Noé y el diluvio Compartir con amigos
Noé  el  diluvio 
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Todo comenzó hace tres semanas cuando la maestra de quinto se detuvo
ante el pupitre de Noé para decirle que sólo un milagro lo salvaría de
reprobar el examen.
—No has entregado las tareas, eres el peor alumno en matemáticas,
geografía, ciencias naturales…—y ya no siguió porque en ese instante
sonó el timbre de la dirección, dando por terminadas las clases.
“No me queda de otra que estudiar", pensaba Noé en el camino por
la calle de casas coloridas, pero al llegar a su casa vio al abuelo en la
mecedora de la entrada y otra vez se le olvidó lo que tenía que hacer.
El abuelo se pasaba en su mecedora contándole a Noé historias
que nadie sabía si eran ciertas. Como aquella en la que según él había
sacado una troca del barranco con unas poleas, aunque después no le
creyeron porque nadie encontró las famosas poleas. Noé siempre le
creía porque le encantaban esas historias increíbles. Pero esa tarde el
abuelo estaba serio.
—Va a estar peor la lluvia —dijo. Y ambos miraron las negras nubes
que cubrían el horizonte.
Desde hacía varios días llovía intensamente en todo el estado. Tanto
que las autoridades habían prendido el megáfono para advertir a la po-
blación que tomara medidas ante el pronóstico climatológico.
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Luis Mario Moncada
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Noé le confesó a su abuelo cuánto deseaba que la lluvia provocara la
suspensión de clases.
—No sería la primera vez —se justificaba, y era cierto; cada año
había por lo menos una tormenta tropical o un norte que interrumpía las
actividades en la ciudad.
El abuelo sabía que en esa región selvática la lluvia era pan de todos
los días, y aun así le contó a Noé que una vez —hacía muchos años—,
cuando el tiempo de secas se prolongó más de la cuenta, los viejos pobla-
dores del Papaloapan se habían puesto a bailar con unas enormes sonajas
que llamaban Palos de lluvia, y en cosa de minutos comenzó a caer un
diluvio universal.
Éste no era el caso, por supuesto, pero Noé estaba realmente necesi-
tado de un milagro así que, antes de ir por las tortillas, fue a la cuna de
su hermanita a tomarle prestada una de sus sonajas. Y se fue todo el
camino a la tortillería agitando la sonaja y lanzando clamores a las nubes
cada vez más amenazantes.
Apenas entraron a comer, la lluvia comenzó a caer suavemente y no
paró durante cinco días. Para las ocho de la noche el agua ya se metía por
debajo de la puerta y dos horas después ya se había ido la luz en toda la
colonia.
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A pesar de todo, Noé pensaba que los inconvenientes eran mínimos
comparados con el maravilloso efecto de su invocación, que sin duda man-
tendría la escuela cerrada.
Pero a la medianoche el papá de Noé consideró que no podían esperar
más y levantó a todos para salvar cuanto se pudiera. Guardaron todo lo
que cupo en el cuarto de servicio de la azotea y ellos mismos se metieron
allí hasta el amanecer.
Después de una muy mala noche, salieron al techo de la casa y obser-
varon el espectáculo asombroso: el río se había metido a la colonia y todos
los coches en la calle estaban cubiertos de agua; alguno incluso había sido
arrastrado hasta golpear la fachada de una casa. Las otras azoteas estaban
también pobladas de familias desconcertadas. Algún valiente atravesaba
la calle con el agua hasta el cuello intentando ir por ayuda, pero no era
fácil avanzar contra la corriente del río.
A Noé se le congeló la risa cuando bajó con su papá a comprobar el
estado de la casa y vio los muebles sumergidos en el agua, sin duda echa-
dos a perder. Sus propios libros de la escuela flotaban como cuerpos iner-
tes en mitad de la sala.
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De nada sirvió que en las noticias informaran que la inundación ha-
bía sido provocada por la ruptura de unos diques mal construidos. Noé
comenzó a sentirse el culpable de la catástrofe.
—¡Yo sólo pedí una lluvia, no un diluvio! —trataba de convencerse
mientras su abuelo lo miraba sospechosamente.
Todo el día estuvieron sintonizando el radio de pilas para escuchar
las instrucciones de las autoridades, que advertían de la necesidad de
evacuar la zona, y prometían ayuda para ir sacando a la gente. Los veci-
nos gritaban de azotea en azotea para pasarse las noticias y organizarse.
Después se dejaron venir las primeras pangas y el papá las llamó
desesperadamente, pero el abuelo se negó a bajar de la azotea.
—Yo no me voy de mi casa. Me hundiré como el capitán con su barco
—dijo dramáticamente, y no hubo poder humano que lo moviera de su
mecedora.
A pesar de todo, el abuelo y los demás tuvieron que ser evacuados de
la ciudad cuando el ejército llegó, dos días después, y prometió que res-
guardaría las casas contra posibles robos.
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Noé trató de esconderse porque pensaba que los soldados tarde o
temprano averiguarían la verdad. Pero su papá le dijo que él no era el
abuelo para negarse a evacuar, y se lo llevó de las orejas.
Entre cuatro soldados tuvieron que cargar al abuelo con todo y me-
cedora, porque el viejo seguía negándose a bajar de la azotea. La her-
manita de Noé lloraba al ver que la cuna y sus juguetes se pudrían
debajo del agua; la mamá lucía muy triste porque no sabía cuándo vol-
verían a su casa; el papá se preguntaba cuánto le costaría recuperar lo
perdido. Pero Noé era el más preocupado al ver cuánto sufrían los demás
por su culpa.
Al pasar frente a la escuela, totalmente inundada, Noé vio a los pro-
fesores que trataban de rescatar las cajas con material didáctico. Por un
momento tuvo el impulso de saltar del camión y abrirse paso a nado, para
ayudar, pero al ver a su maestra se arrepintió de bajar: “así que sólo un
milagro me salvaría de reprobar", murmuró como si le estuviera dando
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una lección a la pobre maestra, que sufría tratando de salvar del agua
algunos libros. Y por un momento Noé volvió a sonreír por su hazaña cruel.
En el albergue estuvieron dos semanas que a Noé se le hicieron eter-
nas. En las mañanas se la pasaba escuchando a su abuelo con sus histo-
rias increíbles, que sólo Noé se creía. Y por las noches veían la tele para
enterarse de cómo iban los trabajos de desazolve de las calles.
Porque lo cierto es que la noticia de una hermosa ciudad de casas
coloridas inundada por el Papaloapan ha dado la vuelta al mundo, y Noé
se pone rojo cada vez que en la tele le echan la culpa a los constructores
de los diques. Ha sido tanto el desastre causado que él nunca se animará
a contar su verdad.
—Bueno, tal vez a mis nietos sí se las cuente algún día —murmura
pensando que quiere ser como su abuelo.
—Y también les contaré de una maestra malora que no creía en mi-
lagros y me reprobó por equivocarme en unas cuantas preguntitas.
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