Una amistad virtual Compartir con amigos
Una  amistad  virtual 
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La computadora le habló. Alonso no podía creerlo. Pestañeó dos veces con
fuerza antes de tallarse los ojos. Luego, como buscando a alguien más en
aquella habitación, miró hacia ambos lados. Estaba solo. Volvió la vista
hacia la pantalla. Ahí estaba ella, iluminada en azul profundo. Todos los
iconos en sus lugares. Y justo en el momento en que pensaba que debía
haberse confundido, su computadora volvió a decir:
—Me haces cosquillas cuando tecleas dos veces sobre la G de gato.
El niño, más divertido que asombrado, estiró su dedito y acarició el te-
clado. La computadora rió. Era una risa suave, tenue, casi imperceptible.
Pero Alonso la escuchaba alto y claro. Entusiasmado por el descubrimiento,
estuvo intercambiando sensaciones con su computadora y, tras un rato, de-
cidió ponerle un nombre. Acababa de decidir cómo nombrarla cuando su
mamá, sin antes tocar a la puerta con los nudillos, irrumpió en la recámara.
Cuando le preguntó qué hacía, Alonso dijo: “Hablando con Dorita", y ella
creyó que su hijo se referiría a alguna amiga cibernauta. Alonso miró a su
mamá extrañado.
—¿No la oyes. —preguntó.
—Oír ¿qué cosa, mi vida.
Y tras colocar su ropa doblada sobre la cama, lo dejó de nuevo solo.
O al menos, eso creyó ella.
Salvo Alonso, nadie era capaz de escuchar a Dorita.
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Laura Martínez Belli
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Y fue así como nació su amistad. Una amistad intangible, mágica,
imposible, entre un niño y su computadora. Hablaban todos los días un
poco, imaginándose cómo sería el otro lado de la pantalla. Hasta que lle-
gó un momento en que ambos sentían que mantenían una relación más
real entre ellos que con quienes estaban en su mismo plano.
Así que un día, Dorita fue dándole instrucciones precisas. Presiona
“Alt", dale "Esc", pulsa “F4". Y Alonso, obedientemente, siguió todo al pie
de la letra. Cuando terminó de teclear, a Alonso le pareció intuir que Do-
rita sonreía. Lo pensó por el tono en que Dorita le dijo:
—Ahora, no te muevas.
Y entonces sucedió.
De la pantalla de Dorita salió un haz de luz. Un rayo que empezó a
escanearla Alonso, desde su pelo, hasta sus ojos, pasando por su nariz y
sus labios. Fue recorriendo todo su cuerpo. Sus brazos, sus dedos, sus
piernas. Todo él, como si el rayo aquel estuviera a punto de calcarlo.
Alonso ni siquiera pestañeó. Permaneció inmóvil. Atento a la sensa-
ción de calor brillante que lo recorría entero.
Y en un abrir y cerrar de ojos, Alonso ya no estaba en su recámara.
¡Estaba dentro de la computadora! Alonso se palpó el pecho. El corazón
latía de prisa. Nada le había pasado. Su cuerpo y sus pensamientos
eran los mismos, aunque diminutos. Se preguntaba cómo es que Dorita
había logrado meterlo ahí, cuando oyó a lo lejos una voz familiar.
—¡Alonso! —escuchó que lo llamaron.
Se dio media vuelta y vio cómo se dirigía hacia él una niña linda, de
largo cabello morado y pestañas azules. La niña caminaba despacio, y con
cada paso se encendía una luz naranja bajo sus pies.
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—¿Dorita. —preguntó él.
En unos cuantos pasos, estuvieron frente a frente. La niña lo saludó
con la mano.
—Sí, Alonso, soy Dorita.
Y tras las primeras impresiones y preguntas predecibles, Alonso com-
prendió que Dorita lo había llevado a su mundo porque necesitaba des-
ahogarse. Era muy aburrido hacer siempre lo que se le ordenaba. Y
cuando alguna vez ella tomaba la iniciativa y hacía algo no requerido, la
apagaban de un botonazo, con la esperanza de que todo volviera a la nor-
malidad al encenderla; a la rutina, a lo esperado, a lo debido.
Durante mucho tiempo, Dorita creyó que ese era su destino, y no
había forma de escapar de él.
Se había resignado a obedecer eternamente, cumpliendo sin chistar
las órdenes dadas. Hasta que lo conoció a él. Alonso parecía tratarla de un
modo diferente. Ella lo sentía en la manera en que posicionaba sus dedos
sobre el teclado. También lo notaba por la paciencia con la que esperaba
a que abrieran las ventanas, dándoles su tiempo, sin cerrarlas. Casi nun-
ca la reiniciaba, ni se pasaba las horas descargando juegos de Internet.
