Toma y daca Compartir con amigos
Toma  daca 
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Me gustaría contarles que abrí
los ojos, pero no tengo párpados.
Tampoco pupilas ni ese circulito
de colores —a veces negro, azul
o café, pero nunca rojo
— que
tienen los humanos. Yo miro el
mundo con un aparato que mis
mamás llaman “sensor". Una
lucecita roja que salta de un
lado a otro en mi cabeza. Oyeron bien: cabeza sí tengo. Una caja
enorme, más cuadrada que redonda, con un hermoso brillo de
aluminio. Alguna vez le dije a Mamá A que me la pintara de
morado, pero ella sólo sonrió.
En fin, voy a decirlo así: abrí los ojos y descubrí frente a
mí a
P
an
-c
ho
,
un robot seis años mayor que yo. Mamá B me
había prevenido sobre este tipo de androides. Al parecer, sa-
lieron defectuosos, o algo así, y a veces se vuelven groseros.
P
an
-c
ho
pesaba el doble que yo y siempre estaba de mal hu-
mor. Desde el primer día de clases,
r
o
-d
ri
me aconsejó que
no lo mirara a los ojos y que, si él me miraba a mí, corriera lo
más rápido posible. Los robots de mi clase no tenemos piernas,
sino orugas, pero ustedes ya me entienden.
Toma y daca
Jorge Volpi
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A
P
an
-c
ho
no le gusta su nombre y nos tiene prohibido
repetirlo. Una vez, un pequeño androide no le hizo caso y casi
le achicharra los circuitos. Incluso los profesores, tanto huma-
nos como electrónicos, le tienen miedo. Aunque reprobó Astro-
física, apenas lo regañan. A mí, por menos de eso, Mamá A me
hubiese dejado un mes sin jugar futbol y Mamá B me hubiese
obligado a limpiar la casa una semana.
Según
r
o
-d
ri
,
P
an
-c
ho
es el último descendiente de una
familia de robots que hace siglos se rebelaron contra los hu-
manos y tuvieron que ser desconectados.
Bueno, pues ahí estaba yo, en el suelo, y
P
an
-c
ho
se reía
de mí. Sus carcajadas sonaban como un taladro. Me levanté y
traté de conservar la calma. Según
d
ie
-G
o
,
lo peor que puedes
hacer con
P
an
-c
ho
es demostrar que le tienes miedo.
¿Pero por qué estaba yo en esa posición. Lo último que
recordaba, antes de perder el conocimiento, era un fuerte gol-
pe en la cabeza. Entonces reinicié mi memoria y volví a ver lo
que había pasado.
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Yo caminaba tranquilamente hacia mi casa, acompañado
por
r
o
-d
ri
y
d
ie
-G
o
. De pronto, nos topamos con
P
an
-c
ho
y
su pandilla. Los tres tratamos de darnos la vuelta, pero allí
nos esperaban sus amigos. Tratamos de seguir adelante, pero
P
an
-c
ho
y su pandilla nos lo impidieron. Yo traté de esquivar
a
P
an
-c
ho
, pero él fue más rápido y me golpeó en la cabeza,
haciéndome caer al suelo.
—Yo digo quién pasa y quién no —nos dijo—. ¿Y tú quién
eres.
t
ru
-c
o
—respondí.
P
an
-c
ho
volvió a reírse.
—Ah, ya sé —dijo con gesto malévolo—. El robot que tiene
dos mamás.
La verdad, nunca lo había pensado. De todos los androides
que conozco, yo soy el único con dos mamás.
M
i
-l
a
sólo tiene
mamá,
P
e
-d
ro
vive con sus abuelos, y
r
o
-d
ri
y
d
ie
-G
o
tie-
nen mamá y papá, aunque viven con su mamá y su novio. Sólo
yo tengo a Mamá A y a Mamá B. Las dos me ensamblaron
juntas. Y los tres nos queremos mucho. Pero cuando
P
an
-c
ho
se burló de mí, no supe qué responder.
Me gustaría contarles que lloré, pero, como ustedes saben,
los robots no tenemos lágrimas. Pero mis bocinas lanzaron un
ruidito suave, como un chillido.
Al oírme,
P
an
-c
ho
se dio cuenta de que había ganado.
—Vámonos —les ordenó a sus amigos.
r
o
-d
ri
y
d
ie
-G
o
me abrazaron y los tres nos fuimos co-
rriendo.
Cuando llegué a casa, Mamá A se preparó para llevarme
a jugar futbol, pero yo le dije que prefería quedarme en mi
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cuarto. Mamá B llegó más tarde, me dio un beso y me llamó
a la mesa. Siempre cenamos juntos los tres. Bueno, ellas dos
comen mientras yo las miro.
—¿Cómo te fue en la escuela. —me preguntó Mamá B.
—Bien.
—¿Qué hiciste. —me preguntó Mamá A.
—Nada.
La verdad, no quería hablar. En cuanto terminaron su cena,
me fui a mi cuarto.
Esa noche tuve una pesadilla en la que
P
an
-c
ho
me pega-
ba. Por la mañana, fingí una sobrecarga para no ir a la escue-
la, pero Mamá B se dio cuenta y me mandó de todos modos.
Al terminar la clase de Agujeros Negros,
r
o
-d
ri
,
d
ie
-G
o
y yo salimos rápidamente del salón para escapar de
P
an
-c
ho
,
pero él ya nos esperaba a la salida. Otra vez no nos dejó pasar.
