Para temernos mejor Compartir con amigos
     
Para  temernos  mejor 
pg_0012
10
Ésta es la historia de una niña llamada Caperucita que se
sentía soñada porque nadie tenía ni sabía lo que era una ca-
peruza, y aquello le daba un gustazo enorme. Como todos en
su pueblo ignoraban de ropas de marca, decían: “Qué bonita
se ve la niña con la capa ésa", y ella percibía cómo daba un
baile su corazón. No ignoraba que nunca habría otra Caperu-
cita más que ella y eso se llama originalidad.
Así pues, iba por el bosque con toda su alegría y presunción
a cuestas, pensando: “¿Me comeré o no me comeré uno de los
pastelillos que mandó mamá. Total ¿Quién lo va a notar. Y
además la abuela ya casi no tiene dien-
tes. Quién quita y hasta le hago un
favor porque así no se ahoga" En
esas estaba, cuando se apareció el
lobo y le preguntó lo que ya sa-
bemos: “¿A dónde vas.". Ella
respondió como su mamá le
dijo que había que respon-
der: “Señor, yo no hablo con
extraños y menos si están
mal vestidos como usted".
Eso bastó para que el
lobo cobrara interés y la
fuera s iguiendo hasta
descubrir a dónde iba y
llegara a casa de la abue-
lita tomando el atajo.
Para temernos mejor
Rosa Beltrán
LECTURAS 4_Versión corta_88pp.indd 10
10/08/11 17:38
pg_0013
1 1
Una vez allí, el lobo
convenció a la abuela de jugar
a las escondidillas y logró
que se metiera al armario. La
abuelita, que estaba muy vieja
y muy sola, consintió en no salir hasta
que llegara el leñador que ella
imaginó como un príncipe que
vendría a sacarla y llevarla de
vuelta a sus años de juventud. Y
así, esperando, esperando se quedó
dormida. El lobo se puso el camisón y el
gorro y se metió a la cama.
Cuando Caperucita llegó, tocó varias
veces y al ver que no abrían se metió a
la casa. Fue al cuarto de su abuelita y entró. Claro que se dio
cuenta del engaño enseguida, pues su abuela no tenía esas
orejas, ni bigotes tan largos ni piernas peludas, pues usaba
cera de depilar. Pero fingió que todo era normal, porque a ve-
ces las niñas fingen que no ven lo que están mirando para no
hacer al otro quedar mal. “Caperucita", dijo el lobo, “¿No me
notas nada raro." “Anda, hija, anímate a preguntar". “No",
respondió Caperucita, y se quedó tan tranquila. “Fíjate bien",
dijo el lobo, “pon un poco de interés". De modo que la niña se
sintió obligada a decir: “Está bien, ¿por qué tienes esos ojos
tan grandes." y “¿por qué tienes esas orejas tan largas.", y
todas esas preguntas que las niñas se ponen a hacer cuando
LECTURAS 4_Versión corta_88pp.indd 11
10/08/11 17:38
pg_0014
12
creen que un señor es tonto o cuando quieren hacerlo tonto o
cuando ya no saben qué hacer.
Después de un largo rato, volvió a tomar la canasta y dijo:
“Bueno, como ya te visité, ya me voy". Entonces el lobo salió
de la cama, se quitó el gorro y el camisón y confesó: “Cape-
rucita, la verdad me disfracé. Déjame acompañarte, estoy
dispuesto a lo que sea con tal de tener tu amistad". A rega-
ñadientes, Caperucita aceptó, siempre y cuando no le hablara
mucho y caminara tres pasos atrás de ella. Lo traía para acá
y para allá, a puro quiero esto y ahora quiero lo otro, obligán-
dolo a cargar la mochila llena de libros o tratándolo como
trapo, según se le ocurriera. A veces, se lo ponía de estola y
entonces parecía una reina, toda de rojo y envuelta en pieles.
La gente se burlaba de aquel animal y decía: “ahí va un
alma de lobo en piel de oveja". Pero él no escuchaba, tenía lo
que se dice una obsesión, que quiere decir que nada le impor-
taba en el mundo más que hacerse el amigo íntimo de Cape-
ruza. Y ella respondía como sólo sabe hacerlo una niña que
tiene a un lobo siguiéndola como un perro faldero: “Mira, lobo,
yo aquí como me ves, tengo mis propios amigos. Búscate tus
amigos tú." Pero él no podía porque era un alma sola, un lobo
LECTURAS 4_Versión corta_88pp.indd 12
10/08/11 17:38
pg_0015
1 3
estepario. O lo había sido, hasta entonces. Y es que nunca se
sintió tan contento como brincando la reata o jugando a las
traes o atrapando moscas al vuelo con las puras garras o yendo
junto a ella en primera fila por delante de un grupo grande
de niñas llamadas seguidoras. “Son mis fans", decía Caperuza
cuando él le preguntaba por qué a diferencia de él, ella nunca
estaba sola. “Yo ya no estoy solo tampoco", respondía él, en-
tornando sus grandes ojos con embeleso, pero ella le aclaró:
“Es distinto. Tú no estás solo porque me sigues a mí, en cam-
bio, yo no estoy sola porque no dejan de seguirme."
Tanto trabajó el lobo para ella que envejeció de un plumazo.
Y un día en que ella lo obligó a ponerse de tapete, estiró la
pata. Al principio, Caperucita pensó que se había librado por
fin, sobre todo del jueguito bobo de tener que preguntarle
por qué tenía esos ojos tan grandes, y esas orejas tan largas,
como si no supiera que así no era su abuelita. Pero como al
lobo le encantaba que le hiciera preguntas o no se sabía más
juegos, ella, por compasión, siguió con lo mismo durante tan-
to tiempo. Lo raro es que cuando el lobo murió, Caperucita no
quiso ya tener seguidoras, ni se dedicó a buscar otro lobo, ni
siquiera se volvió a mirar al espejo. Algo debió de pasarle,
dijeron en el pueblo, porque una vez la vieron ponerse en cua-
tro patas y aullarle a la luna.
LECTURAS 4_Versión corta_88pp.indd 13
10/08/11 17:38
Compartir con amigos