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Pero todo cobró sentido cuando ella supo que él podía oírla. Varias
veces Dorita había estornudado, y él —un tanto sobresaltado— había
dicho “salud", muy bajito, casi como si se lo dijera a sí mismo. Entonces,
Dorita se estremecía tanto que el cursor se ponía en descanso. Ambos
permanecían así, quietos, viéndose sin mirarse, desde sus propios espacios.
Desde entonces, Dorita decidió poner a prueba su capacidad para traspa-
sar mundos, y le mandó mensajes.
Primero empezó a hacerlo con letras.
La pantalla se puso en negro y luego, tímidamente, como quien se
asoma tras una rendija, aparecieron unas letras verdes:
—¿Puedes escucharme. —decían.
Y Alonso, con la naturalidad de un niño de 10 años, contestó en voz
alta: “Creo que sí."
Así, empezaron a comunicarse en silencio, usando como único medio,
las palabras escritas.
Hasta ese día, en que (por fin) Dorita logró introducirlo en su mun-
do virtual.
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Hablaron largo y tendido, durante horas. Alonso quería preguntarle
muchas cosas, pero a veces se le olvidaban, porque quedaba absorto con
la contemplación de la niña frente a él.
Tenía su misma estatura, también tenía brazos, piernas, ojos, nariz
y boca como él, pero eran de colores. El pelo, las cejas, los ojos, las uñas.
Todo en ella era de colores brillantes. Y además, no podía tocarla. Si lo
hacía, su mano la atravesaba como quien intenta atrapar una nube. Do-
rita se desvanecía como el vapor. Y sin embargo, era tan real como él.
Dorita, por otro lado, sentía la misma curiosidad por las cosas del mundo.
Bombardeó a Alonso con preguntas de todo tipo: cómo se hacían las sillas,
a qué sabían las jícamas, le dolían los ojos cuando miraba la pantalla más
de lo habitual. Alonso contestaba pacientemente con respuestas simples.
Normalmente, no tenía la solución para resolver las inquietudes de su
computadora.
Y tras horas de charla, en donde uno intentaba resolver las dudas del
otro, Dorita soltó la bomba que dejó a Alonso perplejo.
—Quiero que me lleves contigo —le dijo.
Alonso, aunque se alegró en un primer momento, después empezó a
preguntarse cómo sería eso posible.
Dorita le explicó que para salir de allí, debían agarrarse de las manos
y girar muy rápido, tan rápido como un carrusel desbocado. Si giraban,
ella no se desvanecería como el vapor, y cobraría forma sólida. Así que eso
hicieron.
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“Vive tu libertad con sabiduría."
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Alonso corrió y corrió en círculos, sin soltar a Dorita de las manos, tal
y como su padre le hacía cuando era pequeño. Y a medida que agarraban
velocidad, sus cuerpos fueron formando un torbellino de luces ascenden-
tes que se elevó hacia el cielo. Alonso cerró los ojos, porque sintió que se
mareaba, como si girara en la rueda del parque. Agarró fuertemente a
Dorita, que ahora se sentía como una persona de carne y hueso. Y subie-
ron. Y subieron. Convertidos en una especie de rayo azul, morado, violeta.
Y de pronto… “¡Pum!" Chocaron con algo.
Fue una explosión terrible, como si reventaran un vaso de vidrio
contra el suelo, como si una pelota atravesara una ventana. Como si un
niño quisiera salirse de una computadora.
Alonso perdió el conocimiento.
Cuando despertó, Dorita ya no estaba. Ni allí, ni en ningún otro lado.
Alonso estaba en su recámara. Solo. Y frente a él, hierática sobre la
mesa, la computadora. Se levantó de un salto y corrió hacia ella. Tomó la
pantalla entre sus manos y la sacudió con fuerza, como quien sacude un
bicho dormido dentro de un frasco de cristal.
—¡Dorita! —le gritó.
La pantalla se puso en negro y levemente, parpadeando, como las
bombillas que luchan por encender de nuevo, unas letras verdes emer-
gieron de la oscuridad. Alonso leyó atentamente, con los ojos bien abiertos.
Leyó despacio, sabiendo que aquella era la última frase que le diría su
amiga. Dorita no había logrado salir de su entorno digital, pero le dejaba
una frase: “Vive tu libertad con sabiduría."
Y Dorita se apagó para siempre.
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