Silvio y la importancia de jugar, aun que no se gane
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Un día cualquiera de una semana cualquiera de un mes cualquiera (o sea
que no importa cuándo), Silvio bajó a desayunar después de despertarse.
En la mesa ya estaban su papá —Gerardo—, su mamá —Judith—, su
hermana —Ana— y hasta su perro —Bartok—, por lo que él sintió que
llegaba tarde.
Su comida estaba servida en su plato, igual que su jugo de naranja.
Ninguno de los miembros de su familia lo saludó. Todos comían sus hot-
cakes y sorbían sus jugos divertidísimos, sin prestarle atención, como si
no existiera. Eso era lo que a Silvio más le preocupaba de su vida, el sen-
tir que nadie a su alrededor le prestaba la menor atención. Vamos, como
si él fuese invisible, transparente.
Incluso se percató de que su madre hablaba con su
hermana sin ningún aspavien-
to y que su padre se le-
vantó antes de tiempo
y se retiró de la mesa.
Entonces, sólo
Silvio y la importancia de jugar, aunque no se gane
Pedro Ángel Palou García
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entonces, Silvio se dio cuenta de que ése no era un día cualquiera de una
semana cualquiera de un mes cualquiera. ¡No!, era sábado. Y, además, el
sábado de la final de la liga de béisbol en la que él participaba.
Comió como pudo y regresó a su cuarto a vestirse para la ocasión, con
el uniforme de su equipo (Silvio era un excepcional cátcher, y en su equi-
po, en particular, era imprescindible).
Los segundos —que por los minutos apenas existían— parecían trans-
currir con una insoportable lentitud, como si el tiempo mismo se negara
a correr, y al propio Silvio le impidiera conseguir su sueño, de ser campeón.
Pero aun así, él se vistió de prisa, se colocó la gorra y, en una maleti-
ta, guardó sus protecciones y guante. Éste era el día decisivo. La batalla
final. Él y sus amigos habrían de hacerse con el título, qué duda le cabía.
Pero las certezas de un niño de diez años duran a lo mucho dos mi-
nutos. Una vez que transcurrió ese tiempo —Silvio estaba en el baño—,
le vinieron a la mente todos los miedos y preocupaciones del mundo. Sudó
hasta mojar su uniforme, se mojó la cara y el pelo intentando volver a la
realidad.
Su mamá, Judith, gritó pidiéndole que se apurara.
—¡Silvio, vamos a llegar tarde, como siempre!
Entonces él corrió escaleras abajo, a toda prisa. No podía faltar al com-
bate decisivo. Todo un año se había preparado para este día en particular.
Cuando llegó al coche —su mamá ya estaba adentro y lo había arran-
cado, se dio cuenta de que Ana, su hermana que decía no ser una persona
común y corriente, sino una princesa, estaba también allí.
—¿Va a ir Ana, mamá. —protestó.
—Claro, es tu final.
—Pero ella dice que es una princesa, yo nunca he visto una princesa
en un estadio de béisbol.
—Mira, bobo —dijo Ana—, voy a ir disfrazada de tu hermana, ¿no te
das cuenta. Nadie se percatará de que soy una princesa ni habrá fotógra-
fos de revistas de chismes para molestarme.
—¿Y si te aburres.
—Yo nunca me aburro, sólo contemplo desde la distancia a los plebe-
yos como tú que no saben que hay que pensar en cosas más importantes
que los outs o los hits...
—Ya, Ana, deja de decir tonterías —dijo Judith, enojada.
Así se fueron en silencio hasta el estadio. Mientras las calles pasaban
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una tras otra por el vidrio de la ventana, como postales desenfocadas y
locas, Silvio pensó en dos cosas importantísimas, en ganar y en que la
hermana del pitcher, Ximena, fuera al juego.
Le encantaba Ximena, pero no se lo había dicho a nadie. Guardaba ese
secreto en el fondo de una cajita escondida en un lugar secreto de su corazón.
