Todos los que quieres ser
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La primera transformación ocurrió hacia inicios de diciembre. Fue du-
rante aquella noche en que la luna brilló mucho. Brilló demasiado. Había
discutido una vez más con mi mamá sobre lo mismo: quién lavaría los
trastos, quién tendería la cama, quién iría a comprar las cosas al merca-
do. Cuando sacó los billetes arrugados de su monedero y me pidió que
fuera a comprar cebollas y tomates, le dije con toda calma que no iría.
—Estoy leyendo —le dije, como si ella no pudiera darse cuenta por sí
misma. El libro era un tomo más de una serie que seguía de cerca las
aventuras de una de mis heroínas favoritas: La Condesa Azul. Así llama-
ban a una pequeña criatura que aprovechaba su tamaño para entrar en
lugares prohibidos y viajar sobre los hombros de la gente. En ese momen-
to, La Pequeñísima entraba en la joyería donde unos ladrones mantenían
secuestrados a una veintena de hombres y mujeres.
Yo estaba segura de que los salvaría, pero to-
davía no sabía cómo. La curiosidad se
sentía como una cosquilla extraña den-
tro del estómago.
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Cristina Rivera-Garza
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—Ya sé que lees, pero necesito que vayas al mercado para tener la
comida lista a tiempo —insistió.
La vi entonces sin moverme siquiera.
—No voy a ir, ya te dije —en lugar de gritar, que era mi costumbre,
pronuncié las palabras poco a poco, como si fuesen piedras—. Si yo fuera
mi hermano no me pedirías que hiciera estas cosas.
Ella tomó el billete de mi mano y, sin decir nada más, me dio la es-
palda. Aunque pretendía seguir con mi lectura, en realidad la observaba.
Sentí miedo. Estaba segura de que, en su camino hacia la puerta de la
casa, se volvería a verme de un momento a otro para lanzarme una piedra
o un hechizo o para despedirse de mí para siempre.
Ahora que ha pasado el tiempo comprendo que eso fue precisamente
lo que hizo.
Fue durante la noche que pasó todo. Me fui a la cama sin cenar y sin
darle las buenas noches ni a ella ni a papá, a quien ni siquiera había
visto llegar de su trabajo. Mi hermano ya estaba dormido cuando encen-
dí la lámpara para seguir leyendo. Su mundo era mucho más simple que
el mío. Aunque tuviera un año más que yo, su mundo era el de un niño
más pequeño. Sin responsabilidades. Sin deberes. No sé cómo explicarlo
ahora. No podría. Lo diré como ocurrió: simplemente, mientras allá afue-
ra brillaba una luna redonda y enorme, yo me convertí en mi hermano.
Supe que estaba dentro de su piel cuando me di la vuelta y medio abrí
los ojos sólo para verme leyendo en la cama de junto bajo la tenue luz de
la lámpara.
—Ya duérmete, Lucila —dije con voz adormilada—. Apaga la luz.
Nadie pareció notar nada extraño en la mañana y yo, no sé si por
temor o por asombro, no dije nada. Hacía tiempo, en otro libro, había
leído la historia de un hombre que se despertaba convertido en escaraba-
jo, así que al comprobar que tenía piernas y manos, y que mi cara en el
espejo era todavía una cara humana, no pude sino agradecerlo. Cuando
fui al baño y descubrí que podía orinar de pie me llené de un gusto que
casi parecía vértigo. Toqué mi pelo y, cuando comprobé que era muy corto,
pensé en lo fácil que sería peinarlo. Incluso me dio alegría descubrir que
la pelusa que me brotaba sobre el labio superior por fin se veía adecuada
sobre mi rostro. Hubo un momento en que juré que caería desmayado de
un momento a otro.
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—Ya sabes que debes cuidar a tu hermana, Arlo
—me dijo mi madre antes de salir rumbo a la escue-
la, justo antes de darme la bendición. Miré de reojo
a Lucila, pensando que era absurdo que me pidiera
algo así, pero asentí.
¡La de cosas extrañas que no pasaron! Arlo levan-
taba la mano para responder a preguntas de historia
o de ciencias naturales. Arlo movía el pie izquierdo
cuando se aburría, de eso me di cuenta de inme-
diato. Arlo volteaba a ver con mucha discreción
a una niña que se sentaba dos lugares atrás de
él, en la fila de junto. Arlo le sonreía como al
descuido, fingiendo que el encuentro de los ojos
había sido una mera casualidad y no el resultado de
un plan meticulosamente fraguado. Fue por mí a la salida y
me llevó, sana y salva, hasta la puerta de la casa, donde mi madre le
recibió los libros y, sin preguntarle mucho, le indicó la serie de lugares a
los que tendría que ir para recoger esto o lo otro.
