Rita, la punk Compartir con amigos
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Ella era la chica más rara de todo 6º “B". Más que eso: la más rara de toda la
escuela. Había quienes decían que hasta tenía un piercing en el ombligo. Nin-
guno lo había visto nunca. Pero tampoco habían visto un microbio y la maes-
tra aseguraba que ahí estaban por millones a punto siempre de provocarles
alguna enfermedad. Aunque todas tenían que ir con ese ridículo uniforme de
suetercito rojo y falda gris, ella siempre se las ingeniaba para ponerse algo que
la distinguiera: una camiseta negra debajo de la blanca, un sombrero que en-
seguida le hacían quitar (¿qué importaba., ya todos lo habían visto), botas
pesadas llenas de hebillas, alfileres atravesados en cualquier lado, y los infal-
tables audífonos, claro. Lo importante era que nadie se olvidara de su verda-
dera personalidad: Rita, la punk de la primaria “Benemérito de las Américas"
(¡qué palabra más rara “benemérito"! La escuela era el lugar de las palabras
extrañas; palabras que nunca podían usarse en la vida normal: álgebra, gerun-
dio, monocotiledóneas… la lista era casi infinita).
“Chayo, ¡a levantarse!", le gritaba su mamá desde la cocina todas las ma-
ñanas a las 6:30. “Chayo, Chayo…" musitaba ella tapándose la cara con la
almohada. ¡Rosario! ¿A quién se le había ocurrido ponerle ese nombre de niña
bien portada y hasta un poco tonta. “A tu abuela, por supuesto, cómo te íba-
mos a poner si naciste el 7 de octubre, el día de la Virgen del Rosario. ¿Cuán-
tas veces te lo tengo que explicar." “Pero, mamá…", se levantaba farfullando:
“ahora soy Rita". El olorcito a café recién hecho y a pan tostado que le pre-
paraba su mamá hacía que depusiera las armas y aceptara dejar la discusión
para otro momento. “Chayo, Rita, lo que quieras. Ahora apúrate que se te va
a hacer tarde". Y le daba un beso en la cabeza al pasar.
La idea la tuvo cuando su tío Alejandro, el hermano más chico de su papá,
le dijo “Así vestida pareces Rita Guerrero". ¿Quién., preguntó ella extrañada.
“La cantante del grupo Santa Sabina, la mejor voz del rock mexicano." Y
agregó una frase que todavía hace que le duela el amor propio: “Uy, niña, aún
tienes mucho que aprender." Investigando en Internet sobre esa banda, des-
cubrió que ella no era la única mujer a la que le gustaba andar toda de negro.
“¡Hasta la sombra de los párpados!", gritaba su tía Inés horrorizada. Desde
entonces había decidido cambiarse el nombre y hacer que todos aceptaran su
nueva personalidad: Rita, la punk.
Rita, la punk
Sandra Lorenzano
Para Javiera, que podría
haber sido amiga de Rita
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Ahora que había conseguido esos audífonos chiquitos que casi no se veían
podía escuchar música en paz todo el día. Bueno, todo el día no: la maestra de
laboratorio era una bala descubriendo sus trampas. “Rosario, ¿qué tal está la
música." ¿Cómo se había dado cuenta. Pero a pesar de todo eso le caía bien
porque se veía que le gustaban los animales. Ella hasta quería hacerse vegeta-
riana. Qué necesidad había de matar animales para comer. Pero su mamá in-
sistía: “Estás creciendo, Chayo; tienes que alimentarte bien. Las proteínas son
muy importantes." Y la verdad es que renunciar a unos taquitos al pastor o a
las albóndigas que le hacía su abuela no era fácil. Será más adelante, pensaba…
Por eso ella, Rita, fue la primera en darse cuenta de que algo raro estaba
pasando con los perros del barrio. Primero fue Sultán. A Rita le llamó la aten-
ción que no saliera a saludarla cuando pasó el jueves por la puerta de la tlapa-
lería. Siempre que iba de camino a su casa, Sultán salía brincando y moviendo
ese rabito que les dejan a los boxer. ¡Qué cruel cortarles la cola! Ella lo acari-
ciaba y él la acompañaba hasta la esquina. Nunca cruzaba.
El viernes tampoco vio a Rubí que dormía siempre enroscada en la puerta
de la casa de Mario esperando que él llegara de trabajar. Mario la había encon-
trado un día al bajar del microbús. Estaba flaquísima y se veía que le habían
pegado. No tenía placa. Ni raza. Así que él la llevó al ve-
terinario y se la quedó. Rita iba en tercero cuando pasó
eso. Ya hacía como tres años que la veía todos los días
al volver de la escuela. Pero ese viernes no estaba.
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“Elena, ¿no viste pasar a Pantufla por acá.", le preguntó Hilda, la de la
peluquería a su mamá el sábado justo cuando ella —Rita la punk— salía a
comprar pan dulce. ¿Así que tampoco Pantufla estaba.