Pero como ésa no era una mañana cualquiera de un día cualquiera em-
pezaron a pasar cosas extrañas. Primero hubo un choque en el semáforo de
la avenida principal, la que lleva al estadio, y había ambulancias, gritos,
curiosos y una patrulla vieja con una sirena encendida pero sin ruido.
—Vean bien —dijo Judith—, no vaya a ser alguien conocido.
Era un transporte colectivo que había golpeado a un cochecito naran-
ja muy viejo, que no conocía. Ana dijo entonces, ufana:
—No entiendo por qué se empeñan en manejar como locos, esas son
las consecuencias.
Así hablaba Ana cuando era princesa, aunque estuviera disfrazada
de hermana.
—No, mamá, no reconozco a nadie.
Menos mal.
Después, al llegar al estadio se repitió la escena del desayuno, pero
más raro. No había nadie. Ni los umpires, ni el equipo contrario, ni sus
compañeros, ni nadie, nadie, nadie. Vamos, ni siquiera alguien que hubie-
se abierto el estadio.
Judith se preocupó y marcó muchos números en su celular, pero nadie
contestaba.
—¿No nos habremos equivocado. ¿Te dijeron bien la hora.
—Claro, mamá. Era a las nueve y ya son cuarto para las nueve, pero
tenemos que calentar. Siempre estamos antes, como media hora.
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—¡Qué manera de perder el tiempo! —dijo Ana que sacó sus pinturas
de uñas y se entretuvo.
Al fin otro coche se estacionó detrás del de ellos. Era Anselmo. El
entrenador. Venía sudado y con cara de preocupación.
—Señora Judith, esto es una tragedia...
—¿Qué es una tragedia. ¿A qué se refiere.
—A que el equipo contrario avisó que no llegaría. El umpire dio el
triunfo a nuestro equipo y ganamos la final.
—A ver, a ver... y ¿qué tiene eso de tragedia.
Eso mismo pensaba Silvio.
—Pues que todos los niños y sus mamás están desayunando acá a la
vuelta, para festejar.
—¿Pero qué tiene eso de malo. —siguió la mamá.
—Pues que como ustedes no estaban vine a ver si habían llegado,
aunque fuera tarde, para que no se perdieran la celebración.
—Pero por eso, don Anselmo, ¿qué tiene de malo. Ya estamos aquí.
Llévenos.
Silvio seguía intrigado.
—Es que pasó algo en el restaurante.
—¿Y.
—¿Se acuerda de Jaime, el pitcher. Bueno, pues su hermana, Ximena,
no quiere comer...
—¿Y nosotros qué tenemos que ver con eso.
—Dice que hasta que no llegue Silvio ella no probará bocado, que
somos unos groseros. Por eso vine.
—Vamos, entonces. No hay tiempo que perder.
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Ya en el restaurante Silvio se dio cuenta de que salvo Ximena nadie
estaba triste. Ana, su princesa disfrazada de hermana, pidió un pastel de
fresa y una malteada de fresa y unas fresas con crema.
Todos se abrazaron después de comer, se tomaron fotos y se pasaron
el trofeo como si de verdad hubieran jugado la final.
Cuando ya se iban Ximena se acercó a Silvio, le dio un beso en la
mejilla y le dijo:
—¡Felicidades, campeón!
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Y le entregó un sobre. Adentro del sobre —eso Silvio lo supo hasta la
noche— había una foto de Ximena. Se veía muy guapa. Y atrás de la foto
ella había escrito: “Para Silvio, con todo mi amor".
Se puso rojo, como si Ximena estuviera allí y esa noche sintió que el
verdadero triunfo no había sido el béisbol. Durmió con la foto de Ximena
bajo de su almohada y a nadie le dijo nada acerca de su nuevo tesoro, de
su mejor campeonato.
Ahora, cuándo la vería de nuevo... Era triste, hasta la siguiente tem-
porada.
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