Yo me iba a quejar, por supuesto, pero acordándome una vez más que
yo era él, no lo hice. Tomé sin chistar la lista de establecimientos que vi-
sitaría y repasé los nombres de las personas a las que tendría que entre-
garles un pantalón, un traje, dos camisas. Así fue como supe que mi
hermano, que sólo era un año más grande que yo, le ayudaba a mi papá
con la sastrería. Cuando llegué a casa, me dispuse a hacer la tarea. Ob-
servé cómo mi mamá se alegraba de vernos y cómo se apresuraba a servir
los platos sobre la mesa. Su sonrisa era como un abrazo dentro del cual
no existía el frío o el calor. También me di cuenta de que ese bulto amorfo
que se desparramaba sobre el sillón era mi hermana Lucila quien, como
siempre, se entretenía en mundo de letras habitado por seres imaginarios
con los que hablaba a solas. Sólo tenía un año menos que yo y, sin embar-
go, no era más que una niña fantasiosa y crédula que sólo a regañadientes
se nos unía a la hora de la cena.
Mi hermana y yo compartíamos el mismo cuarto desde siempre y por
eso habíamos tenido tiempo de sobra para vigilarnos. Yo estaba al tanto
incluso de que su mejor compañía era esa criatura azul que, en su imagi-
nación, seguía salvando a las víctimas de naufragios y asaltos y sequías
y otras muchas desgracias: La Condesa Azul. A ella, por cierto, fue a la
que extrañé primero en mi nueva vida como Arlo. Cuando veía el pizarrón
vacío o cuando hilvanaba telas, me preguntaba dónde andaría, a quién
andaría ayudando en esos momentos, sobre qué hombros se pasearía.
También me preguntaba si me extrañaría a mí.
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La inicial alegría provocada por mi metamorfosis pronto dio lugar a
la nostalgia. A medida que pasaron los días, tuve que reconocer que me
faltaban otras cosas. La vida de Arlo era interesante, pero estaba llena
de silencios. Papá hablaba poco con él; sus amigos contaban chistes o
gritaban, pero conversaban menos; mi mamá lo trataba con un precavido
silencio lleno de admiración o de miedo. Era cierto que Arlo tenía muchas
aventuras durante el día, andando de un lado a otro con los encargos de
la sastrería, pero también pasaba mucho tiempo solo. Las calles con fre-
cuencia parecían enormes bajo mis pasos. Las puertas sobre las que em-
puñaba los nudillos eran altas como muros. Arlo tenía responsabilidades,
que cumplía con gusto o a la distraída, pero desconocía los distintos aro-
mas de la cocina. Él nunca había pelado mandarinas en el regazo de
mamá, ni había escuchado, como yo, tantas veces, las historias de la abue-
la Eugenia mientras esperábamos a que estuviera lista la sopa de fideos.
Hubo un día en que hasta eso extrañé: el tiempo que desperdiciaba espe-
rando a que estuviera lista la sopa de fideos mientras la abuela Eugenia
contaba cómo, en sus tiempos, tenía que partir leña para poder hervir
agua. El colmo fue cuando mi mamá, haciendo lo que acostumbraba, lla-
mó a mi hermana para que la ayudara a lavar los trastos. Las vi de reojo
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desde el cuarto de la tele con un anhelo muy raro: sus dos cuerpos juntos,
los hombros que se movían a la par. Eran madre e hija, en efecto, y algo
recóndito y fuerte pasaba entre ellas dos en ese momento. El aroma del
jabón. La consistencia del agua que fluye. La limpieza de los platos. Era
algo que iba más allá de la tarea a la mano. Algo más allá de los objetos.
Tenía que ver con lo que miraba ahora desde lejos: su cercanía, la coordi-
nación casi natural de sus movimientos. La sombra que se extendía, del-
gada y fugaz, de una a la otra y viceversa.
Estaba a punto de llorar con el lápiz entre los dientes cuando se apa-
reció La Pequeña Azul cerca de mi libreta. La había olvidado, es cierto.
Entre una cosa y otra había perdido mi fe en sus poderes o, incluso, en su
existencia.
—Te sientes sola, ¿verdad. —me preguntó mientras ensayaba unos
extraños pasos de baile frente a mis ojos. Yo, tratando de frenar el escozor
que se me subía por la garganta, asentí.
—Y ahora, después de todos estos días, ¿ya quieres volver a ser tú.
—preguntó por preguntar, sabiendo de hecho la respuesta—. ¿Y si no
pudieras. —susurró, maliciosa, al tiempo que hacía una marometa.
Lo pensé por un rato. La vi con cautela.
—¿Pero podría seguir leyendo tus historias. —la interrogué al final,
con el ceño fruncido.
Ella, por toda respuesta, se rió. Luego, de un salto, se colocó, como la
había hecho hacer en tantas ocasiones, sobre mi hombro derecho.
—Es más fácil de lo que te imaginas —susurró. Su aliento olía a
frambuesas y a chicle. Se notaba que regresaba de alguna fiesta. Y luego,
por si me quedaba alguna duda, añadió:
—Ser todos los que quieras ser, Lucila.
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