Se acuerda muy bien de todo porque no fue lo único raro que pasó en fe-
brero. Todo empezó el 14. El día más cursi del año. Cómo detestaba ella esas
florecitas y paletas con forma de corazón que todos se regalaban. Qué tonte-
ría. ¿No se daban cuenta de que esa fiesta era un invento comercial para ven-
der más. “Ya salió la amargada", le contestó Araceli mordiendo la flor de
malvavisco que algún menso le había regalado. Por eso estuvo a punto de tirar,
sin haber visto lo que venía adentro, el sobre que apareció entre las hojas de
su cuaderno. Era una notita. Muy rara, la verdad.
Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
se oyó de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
¿Y eso. Un mensajito romántico estaba claro que no era. Desde la primera
línea se le fueron las ganas de tirar esa tarjeta escrita con letra parejita. La pa-
labra “lúgubre" la enganchó. Y a media noche. ¿Quién tocaba a la puerta.
¿Por qué. Y lo que era más importante todavía: ¿quién le había dejado ese
sobre.
El martes encontró otro. Ahora en el libro de matemáticas.
¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo…
Esa historia se iba poniendo interesante. “Gélido diciembre", “brasas mo-
ribundas". ¿Sería la letra de una canción de The Cure que ella no conocía. El
miércoles el sobre estaba adentro de la mochila.
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Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
me llenaba de fantásticos terrores
jamás antes sentidos.
¿Vago. ¿Escalofriante. ¿Fantásticos terrores. Ese tipo sí que sabía escribir
de verdad, y no esos poemitas ñoños que les gustaban a las niñas. ¿Quién era
el visitante que quería entrar al cuarto de ese otro personaje. ¿Cómo eran los
terrores que lo llenaban. Y ¿quién sería el “extraño mensajero" que quería
entrar en la vida de Rita dejándole esas tarjetas. Seguro nadie de su salón.
Esos chicos lo único que sabían era hablar de futbol o de coches. ¡Ah, y de
tontos jueguitos de video!
El jueves finalmente lo vio: justo en el momento en que con un sobre en la
mano se acercaba a su banca. No podía ser. “¿Qué haces ahí.", le gritó jalán-
dole la manga de la sudadera. Estaba gritando como su mamá cuando la rega-
ñaba. Uy, no había querido que la voz le saliera así. ¿Cómo se llamaba ese
chico nuevo. ¿De dónde habían dicho que venía. ¿De Tlaxcala. ¿De Oaxaca.
Había entrado en enero y no en septiembre como todos los demás. La maestra
les dio alguna explicación cuando lo presentó. Que había viajado más de un
mes, que iba a encontrarse con su hermano mayor al otro lado, o algo así. Ella
estaba escuchando a los Ramones y no prestó atención. Le daba igual que
hubiera un “compañero" más o menos. Por su ciudad siempre pasaban los
que se iban a trabajar a Estados Unidos. Eso sí. Se quedaban unos días cerca
de la estación de trenes y después seguían el viaje. Nunca le había tocado que
alguno estuviera con ella en la escuela, pero —la verdad— tampoco le impor-
taba mucho. ¿Él escribía esas canciones. ¡No podía ser! Y con el mismo tono
sangrón le preguntó “¿Tú escribes esas canciones." “No, yo no —contestó—.
Y no es una canción." Se quedó callado un momento y luego agregó: “Si no
lo conoces, es que no eres tan darketa como crees." ¿Qué sabía él de esas cosas
si acababa de llegar del campo. Ella era Rita, la punk de la primaria “Benemé-
rito de las Américas". Ella sí sabía (aunque —¿les digo un secreto.— la verdad
es que nunca había leído algo como eso). “Es un poema que se llama ‘El cuer-
vo’ y lo escribió Edgar Allan Poe." ¿Un poema. ¿Entonces no todos eran
versitos ñoños.
—Hola, soy Francisco —dijo él cuando ella finalmente le soltó la manga—.
Me dicen Pancho.
Eso es casi peor que llamarse Chayo, pensó Rita. Pues para ella sería “Franc"
de ahí en adelante. Franc: el amigo que le descubrió la poesía “maldita".
—¿En serio se llama así. ¿Poesía maldita.
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—En serio.
—¿Entonces eran parecidos a los punks de hoy.
—Sí, más o menos, pero hace casi 200 años. Si quieres te dejo ver el poema
completo.
¡Claro que quería! Le mostró entonces varios pedazos ya recortados y
listos para ponerlos en nuevos sobres e ir dejándoselos en su mochila a lo
largo de los días. Leyó uno por uno hasta llegar al último:
Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!
