todas las noches, sobre todo si las niñas se lavan
los dientes y no tiene cómo alimentarse. Ahora vete a dormir.
Mañana saldrá el sol y te habrás olvidado de la luna.
Pero no fue así. La siguiente noche hubo muchas nubes y
niebla, y apenas se podían ver las estrellas. Pero eso no era lo
peor. Lucía se puso a llorar de tristeza: la luna había desapa-
recido por completo. El cielo era oscuro y le dio tanto miedo
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que no quiso levantarse para ir al cuarto de Andrés. Esa noche
se imaginó a Dientes de Perla comiéndose todas las cosas blan-
cas: el inodoro, los platos, el coche de su papá.
Y efectivamente: se levantó tarde, su mamá le dio de desa-
yunar y se le olvidó el tema de la luna hasta que se hizo de
noche. Cuando su mamá le daba un beso y se disponía a cerrar
la cortina, Lucía le dijo:
—Te has dado cuenta, mamá, que ya no hay luna. Se la co-
mió Dientes de Perla. Poco a poco, como a una blanca galleta,
hasta que no quedó nada de luna ni nada de luz en las noches.
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Su mamá, que era más sabia aun que su hermano Andrés,
le explicó que no existía ningún monstruo Dientes de Perla,
que la luna se hacía chiquita y luego grandota, o menguante
y creciente, y que cada veintiocho días se volvía redonda y
blanca como un plato y a eso se le llamaba luna llena.
Poco a poco, las siguientes noches Lucía fue viendo cómo
la luna reaparecía en el cielo de sus noches. Y su mamá tuvo
razón: pocos días después se hizo llena, blanca, grande y her-
mosa, y Lucía fue muy feliz.
Entonces su hermano Andrés le contó otro cuento:
—¿Sabes que en la luna vive un conejo.
—¿Cómo crees.
Entonces Andrés, que seguía siendo sabio a pesar de ha-
berse equivocado con Dientes de Perla abrió su cortina y le
enseñó al conejo dibujado en la luna. Y tiene los dientes muy
grandes y muy limpios, como los tuyos.
—¡Guau!, es cierto —le dijo Lucía y se quedó viendo sus
orejotas dibujadas en el plato. Pero esa es otra historia que
algún día te contaré.
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