Zazil
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Esa mañana, a Emilio lo despertaron las voces de la gente discutiendo al pie
de la ventana. Por quinta noche consecutiva los aluxes habían destrozado la
milpa. Los sembradíos estaban desbaratados, como si alguien de pies diminu-
tos hubiese bailado toda la noche sobre la cosecha.
Emilio se desperezó. Se lavó la cara y se dispuso a desayunar. Durante el
desayuno apenas habló. Estaba atento a las palabras de sus mayores, argumen-
tando que si debían o no poner ofrendas de fuego o comida a los aluxes para que
dejaran de molestar. Unos decían que los aluxes se habían enojado con ellos por
su indiferencia, otros decían que eran malos espíritus y debían ahuyentarlos.
Emilio no perdía detalle. No era la primera vez que oía hablar de los aluxes.
Su abuela le había contado que eran criaturas de los bosques que salían al mundo
con el brote de la luz de la luna, cuando los hombres se entregaban al sueño. Eran
criaturas ágiles, ligeras y traviesas. Pocas personas podían verlos —le habían di-
cho—, pero ella aseguraba haber tenido una amiga alux. Emilio siempre sintió
curiosidad por esta historia.
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Laura Martínez Belli
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Así que esa mañana, nada más terminar su desayuno, Emilio salió corrien-
do hacia casa de su abuela con la curiosidad latiéndole en las orejas. Corrió y
corrió por los senderos con la urgencia que solo causan las ganas de saber. En
el camino, tuvo que esquivar varias ramas de árboles y algunos charcos de
agua que la lluvia del día anterior había dejado en el camino. Por fin, llegó a
casa de su abuela.
—¡Chiich! —llamó Emilio a su abuela.
Y de una puerta de madera pintada de azul, emergió la abuela como un
suspiro. Tenía el cabello recogido en una gran trenza, y la mirada sabia de
quienes han vivido ya la vida completa. Al verlo, la abuela sonrió.
Emilio, tras una breve plática de cortesía, le pidió sin rodeos que le conta-
rá la historia de Zazil.
La abuela se evadió de sus recuerdos. Hacía tiempo que nadie le recordaba
ese nombre. Se sentó en una mecedora de mimbre blanco y empezó a balancear-
se, como si el vaivén pudiera traer imágenes a la memoria. Y comenzó a hablar.
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Una vez, hace ya mucho tiempo, conocí a una alux. Se llamaba Zazil, y
tenía los ojos del color de la miel. Sin embargo, Zazil había aprendido a per-
cibir el mundo no con la vista, sino a través de la palma de la mano. Le gusta-
ba salir en la oscuridad y pasearse entre los árboles. Sentir el viento en su pelo,
el fresco de la noche en las pestañas.
Zazil era respetada por todos los aluxes de la comarca porque observaba
con inteligencia. Rara vez se la veía haciendo travesuras, a diferencia de otros
aluxes, que nada más esperaban a que uno se descuidara para cambiar las cosas
de lugar. Pero sobre todo, Zazil tenía curiosidad por las cosas del mundo.
Cuando nadie la veía, corría a las casas de los hombres y se paseaba entre sus
mesas. Observaba con curiosidad tenedores, cuchillos y cucharas, y cerraba
los ojos para aprender cómo se sentía tocar el frío metal de los cubiertos, o la
flácida consistencia de la gelatina. Zazil, al igual que todos los aluxes, tenía
cuidado en no dejarse ver. Pero un día, quizás porque estaba absorta en el
calor que emanaba una vela, yo la descubrí.
Emilio abrió los ojos de par en par.
—¿Y qué hiciste, Chiich. —preguntó.
La abuela sonrió. Luego le dijo:
—La saludé.
—¿Y qué hizo ella. —preguntó de nuevo Emilio.
La abuela sonrió otra vez.
—Al principio estaba tan sorprendida como yo. Creo que yo le causaba más
curiosidad que ella a mí. Al fin, desde niña nos habían hablado de los aluxes. De
cómo cuidaban la milpa y ahuyentaban a los animales de rapiña o ayudaban a
delatar ladrones. Pero no sé si ella sabía quiénes o cómo éramos nosotros.
Nos hicimos amigas. Ella me dijo que se llamaba Zazil. Y una vez al mes,
por las noches, cuando todos dormían, ella aventaba piedrecitas al marco de
mi ventana para que yo bajara y le contara historias de nuestro mundo.
Yo le mostraba todo tipo de objetos y ella disfrutaba palpándolos con los ojos
cerrados. Así fue durante años. Hasta que crecí y me enamoré de tu abuelo.
Entonces, Zazil dejó de visitarme. Y no volví a verla nunca más.
Emilio pudo sentir en su abuela una gran nostalgia.
—Y entonces, si son buenos y amigables —dijo Emilio rompiendo el si-
lencio—, ¿por qué la gente está ahora asustada porque los aluxes destruyen
sus cosechas, Chiich.
La abuela miró fijamente a Emilio y le dijo:
—La gente se asusta de lo que no conoce, Emilio. El miedo es la ignorancia.
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Emilio meditó un momento. Luego, abrazó a su abuela muy fuerte y le dio
un beso en la mejilla.
—No te preocupes, Chiich —le dijo al despedirse—. Ya sé qué hacer para
que Zazil vuelva a cuidar nuestras milpas.
Esa noche, antes de irse a dormir. Emilio dejo sobre la mesa del comedor
una campana de metal, la trenza de cabello de su hermana, un pedazo de
madera de una silla pulida por su papá, un cucharón de peltre y una vela
encendida. Después, con mucho cuidado y empeño, escribió una nota en un
pedazo de papel que dejó a la vista. La nota decía: “Zazil, esta ofrenda es para
ti. Espero como tú, aprender a apreciar las pequeñas cosas de la vida."
A la mañana siguiente, la milpa amaneció frondosa. Y los vegetales culti-
vados en ella brillaron como si fueran pequeños pedazos de sol.
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