“Nunca más". ¿De dónde sabía él todas esas cosas. “Me las cuenta mi
hermano. El que se fue a trabajar a Chicago. Cuando mi mamá junte el dinero
que nos falta, nos vamos nosotros también para allá."
Ese día, el día en que se hizo amiga de Franc, cuando el “Nunca más", la
frase que el cuervo de Poe repetía, se volvió el santo y seña secreto de los dos
amigos, fue cuando Sultán no salió a saludarla, por eso se acuerda muy bien.
Después pasó lo de Pantufla y lo de Rubí.
—No dejes que Rocky salga a la calle, ma, alguien está haciendo desapare-
cer a los perros.
—¿De qué hablas, Chayo.
—Te lo juro —contestó ella.
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—Me tienes que ayudar: están desapareciendo los perros de cerca de mi
casa —le dijo a Franc a la salida.
—Primero acompáñame a llevarle a mi mamá unos hilos que me encargó
y que le compré en el mercado. Después te ayudo con lo que quieras.
Rita iba poco por aquel rumbo cerca de la estación de trenes. Desde que
era chica le decían que era peligroso.
—Ahora sí, Franc, necesitaríamos que el cuervo de tu canción viniera con
la respuesta.
—No es canción, Rita.
—Bueno, del poema o lo que sea.
Profeta —dije— ser maligno,
pájaro o demonio, siempre profeta,
si el tentador te ha enviado,
o la tempestad te ha empujado hacia estas costas,
desolado, aunque intrépido,
hacia esta desierta tierra encantada,
hacia esta casa tan frecuentada
por el honor. Dime la verdad, te lo imploro.
“¿Te lo sabes de memoria." Ese chico que venía del campo era el persona-
je más raro que se había cruzado en su camino. De eso no tenía Rita ninguna
duda. Al pasar por la calle Constitución Nacional escucharon un ruido. No
era medianoche, ni ése un espacio en el que hubiera cuervos, pero empezaron
a sentirse tan inquietos como el personaje de Edgar Allan Poe. ¿Un aullido.
¿Un gruñido. Salía de un local abandonado. Ahí donde antes estaba el taller
mecánico, Rita se acordaba muy bien porque muchos sábados había acompa-
ñado a su papá. Las ventanas estaban cerradas y no quedaba ningún resquicio
por el cual asomarse. “¡Vamos a la azotea!", gritó Rita, porque le pareció re-
cordar que había una claraboya en el techo.
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—Yo me subo primero porque soy el hombre y puede ser peligroso —ella
lo miró con burla: medía como diez centímetros más que Franc y no parecía
nada débil, por cierto.
—Tú serás el hombre, pero yo soy más fuerte y mucho más ágil, así que
mejor deja de decir tonterías —le contestó riendo mientras se trepaba por las
barras de metal que estaban pegadas a la pared y que seguramente servían para
revisar el tinaco. Tenía razón: allí estaba la claraboya, rota como casi todo en esa
casa, y podía ver a los perros encerrados en un cuarto. Había como ocho—.
¡Tenemos que avisarle a alguien antes de que llegue el que se los robó —decía
Rita mientras bajaba, y los dos se echaron a correr—. ¡Ya sé! A la maestra de
laboratorio, que adora a los animales.
Fueron a buscarla, y ella empezó a correr junto con ellos cuando le conta-
ron de qué se trataba. Pasaron los tres por las oficinas del presidente munici-
pal y lograron que uno de sus ayudantes se sumara también a la carrera. Todos
llegaron sudorosos y agitados en el momento en que un hombre gordo y con
un bigote largo y canoso estaba entrando a la casa.
—¡NOOOOO! —gritó Rita con una voz tan aguda que el hombre se
volteó para ver de dónde había salido.
En ese momento, llegó el ayudante del presidente municipal y lo detuvo.
—Después ayudamos a llevar a cada perro a su casa. Y eso fue todo —dijo
Rita—. En el recreo, los de 6º “B" habían hecho bolita alrededor de la pareja
más rara de toda la escuela: la niña del piercing en el ombligo y el chico mi-
grante. Eran los héroes.
—Los tenían encerrados para venderlos. Nos contó la maestra de labora-
torio que algunas fábricas de cigarros los usan para probar los efectos del
humo. Los tienen conectados a máquinas que les hacen respirar aire contami-
nado hasta que los matan.
Esa historia era peor que cualquier película de terror porque era verdade-
ra, pensaron los de 6º “B".
—¿Saben cuándo van a volver ésos a ponerle la mano encima a un perro
después del castigo que les espera.
La pregunta los dejó a todos en silencio esperando que ella misma diera la
respuesta. Entonces Rita, la punk de la primaria Benemérito de las Américas,
se puso los audífonos, agarró a Franc del brazo y se dio la vuelta, no sin antes
decirles a sus compañeros una frase enigmática: “Pues como dijo el cuervo:
Nunca más."*
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