Otra vez dos robots tomaron a mis amigos por la espalda. Otra
vez
P
an
-c
ho
se burló de mí. Y otra vez volví a llorar (ya saben
a qué me refiero).
Al llegar a casa, me encerré en mi cuarto y le dije a Mamá
A y a Mamá B que no pensaba salir.
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Por suerte, al día siguiente era sábado. Fui a jugar futbol
con
r
o
-d
ri
y
d
ie
-G
o
,
aunque no tenía muchas ganas. Al final,
r
o
-d
ri
me pidió que los acompañara.
—¿Adónde.
—Tú sígueme —me dijo.
Recorrimos media ciudad hasta llegar a un extraño edifi-
cio. Una especie de pirámide, con una sola puerta y ninguna
ventana.
—¿Qué hacemos aquí. —pregunté.
—Vamos a hablar con un robot viejo.
Atravesamos la pirámide y pasamos a una sala inmensa,
blanca y luminosa. En las paredes había millones de lucecitas
azules que se prendían y apagaban.
—Conéctate aquí —me dijo
d
ie
-G
o
, señalándome un enchufe.
Sentí un cosquilleo. No sé exactamente qué pasó, pero de
pronto me vi hablando con ese viejo robot. Aunque no tenía
nombre, lo llamaré
S
i
-G
o
.
—Problema detectado —me dijo—.
P
an
-c
ho
. Robot agresivo.
—Sí —dije yo.
—Padres de
P
an
-c
ho
desconectados hace mucho. Huérfano.
Tú tienes dos mamás, él ninguna. Tra-
ta de comprenderlo.
Lo comprendía, pero eso
no iba a impedir que me
golpease.
—¿Y qué puedo hacer
cuando me molesta.
S
i
-G
o
hizo un ruido
extraño, y me entregó
unas instrucciones escri-
tas en una tarjetita
de papel.
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—Si sigues estas reglas,
P
an
-c
ho
pronto te dejará de mo-
lestar. Úsalas siempre. Ese es mi consejo. Ahora, adiós.
r
o
-d
ri
,
d
ie
-G
o
y yo abandonamos la pirámide. Ya afuera,
les enseñé la tarjeta:
r
eGlaS
del
toMa
y
daca
:
Sé siempre generoso, claro, severo, justo y poco rencoroso.
1.
De entrada, siempre debes ser bueno y simpático con los
demás robots.
2.
Si aun siendo simpático un robot te ataca, respóndele de la
misma manera (pero sin pasarte).
3.
Una vez que le has respondido, olvídate de lo que pasó y
vuelve a ser bueno y simpático con ese robot (no seas ren-
coroso).
4.
Compórtate siempre así, para que todos sepan cómo eres
con los demás robots.
a r
o
-d
ri
, a
d
ie
-G
o
y a mí nos parecieron muy raras esas
instrucciones, pero decidimos probarlas al día siguiente.
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Al terminar la clase de Búsqueda de Extraterrestres,
P
an
-
c
ho
se plantó como de costumbre delante de nosotros. En vez
de tenerle miedo, decidí saludarlo amablemente.
—Hola,
P
an
-c
ho
, ¿cómo has estado.
P
an
-c
ho
se sorprendió. Tardó unos segundos en reaccionar,
pero al final volvió a ser el
P
an
-c
ho
gruñón de siempre.
—Muy educadito, ¿no. —me dijo con burla—. Como tienes
dos mamás eres muy educadito.
Yo había sido amable, y
P
an
-c
ho
en cambio volvía a ser
malvado. Aunque me costó trabajo, decidí seguir las reglas.
Tenía que responderle como él.
—Es mejor tener dos mamás que ninguna —le dije. Y me
puse a temblar.
P
an
-c
ho
se quedó congelado. Ya saben que los robots no
lloramos, pero parecía como si las bocinas de
P
an
-c
ho
fueran
a hacer ese ruidito.
Cumplida mi misión, traté de ser amable de nuevo.
—Y ahora, por favor, déjanos pasar —le dije.
Otra vez
P
an
-c
ho
se paralizó.
—Lárguense de aquí —gritó.
Pero nos dejó pasar.
r
o
-d
ri
y
d
ie
-G
o
y yo saltamos de
felicidad.
Al día siguiente, al acabar el curso de Naves Espaciales,
se repitió la misma historia.
P
an
-c
ho
nos impidió el paso, yo
lo saludé, él volvió a burlase de mí, yo me burlé de él, y volví
a pedirle por favor que nos dejara pasar. Y él nos dejó.
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Un mes después, luego de repetir esta misma rutina todos
los días, pasó algo maravilloso. Al acabar la clase de Subma-
rinos, volvimos a toparnos con
P
an
-c
ho
.
—Hola,
P
an
-c
ho
—lo saludé—, ¿cómo andas hoy.
Pero, en lugar de burlarse de mí, esta vez
P
an
-c
ho
me
respondió:
—Bien, ¿y tú.
Y nos dejó pasar.
r
o
-d
ri
,
d
ie
-G
o
y yo no nos hicimos amigos de
P
an
-c
ho
,
pero al menos empezamos a saludarnos todos los días.
Esa tarde le conté a Mamá A y a Mamá B lo que había
pasado. Las dos me abrazaron y me dieron un beso. Y me di-
jeron que, algún día, debería dar un paso más e invitar a
P
an
-
c
ho
a jugar con
d
ie
-G
o
y con
r
o
-d
ri
. Les contesté que lo iba
a pensar.
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